Fidel, terco hasta la muerte

Ni las caídas ni las operaciones de emergencia detuvieron al líder de la Revolución Cubana al dirigir a su país. Hasta el último momento, nada fue imposible para el ex mandatario.
Fidel Castro en 1976.
Fidel Castro en 1976. (Reuters)

La Habana, Cuba

Terco casi hasta el extremo, a Fidel Castro casi nada le pareció imposible. "He tenido el raro privilegio de ver convertirse en hechos muchos sueños", dijo en una ocasión.

Tomar el poder a tiros en cinco años, partiendo del anonimato político, y mantenerlo casi medio siglo, o desafiar a diez administraciones consecutivas y adversarias en Estados Unidos, son buenos ejemplos.

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Se puede estar a favor o en contra de lo que hizo, pero un resultado así, como dicen politólogos, sociólogos y hasta mujeres y hombres con sabiduría callejera, "es cosa de elegidos" y ocurre "una vez cada mil años".

Habrá que esperar entonces para que los que saben expliquen la esencia de esta personalidad controvertida. Sin embargo, la persistencia, componente de una fórmula que incluyó, entre otros ingredientes, inteligencia y buena estrella, pudiera explicar algunas cosas de Fidel.

Dicen que por genética de sus ancestros gallegos, le gustaba ganar siempre.

Con cinco fusiles y unos 12 hombres descamisados y hambrientos proclamó en diciembre de 1956, cuando acababa de desembarcar en el país procedente de México para iniciar la lucha guerrillera: "¡Ahora sí vamos a ganar la guerra!", contra uno de los ejércitos mejor equipados del aquella época en América Latina, y tres años después, mandaba en el Palacio Presidencial de La Habana.

Cuenta un antiguo teniente –ahora general- que una vez hizo detener la caravana que siempre lo acompañaba en sus recorridos por el país para incorporarse, sin que nadie lo invitara, a un juego de béisbol que protagonizaban algunos muchachos campesinos. "Y de aquel potrero no salió hasta que ganó su equipo", rememoró la fuente.

Se desvaneció por el calor abrazador del trópico mientras hablaba a sus seguidores el 23 de junio de 2001 y no permitió atenciones médicas.

Recobró la lucidez, volvió al micrófono para asegurar que todo había pasado, prometió que regresaría a la carga de las palabras seis horas después, y así lo hizo.

El 20 de octubre de 2004 cayó aparatosamente por un mal paso mientras descendía por una pequeña escalera ante más de 20 mil espectadores.

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Golpe de hombro, fractura de rodilla, y en esas condiciones volvió a la tribuna para pedir disculpas. De regreso a La Habana impidió a los médicos que lo sometieran a anestesia general para operarlo y se ufanó de que, incluso en el quirófano, siguió dirigiendo al país.

Por la caída vio mermar sus facultades en la mano derecha, pero aprendió a firmar y hasta a disparar a la zurda, y dicen que cuando lo operaron de urgencia por un sangrado intestinal el 27 de julio de 2006, fue él quien optó por una de las variantes quirúrgicas a seguir.

Recuperado a medias de ese episodio, retirado del gobierno y de la vida pública, con limitaciones de locomoción y encorvado, se las arregló para desarrollar en su residencia del oeste de La Habana una zona experimental de siembra en busca de variedades resistentes al cambio climático.

Y aún en esas condiciones estuvo siempre al lado de Hugo Chávez, durante la lucha contra el cáncer que el mandatario venezolano libró en la isla.

Hace algunos años, en Washington, se encontraron un alto cargo de la Casa Blanca y un eminente escritor cubano, quien le preguntó al estadunidense ¿por qué hay tanto odio aquí contra Fidel? A lo que el norteño respondió, aportando quizás otra clave para entender este misterio: "porque nosotros estamos acostumbrados a tratar con perdedores en muchas partes, y Castro, bueno, Castro es un ganador".

AFC