La nueva Guerra Fría

Digno de una novela de espionaje y, según se supone, capaz de cualquiera de las atrocidades narradas en ellas, el ex agente de la KGB y hoy presidente ruso ha forzado la confrontación con Ucrania ...
El presidente ruso Vladimir Putin.
El presidente ruso Vladimir Putin. (Reuters)

Ciudad de México

La editora de la revista rusa Vedemosti, Tatiana Lysova, fue recibida en el Kremlin con esta sentencia: “Tú trabajas para un país extranjero”. Vedemosti es una influyente revista rusa dedicada a los negocios y su editora es tan rusa como su revista, sin embargo el Kremlin, montado en esa nueva ola política que la revista The Economist ha identificado como “paranoia patriótica”, se ha puesto a clasificar a los medios de comunicación según su nivel de patriotismo. El mes pasado Vladimir Putin, aprovechando las enseñanzas que le ha dejado el conflicto con Ucrania, firmó una ley donde prohíbe a cualquier medio de comunicación que tenga en su capital más de 20 por ciento de inversión extranjera. La revista Vedemosti tiene el 33 por ciento y por eso a Tatiana Lysova le dijeron aquello del país extranjero.

Ésta no es más que otra de las maniobras periódicas de Vladimir Putin para tener un control férreo de su país, como por otra parte y salvo unos cuantos años excepcionales, han hecho siempre los gobernantes rusos; por razones muy profundas que merecerían otro artículo, los gobernantes rusos terminan siempre encarnando la figura del Zar. Desde la especulación literaria no sería tan descabellado decir que en Rusia los zares no se extinguieron, sino que han ido reencarnando en sucesivos mandatarios a lo largo del tiempo. Esto viene a cuento por unas inquietantes declaraciones que acaba de hacer Henry Kissinger, el inmortal político estadunidense, sobre la forma en que Occidente ha manejado el desafío ruso en Ucrania y, en general, sobre el tufo imperial que tiene la segunda presidencia de Vladimir Putin.

Pero antes de ir a las declaraciones del eterno Kissinger, voy a escribir un perfil del presidente ruso, basado en el libro que sobre él escribió Masha Gessen, otra editora rusa, de la revista Snob, que igual que Tatiana Lysova, un día cayó de la gracia del gobierno y tuvo que irse a refugiar a Estados Unidos, y ahí, en el exilio, escribió su estremecedora biografía. Vladimir Putin es el hijo único de una familia humilde de Leningrado. Estudió Derecho con la ilusión de trabajar en la KGB. Se casó, después de un noviazgo convencional, con Ludmila, una azafata a la que, por esa tiranía de la lengua rusa que pone a la esposa el apellido feminizado del marido, dio el sonoro apellido de Putina. En 1979 fue enviado como espía a Alemania del Este, con un presupuesto miserable que apenas les alcanzaba para sobrevivir. Como no tenían ni para comprar cortinas, cubrían las ventanas con hojas de periódico. Todos los espías de la KGB que operaban en Alemania del Este tenían el mismo presupuesto miserable y estaban obligados a cubrir sus ventanas de la misma forma. Supongo que en esos años en que la Unión Soviética comenzaba a desmoronarse no era difícil localizar las casas de los espías de la KGB, bastaba con mirar quién cubría sus ventanas con periódicos. Años después todo se vino abajo, y los espías rusos se quedaron colgados por todo el mundo, igual que aquel pobre cosmonauta que se quedó durante meses haciendo órbita alrededor de la Tierra, porque los rusos de abajo estaban distraídos tratando de reconstruir el país.

Las tareas que realizaba Putin como espía de la KGB en Alemania del Este eran muy oscuras. De acuerdo con la versión de Vladimir Usoltev, que era su pareja de espionaje y hoy, casualmente, un próspero empresario en Rusia, Putin pasaba sus ratos libres oyendo música pop de calaña cuestionable y a lo largo de su demandante jornada laboral, mientras ultimaba la oscura tarea que tocaba ese día, canturreaba cancioncillas de Abba o los Bee-Gees. Difícilmente podríamos concebir un soundtrack más estrafalario: el espía extrae la verdad al enemigo, a fuerza de apretones en los testículos, mientras silba los compases de Super Trouper.

Los Putin regresaron a Leningrado y Vladimir volvió, con un brumoso cargo basado en su experiencia de espía de la KGB, a la universidad. “Putin ha declarado que pensaba empezar a redactar una tesis y tal vez quedarse en la universidad indefinidamente”; nos cuenta Masha Gessen en su libro, desde el exilio. Pero Putin no abrazó con empeño suficiente la vida académica y poco tiempo después, en 1998, ya era director de la FSB, ex KGB, en Moscú, y uno de los hombres de confianza del presidente Boris Yeltsin. Es en este periodo donde Gessen describe unas conversaciones que pintan a Vladimir Putin de cuerpo entero: para conversar de algo importante, Putin dejaba su oficina de director de la FSB, y llevaba a su interlocutor a una zona derruida del edificio, donde había un elevador descompuesto. Ahí, en esa caja de metal carcomida por el óxido, se metía Putin a conspirar y a preparar, con jerarcas diversos, su futuro de presidente, que consolidó, como se sabe, poco tiempo después.

La que más me impresiona de todas las acciones foscas que se le conocen al presidente ruso, es la de la muerte, por envenenamiento con Polonio 210, del ex espía ruso Litvinenko, y me impresiona por la minuciosidad, que implica mucha maldad, con que fue ejecutada la misión y, sobre todo, por la fuente de inspiración que tuvo el autor, nunca realmente desvelado, de aquel crimen de Estado de fama planetaria. Quien diseñó aquel crimen de novela tenía veleidades narrativas y un arraigado sentido del suspense, porque lo que consiguió a partir de aquella taza de té bautizada con polonio 210, que acabó matando en Londres al ex espía ruso, fue una exitosa saga, administrada en capítulos, que empezó, recordemos, con el envenenamiento de Litvinenko y luego se fue ramificando en un desmesurado culebrón que incluía aviones con restos de polonio, oficinas y bares de hoteles en Londres con peligrosos sillones radioactivos y, por citar una perla excéntrica, el graderío del estadio del club de futbol Arsenal, con una pequeña aunque vistosa zona donde refulgía el resplandor verdoso de la radioactividad. Recordará usted que aquella trama, que era rigurosamente real, se fue ramificando al correr de los meses y que llegó al festival de Cannes en forma de un documental orquestado por la viuda del ex espía, y luego vino un sabroso episodio de acusaciones mutuas entre ingleses y rusos que se fue disolviendo igual que la investigación internacional, que pretendía esclarecer no ya los detalles, sino la brocha gorda del crimen. No se sabe, y probablemente no se sabrá nunca, si el autor intelectual de la muerte de Litvinenko tomó en cuenta los efectos colaterales del crimen, los capítulos sucesivos de este serial que pone de relieve, más que la muerte del ex espía, la forma en que fue liquidado, de un golpe dilatado y certero que no solo parece de ficción, sino que se ajusta mucho a la trama de una novela policiaca que escribió, dos años antes del crimen, el autor estadunidense Martin Cruz-Smith, un escritor con escaso eco en el mundo en español, que puso a su detective estrella, un ruso de nombre Arkady Renko, a investigar un caso que pasaba por la zona devastada de Chernobil, se enredaba con truculentos episodios de la mafia rusa, y desembocaba en el envenenamiento de un individuo que, exactamente igual que el ex espía Litvinenko, había ingerido un isótopo radioactivo mortal de nombre cesio 137. ¿Cesio 137?, ¿polonio 210? Tampoco sabremos nunca si el autor de la muerte lenta de Litvinenko se inspiró en la novela de Martin Cruz-Smith, o quizá el envenenamiento radioactivo no sea un método tan novedoso en ciertos círculos mafiosos y Cruz-Smith estaba al tanto; lo cierto es que en el caso del asesinato del ex espía, la novela y la vida parecen la misma cosa.

The New York Times publicó hace unos años un artículo que hablaba de las aficiones de Vladimir Putin; a su gusto por la música pop del que hablamos más arriba, se sumaba la información de su película favorita, una de espías y superagentes secretos que se titula KGB-The soviet sword and shield of action (KGB-La espada y el escudo de acción soviéticos); esta joya de título enigmático es una saga que estuvo de moda en los años sesenta en la Unión Soviética y que se extendió, en capítulos seriados, hasta los años setenta. La serie estaba protagonizada por un agente al estilo de James Bond de nombre Johan Weiss. Al parecer Putin, entusiasmado con la vida intensa de este agente de cine, se inscribió en 1979 en la escuela de la KGB en Moscú, de donde saldría unos años después rumbo a Alemania del Este. No pretendo sugerir que la afición de Putin por las aventuras del detective Johan Weiss esté relacionada con la muerte del ex espía del polonio, cuyo autor probablemente sea admirador del detective Arkady Renko, descubridor del cesio 137; pero quiero hacer notar que estos dos destinos, la carrera de Putin y el final trágico del ex espía, pueden tener su origen en dos obras de ficción. Con frecuencia sucede que la información periférica, los gustos, las aficiones y las pulsiones, revelan más de una persona que la información, digamos, convencional, y creo que enfocar al presidente Putin desde las aventuras de Johan Weiss, y desde las canciones de ABBA y los Bee-Gees que tarareaba durante sus misiones de agente de la KGB, puede servir para sumar elementos de análisis, a la hora de tratar de comprender a ese hombre al que le hacen gracia los abusos sexuales del presidente de Israel, y al que los asesinatos de la periodista Politkovskaya y el ex espía Litvinenko, o el acoso a Gari Kaspárov o las represalias contra las Pussy Riot no le quitan ni la tranquilidad ni el sueño, a ese hombre que, durante el episodio de Ucrania, que tiene todavía una peligrosa vigencia, se ha puesto a desafiar a Europa y a Estados Unidos y ha demostrado, por la tibia reacción que provocó su desafío, que es un presidente que goza de un alto grado de impunidad. Aquí es donde entra el inmortal Henry Kissinger, el veterano de la Guerra Fría, a regañar a Estados Unidos y a Europa por sancionar, sin consecuencias reales, a Rusia, sin haber entendido el “significado especial” que ha tenido siempre Ucrania, y a advertir que no haber entendido eso ha sido “contraproducente”, dijo textualmente Kissinger hace unos días al periódico alemán Der Spiegel, y terminó asegurando que esa torpeza diplomática constituye “un error fatal”, que podría conducir a una “nueva Guerra Fría”.

@jsolerescritor