El velo y la boda

Una visita a Irán y la asistencia a una fiesta matrimonial musulmana en la capital de ese país, dejan ver las costumbres sociales, religiosas y festivas persistentes aún en plena invasión de la ...

Teherán

La novia bajó, como bajan las novias después de su fiesta, radiante y cansada. Llevaba un vestido blanco, a la moda occidental, que cubría con un manto largo, también blanco, con una caperuza. Algunos turistas le pidieron tomarse fotos con ella. Accedía, con una sonrisa que podía ser de timidez o de condescendencia. Su marido posó a su lado para las primeras fotos. Luego, ella se quedó haciendo frente a los flashes y los comentarios bienintencionados de quienes presenciábamos la salida de la fiesta y observábamos, curiosos, los atuendos y la conducta de los invitados.

Yo me sentía particularmente fuera de lugar ahí, al pie de la escalinata del vestíbulo, en el lujoso Hotel Espinas de Teherán: mi maleta no había llegado conmigo y traía puesta una camisa de mi marido sobre los pantalones de mezclilla, lo menos apropiado para mezclarme con los invitados, aunque tuviera la doble excusa de mi cámara y de mi condición de extranjera.

La novia se veía radiante y, sin embargo, yo no podía dejar de pensar en lo que su atuendo —el manto, la caperuza— decían sobre su condición de mujer en la sociedad iraní. Cúbrete el cuerpo, que ningún hombre debe ver tus formas si no es tu marido. Cúbrete la cabeza, que el pelo es incitante. Cúbrete la nuca, que es sensual.

Poco antes de aterrizar en Teherán, la noche anterior, hicieron un “aviso especial para las pasajeras”: teníamos que ponernos el velo (mascada, pañoleta) que nos cubriera el pelo y la nuca. De la ropa no dijeron nada; pero me lo habían advertido en el consulado al tramitar la visa: para las mujeres la manga debe llegar a la mitad del antebrazo y la falda hasta el tobillo, aunque los pantalones son preferibles. Y hay que usar algo que cubra todo el torso y llegue hasta media pierna para que no se vea ningún tipo de curvas.

Las extranjeras batallamos poniéndonos el velo antes de bajar del avión, y nos veíamos tan incómodas como nos sentíamos en la cola de migración. Pero yo me di cuenta de que estaba en problemas serios cuando no llegó la maleta y no traía más que lo puesto: una blusa de lino que no podía usar sin cubrirme con algo más. Y lo único con lo que podía cubrirme era un impermeable que me hacía sudar incluso en la relativa frescura de la madrugada. No quería ni imaginarme lo que iba a ser ponérmelo durante el día.

En la mañana, bajo el sol de Teherán, salimos a ver las tiendas cercanas al hotel. Yo, con gabardina. Mi marido sin problema, en mangas de camisa. Nos sorprendió un poco encontrar ropa de marcas europeas; pero nos sorprendió muchísimo más ver en los escaparates minifaldas y camisetas que normalmente asociaríamos con jovencitas en la playa. No con un país donde se obliga a las mujeres al uso del hijab, esas prendas con las que tienen que cubrirse la cabeza y el cuerpo cuando están fuera de su casa.

¿Es la costumbre o la religión? Hice la pregunta cada vez que pude hablar con una mujer iraní. Casi todas me contestaron que era costumbre, si por eso yo entendía impuesto por los Mullahs, el grupo de religiosos bajo el Líder Supremo, cuya autoridad obedecen los gobiernos iraníes. Esta ropa bonita, atrevida, sensual, que sí se consigue en Irán, solo puede usarse en compañía de otras mujeres o dentro de su casa. Por ley y bajo pena de cárcel. No me quedó claro si cárcel para la mujer que transgreda la imposición, para el hombre que la acompañe, o para ambos.

“Con las árabes es otra cosa: ellas se cubren por convicción, aunque sus gobiernos no las obliguen”, me dijo Guitti, una abogada, dejando muy en claro que los iraníes son persas, no árabes. “Nosotras nos disfrazamos en la calle, por la policía... Y en cuanto me subo a un avión para salir de Irán, lo primero que hago es quitarme todo esto”.

Zohreh me contó cómo su abuela había sido una de las primeras mujeres que dejó de usar el velo en la década de los cincuenta: su marido, un burócrata de alto rango, había recibido instrucciones de pasearse con ella, sin velo, en una carroza abierta, como parte de los esfuerzos de modernización del país. Ella, que al principio no se atrevía a salir a la calle sin nada en la cabeza, encargó un sombrero a Francia y salió así ataviada. Después, se acostumbró tanto a la usanza occidental que en verano usaba blusas sin mangas y faldas cortas. “Y mírame a mí, ahora, cubierta como hace un siglo”, me dijo Zohreh con enojo.

Sin embargo, Azade, una mujer joven y atractiva que fue nuestra guía durante los primeros días, me dijo que ella se cubría “por modestia; porque nadie tiene por qué verte las formas —el busto, las caderas— más que tu esposo”. En su caso, es algo más cercano a lo religioso, aunque aun así en Teherán la interpretación del hijab es algo laxa: la mayoría de las mujeres usan el velo lo suficientemente atrás como para que el pelo les enmarque la cara, y a veces sus camisas o sacos acentúan, más que disimular, sus curvas.

Emprendimos el viaje hacia el sur después de tres días en Teherán, y solo entonces nos dimos cuenta de la implicación práctica de “cubrirse el cuerpo” en el calor: chorreábamos sudor cuando salíamos del autobús; nos quitábamos el velo mientras íbamos por la autopista... y nos cubríamos a toda prisa cuando pasábamos por controles de policía. Nos remangábamos como podíamos faldas o pantalones, nos deteníamos el velo y nos sujetábamos las camisas para ir a los baños (una plataforma de cerámica con un hoyo en el centro) y en general nuestro aspecto era más de comedia que de otra cosa.

A todas se nos llegó a olvidar cubrirnos la cabeza al salir de nuestra habitación y salíamos corriendo de regreso por el velo cuando alguien nos lo hacía notar. El guía se nos acercaba con un discreto: “¿Te puedes cubrir?”, cuando el aire nos lo tiraba. Y una de las guapas españolas que viajaba con nosotros casi provocó un accidente cuando, en la autopista, no solo se quitó el velo que le cubría el pelo, sino se puso a bailar con él en las manos: el chofer de camión que nos dio alcance y se fijó en el interior del autobús literalmente se inclinó sobre el volante para verla mejor, con una expresión de incredulidad, y frenó de último minuto cuando en su carril los otros coches disminuyeron la velocidad.

Rahil, una arquitecta joven y muy opuesta al régimen, me contó que con sus amigos (de ambos sexos) se reúne en casas particulares a ver películas o a platicar, y que en esas ocasiones todas están descubiertas y vestidas como les da la gana. Me llamó la atención no solo eso, sino que me lo dijera en inglés. Un inglés que les enseñan en las escuelas, a pesar de la situación política y del odio profesado contra Estados Unidos y todo lo que representa. Es decir que el adoctrinamiento no está funcionando, que el régimen ya no se lo toma tan en serio o que es imposible frente a la avalancha que representa el internet, con todo y películas estadunidenses y Facebook.

Conforme fuimos “bajando” hacia el sur, de Teherán a Isfahán y de ahí a Yazd y a Shiraz, los velos de las mujeres se volvían más oscuros y gruesos, y algunas usaban un gorro ajustado que les cubría todo el pelo y que iba por debajo del velo. Llevaban estos velos, casi siempre negros y más gruesos que en Teherán, largos hasta la cintura; y los abrigos, negros a pesar de la temperatura y hasta las rodillas, sobre pantalones también negros. No me puedo imaginar el calor que debe haber hecho ahí adentro. Eso sí, en Irán no se cubren ni la cara ni las manos.

***

Como en todas las sociedades, las fiestas de boda son una de las celebraciones que mejor reflejan los usos de la gente, por lo que me dio gusto tener la ocasión de estar presente aunque fuera a la salida de una de ellas. “La fiesta no es la boda”, me explicó Azade cuando vimos la conmoción de gente y coches en el vestíbulo del hotel. “La boda en Irán por lo general se lleva a cabo en una oficina, de día. Es una ceremonia civil, pero siempre hay un Mullah presente. Y la fiesta tampoco tiene que ser el mismo día de la boda”.

En general, en las sociedades musulmanas, para las fiestas hay dos salones: uno para hombres y otro para mujeres. En este último la novia preside las mesas desde un trono elevado. Las mujeres llegan cubiertas a la usanza islámica; pero desaparecen por un rato en un cuarto adjunto, donde terminan de arreglarse y se quitan el chador, el velo y todo lo demás. Algunas se quedan en ropa que más de un occidental consideraría escandalosamente pequeña y ajustada: minifaldas, escotes, tacones altísimos y mucho maquillaje desfilan por el salón. La novia también se despoja del manto y empieza el baile.

En algún punto tocan una pieza con la que las muchachas solteras se forman y bailan con un paso de grupo. Circulan así entre las mesas y se pavonean en la pista. Uno puede pensar que es sorprendente que no les dé pena exhibir sus cuerpos. Pero es porque las que están sentadas, las casadas, las madres, aprovechan la fiesta para verlas y elegir a quien piensen que deben proponerles a sus hijos: habiéndolo visto todo, nadie puede alegar engaño.

Ya entrada la noche se anuncia la presencia del novio. Las mujeres que se habían descubierto regresan al salón adjunto a cubrirse, y para cuando llegan los hombres ya todas están islámicamente decentes. El novio entra con su familia y, tal vez, amigos cercanos, mientras que el resto de sus invitados sigue la fiesta en su propio salón (en el cual la novia nunca pone pie). Viene luego una sesión de fotos, y cuando terminan salen los hombres, las mujeres se descubren, y se abren las puertas de un salón adjunto donde hay un buffet monumental. La comida se acompaña con jugos de fruta, y tal vez cerveza sin alcohol o refrescos.

A la salida de la fiesta que nos tocó en Teherán, las parejas volvían a reunirse en el vestíbulo, donde los curiosos disfrutábamos la algarabía de la salida de la boda, admirábamos (o criticábamos) las modas y veíamos crecer el embotellamiento causado por los coches que esperaban a los invitados, en una de las principales avenidas de Teherán.

Cuando ya se habían ido casi todos los invitados yo estaba todavía en la recepción tratando de ver cómo rescatar la maleta. Entonces se acercó, muy agitada, la hermana de la novia y se puso a hablar con el del hotel. Se disculpó conmigo, diciéndome que su hermana estaba muy deprimida y que necesitaba una habitación; que si no me importaba esperar. Yo no tenía prisa, así que le dije que arreglara su asunto, y al alejarme unos pasos me fijé en la novia, que estaba parada, sola, del otro lado del vestíbulo, y se había subido la caperuza hasta cubrirse casi toda la cara.

Pensé, al oír que la novia estaba deprimida, que era un error en su inglés y que la hermana había querido decir cansada. O enferma por la emoción de la boda o el estrés, ya que era imposible que estuviera borracha. O indigesta por haber comido de más. Junto a la hermana, en la recepción, estaba un hombre alto, muy joven y guapo, que de momento supuse que sería el novio.

Pero al ver a la novia sentarse sola en uno de los sillones del vestíbulo y cubrirse la cara con las manos, pensé que tal vez este muchacho no era el novio sino un hermano o un pariente. Habría dado cualquier cosa por entender lo que decían en farsi, entre ellos y con el de la recepción; pero lo único que saqué en claro fue la angustia de la hermana y la inconfundible tristeza de la novia. Pensé que tal vez se había peleado con su novio; que él había dejado de posar en las fotos porque sabía que la iba a abandonar, no al pie del altar sino al pie de la lujosa escalera. Que alguien había revelado un secreto imperdonable.

Subí a la habitación por la clave de identificación de la maleta. Desde el elevador todavía alcancé a ver a la novia, sola, con la cara en las manos, mientras su mamá y su hermana hablaban cerca de la entrada. Cuando bajé, ya todos se habían ido. Y nunca sabré si ella se quedó en el hotel. O por qué necesitaba una habitación ahí la noche de su boda.

 

* Con agradecimiento a Monika, Azade, Zohreh, Guitti y Rahil.