“Fidel Castro, el animal, el salvaje, el bárbaro...”

Ciudadanos cubanos se atreven a emocionarse, a llorar y a contar sus recuerdos mientras le rinden homenaje en la Plaza de la Revolución.

La Habana

Primero empieza a hablar tímidamente, de forma calculadora. Va midiendo las reacciones que provocan sus comentarios. Tantea el alma de sus escuchas, pero sobre todo indaga en los recovecos de las ideologías, ausculta los conceptos políticos de los extranjeros.

No dilata mucho en hacer un diagnóstico de su audiencia. Unos minutos después da muestras de que a un buen habanero no le cuesta demasiado entrar en confianza y desinhibirse ante un trío de periodistas...

—Era un animal. Era un salvaje. Era un bárbaro... —dice el paramédico convertido, apenas hace unos días, en chofer (“Hay que ganar dinero, no hay más”, justifica el abandono de su oficio).

Sus palabras provocan azoro. ¿Así, tan a bocajarro, ya parlotea este anticastrista contra el difunto, contra el mismísimo líder de la Revolución, cuyo cadáver apenas se enfrió en cenizas?

No puede ser. Si se ha decretado luto nacional durante nueve días. Las banderas se bambolean a media asta por todos lados. Nadie puede vender o comprar alcohol en este novenario. Las autoridades han querido asentar bien claro que esto no puede derivar en fiesta. Esto es luto nacional y en el luto nacional de su último grande nadie baila, nadie anda escandalizando con el estruendo del reguetón, ¿me entiendes?

Aquí nadie se va a dar valor con el alcohol para hacer locuras. Nada. Aquí ha muerto el último revolucionario del siglo veinte. Aquí ha muerto el último líder de la Guerra Fría. Aquí ha muerto El Comandante.

—Asumo que lo que está usted diciendo, eso de animal, no es peyorativo...

Silencio fugaz que parece larguísimo. Sonríe el hombre.

—¡No! Es un cubanismo mío: Fidel era un superhombre. A los cubanos pueden no gustarnos muchas cosas pero él era aparte. Siempre fue muy querido. Nadie pudo con él. Lo quisieron matar más de 600 veces (recuerda la leyenda repetida hasta la saciedad en la tele oficial), nos pusieron un embargo que nadie aguanta y no pudieron con él. Bárbaro. Era un salvaje. Un animal. Ni Trump hubiera podido con él...

Vaya. Ya decía uno que no podía ser: aquí reina hoy la devoción. Incluso sin pudor...

***

—Mire, yo no era ninguna niña. Había estudiado Economía y trabajaba en un oficina de medicina. Él entró al auditorio no sé por dónde y de pronto lo tenía al lado. Era grande. Yo soy bajita, mire. Todos nos pusimos de pie. Yo tenía un vestido largo y... me oriné. Me oriné no de una sino de todas las emociones. Así. Me oriné. No se me notó por el vestido largo. Salí y me limpié y me sequé, pero fue así: me oriné al tener a Fidel al lado... —narra entre risas la mujer de 51 años que hoy ya no es tan economista. O sí: despacha y cobra productos en una tienda abierta las 24 horas. Una especie de Oxxo cubano pero con escasos productos: refrescos, jugos, galletas, papas fritas, papel higiénico, cigarros.

La mujer negra que le hace compañía y trabaja ahí con ella no aguanta las carcajadas. Ella fue la que azuzó a su amiga a narrar la anécdota y la dama, impertérrita, accedió con una sonrisa no solo en los labios sino en la mirada...

***

Pasan, firman un libro como de visitas, pero no pueden poner ni un mensaje, ni un adiós: simplemente plasman su rúbrica que es más que un garabato: es un compromiso de seguir adelante con los conceptos “magníficos” y los ideales revolucionarios de Castro. En un juramento. En centros de trabajo, en hospitales, desfila la gente para observar fotos de quien, dicen, se ha “eternizado” ya.

Eso allá, en las calles. Luego acá, en el monumento a Martí no se detienen. No firman nada. Luego de horas y horas de colas pasan en fila uno a uno miles y miles de cubanos. Pasan ante una foto del Fidel guerrillero cargando una mochila en algún lugar de aquella sierra donde se batió contra el dictador Fulgencio Batista y sus soldados. Son tres segundos para tomar una foto de la foto junto a la cual cuatro militares hacen guardia.

Curioso: estos miles homenajean una foto del revolucionario, no el cadáver dentro de un ataúd de un ex jefe de Estado. No hay urna siquiera. No hay cenizas. Solo una foto.

Quizá no son comunistas, pero sí son fidelistas en esta isla. Al menos hoy, hasta los más jóvenes, los universitarios que uno pensaría que nada le deben a los últimos vestigios de la Guerra Fría.  

Idolatría pura, dura: todos hablan de las proezas de Fidel y su Revolución. Jóvenes, niños, maduros, viejos. Gloria eterna a un inmortal, a nuestro comandante, suelta una joven rodeada de muchos otros estudiantes. Sus compañeros lo plasman en una manta blanca con letras rojas:

“Nosotros somos Fidel”.

Hoy, sí...