La herencia que Jesús nos dejó es ser servidores: Francisco

El Papa ofició la misa de Jueves Santo que rememora la Última Cena y en la que lavó los pies a 12 personas discapacitadas, entre ellas un musulmán.
La ceremonia fue en el Centro Santa María de la Providencia, que alberga a gente con varias enfermedades.
La ceremonia fue en el Centro Santa María de la Providencia, que alberga a gente con varias enfermedades. (AP)

Roma

El papa Francisco ofició ayer la misa de Jueves Santo que rememora la Última Cena y en la que el pontífice, emulando a Jesús, lavó los pies a doce personas, en esta ocasión discapacitados de la fundación italiana Don Carlo Gnocchi, después de explicar a los feligreses que "la herencia que Jesús nos dejó es la de ser servidores, unos a los otros".

La ceremonia In Coena Domini transcurrió en el Centro Santa María de la Providencia, en el barrio de la periferia romana de Casal de Marmo, al que el Papa llegó en torno a las 17:15, hora local, para presidir su segundo Jueves Santo desde que fue elegido sucesor de san Pedro el año pasado.

Francisco no ha sido el primer pontífice en visitar un centro de esta Fundación, sino que otros papas como Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II o Benedicto XVI también han acogido o visitado a sus integrantes.

A las puertas del centro fue recibido por numerosos curiosos a quienes se dirigió para estrechar sus manos y para besar y bendecir a los más pequeños, que corearon canciones dirigidas al pontífice.

HOMILÍA IMPROVISADA

Con la ceremonia del Jueves Santo se conmemora la Última Cena y la oración de Cristo en el huerto de Getsemaní, que estuvo sucedida por su arresto y posterior calvario.

Ya en el templo, Francisco, desde el púlpito, pronunció una homilía improvisada en la que explicó que el gesto de Cristo de lavar los pies a los doce apóstoles representa la imagen de "un Dios que se ha hecho siervo".

Francisco señaló que Jesús, al lavar los pies de sus apóstoles, realizó un trabajo de esclavos, que tiene su remoto origen en la obligación de éstos de lavar los pies de sus amos antes de que entraran en casa, para no manchar el suelo tras caminar por senderos de tierra.

"Ahora yo haré este gesto, pero todos nosotros, en nuestro corazón, pensemos en los otros, en el amor que Jesús nos dice que tenemos que tener con los otros, en cómo podemos servirles mejor porque así Jesús lo quiso", destacó el pontífice.

Acto seguido, descendió del púlpito para proceder al tradicional lavatorio, para el que se aprovisionó de un delantal blanco tras despojarse de la mitra, del palio y de la muceta.

Fue entonces cuando Francisco realizó el lavatorio a estas doce personas de edades comprendidas entre los 16 y los 86 años que padecen diversas patologías y entre las que se encontraba un hombre musulmán, como ya sucedió el pasado año, cuando durante su primera Semana Santa como Papa optó por lavar los pies de doce menores recluidos en una cárcel de la capital italiana.

DISCAPACITADOS

El más joven de los discapacitados a los que el Papa lavó los pies fue Osvaldinho, de 16 años, procedente de Cabo Verde y tetrapléjico desde que en agosto del año pasado se lesionara la columna vertebral al zambullirse en el mar en una zona de poca profundidad.

La más anciana fue Angélica, de 86 años y en rehabilitación en este centro de la Fundación, después de que el año pasado se cayera y se fracturara la prótesis de cadera que ya utilizaba.

Otra de las personas a las que el pontífice lavó los pies fue Hamed, de 75 años, un musulmán procedente de Libia aquejado de graves lesiones neurológicas tras sufrir un aparatoso accidente de automóvil.

Uno a uno y con ayuda de dos asistentes, el Papa se arrodilló frente a estas doce personas para lavar un pie de cada uno con el agua de una jofaina de plata, secarlo y, finalmente, besarlo.

La celebración contó con un coro en el que intervinieron algunos pacientes del centro, así como familiares de los enfermos, voluntarios, trabajadores y personal responsable.

En silencio, con semblante serio y apoyado sobre su báculo, el pontífice abandonó finalmente el templo.

Francisco ofició también ayer en el Vaticano la Misa Crismal, que marca el comienzo del Triduo Pascual, en cuya homilía recordó a los sacerdotes la necesidad de recordar a las "hermanas" pobreza, fidelidad y obediencia para conservar, así, la "alegría sacerdotal".

El papa oficiará mañana, Viernes Santo, la misa de la Pasión del Señor en la capilla papal de la basílica de San Pedro mientras que, por la noche, presidirá en el Coliseo de Roma el tradicional viacrucis.

La Iglesia es "la única novia" del cura

El papa Francisco pidió ayer a los sacerdotes "una renovada fidelidad a su única novia, la Iglesia", y con ello reafirmó el valor del celibato para el catolicismo durante la tradicional Misa Crismal de Jueves Santo en la basílica de San Pedro; sin embargo, acotó, "no se trata tanto de que todos nosotros estemos inmaculados, pues somos pecadores".

El pontífice se refirió a la alegría del sacerdote de tratar a la Iglesia como "su escogida y única amada y a serle siempre fiel". Además, llamó a los sacerdotes a la sumisión ante la Iglesia católica, y consideró que la alegría del sacerdote es un bien muy preciado para todos los creyentes.

"A veces —reconoció—, hay momentos de aislamiento, apatía y desinterés en la vida sacerdotal", que él mismo también sufrió, añadió. Pero quien habla de una crisis de identidad, detalló, no tiene en cuenta que ésta supone pertenencia.

"No hay identidad y tampoco alegría vital sin una pertenencia activa y comprometida al pueblo creyente de Dios", señaló a los curas durante su homilía.

Al final de la ceremonia, Francisco consagró los santos óleos, que son los tres tipos de aceites bendecidos los jueves santos por los obispos de cada diócesis para que se utilicen en diversas ceremonias. DPA/Roma