Seis horas ante el juez entre bocadillos y flamenco

Un “gallinero periodístico” esperó ayer a Cristina, hija del Rey; adentro, la mujer estuvo serena y firme en sus respuestas.
La duquesa llegó en auto, pero caminó frente a la prensa antes de entrar a los juzgados.
La duquesa llegó en auto, pero caminó frente a la prensa antes de entrar a los juzgados. (Jaime Reyna/AFP)

Palma de Mallorca

La jornada culminante de la instrucción del caso Nóos terminó ayer tras seis horas y media de declaración de la infanta Cristina, quien entró y salió sonriendo de los juzgados de Palma en un día donde la expectación mediática superó con creces al ruido de la calle.

Tras semanas de polémica periodística sobre si recorrería la rampa del juzgado o la bajaría en coche al final, la infanta descendió la famosa cuesta en un vehículo gris con cristales tintados para luego recorrer a pie los últimos metros de acceso al edificio.

El asunto no era baladí porque, de este modo, fue posible que fotógrafos y cámaras de televisión recogieran la imagen de una infanta puntual a su cita con el juez, quien llegó inconfundible con su scooter a primeras horas de la mañana.

La jornada de ayer estuvo repleta de anécdotas que pueden contar los más de 350 periodistas de 90 medios de comunicación de todo el mundo, que reunían en un mismo “gallinero periodístico” a la prensa más seria y a la más informal.

Cualquier imagen de la hija menor del rey era valiosa y, de hecho, un canal de televisión (Antena3)  logró colar a un reportero con cámara escondida en el mismo avión en el que la infanta Cristina viajó de Barcelona a Palma.

Contrastar la poca información que se filtraba durante la declaración no ha sido fácil, sobre todo porque la percepción de los privilegiados que han seguido la comparecencia de la infanta en la sala F de la segunda planta de los juzgados de Vía Alemania variaba como el viento.

De todos modos, la mayoría de los “testigos” consultados han concluido que la infanta se mostró serena y firme en sus respuestas, aunque algunos dudaran de su versión de que no sabía nada y que era su marido, Iñaki Urdangarín, quien se encargaba de Aizoon, la empresa común.

Todos los letrados se han dirigido a doña Cristina de “usted”, a excepción de la abogada de Manos Limpias, Virginia López-Negrete, y de uno de sus propios abogados, Jesús-María Silva, quienes han usado el tratamiento de “alteza real”.

Una de las preguntas que le formuló el juez ha sido sobre el curso de merengue que supuestamente se pagó con dinero de Aizoon, a lo que la infanta contestó que ella nunca ha tomado clases de ese tipo de baile, pero que sí probó el flamenco hace muchos años. “Lo celebro”, le respondió Castro, tal vez porque es cordobés.

Como la declaración se alargó más de lo previsto, la infanta, como muchos periodistas, tomó bocadillos en una sala habilitada para que descansara, según contó uno de sus abogados, aunque no desveló que contenía el real tentempié.

Mientras tanto, en la calle, el número de manifestantes, entre republicanos, empleados de Coca-Cola y defensores del medio ambiente (y contra las prospecciones petrolíferas en aguas de Ibiza), igualaba el número de los periodistas congregados.

El montaje policial era tal —unos 200 agentes— que casi sobraron policías y faltaron manifestantes y, de hecho, se pudo ver a agentes tomando su café o bocadillo en los bares de la zona.

Como siempre, las declaraciones a la carrera de periodistas persiguiendo a algunos abogados, como a Mario Pascual, letrado de Iñaki Urdangarín, llamó la atención del público. El espectáculo fue tal que una periodista francesa no dejaba de exclamar: “Esto es un circo, esto es un circo...”.

De vistosa podría definirse también la salida del juez en su moto, tras la declaración, mientras recibía el aplauso de algunos espontáneos que, al final, la policía dejó acercarse a la rampa.

La infanta terminó su declaración dando la mano, uno por uno, a las 43 personas que había en la sala, empezando por el juez Castro.

A su salida, a la infanta Cristina se le veía cansada, pero sonriente y agradecida con los periodistas: “Hasta luego, gracias”.