Se expande el Estado Islámico en África/II

Expertos franceses no descartan que el grupo EI busque crear un califato en el país, aprovechando el caos.
La guerra civil ha dejado unos 260 mil muertos y millones de desplazados.
La guerra civil ha dejado unos 260 mil muertos y millones de desplazados. (Ammar Abdullah | Reuters)

Johannesburgo

Las facciones políticas libias, reunidas en torno de dos parlamentos rivales (en Trípoli y en Tobruk), pasaron varios meses enfrentándose, aunque a finales de 2015 un acuerdo para crear un gobierno de unidad nacional dé pie a una tímida esperanza. Una de las prioridades de esta entidad todavía virtual, en resumen, sería unir a las fuerzas libias contra el grupo EI. "En toda esta confusión, el grupo Estado Islámico ha encontrado una oportunidad", explica el investigador Charlie Winter, de la Fundación Quilliam, en un informe sobre los fenómenos yihadistas. "Es evidenete —añade— que algunos de estos grupos en Libia, después de haberse aliado con Abu Bakr al Baghdadi, el califa autoproclamado del EI, han recibido su asistencia".

Al respecto, Winter cita un documento en árabe emanado de círculos próximos al EI y destinado a los yihadistas del mundo entero. El texto se refiere a las ventajas de Libia: permite "reducir la presión sobre el país del califato en Al-Cham (Siria) y en Irak", corazón del Daesh, pero también sacar provecho de la "situación geográfica estratégica" del país, que "se abre al mar, al desierto, a las montañas y a seis Estados": Egipto, Sudán, Chad, Níger, Argelia y Túnez".

Libia sería así un polo para desviar la presión sobre el EI en su ámbito de origen, y también un polo de desarrollo, "una plataforma de lanzamiento sin igual para atacar a los Estados europeos y sus barcos". El costo de esto, añade Winter, puede cubrirse permitiendo "la explotación del tráfico de seres humanos", sin hablar de los recursos petroleros y de los stocks de armas".

La perspectiva de ver implantarse en Libia un portaviones yihadista en las arenas aparece como una amenaza real. Manuel Valls, el primer ministro francés, decía al canal France Inter, en diciembre pasado: "Tenemos un enemigo, Daesh, que debemos combatir y aplastar en Irak y en Siria, y mañana tal vez en Libia". Hacía más de un año que el ministro de Defensa, Jean-Yves Le Drian, llegó a las mismas conclusiones.

A su vez, Argelia, Egipto, Níger y Chad sienten temor ante la fuerza de atracción de Daesh en sus yihadistas locales, pero también ante la perspectiva de ser la puerta de entrada de columnas de pick-up, capaces de entregar armas o de golpear a través del Sahara, como cuando el argelino Mokhtar Belmokhtar, el yihadista más buscado en esa parte del mundo, atacó en enero de 2013 el complejo gasero argelino de In Amenas, en la frontera libia. Los atacantes salieron de Libia para golpear en el sur de Argelia, mostrándole al poder argelino que "el centro de su economía podía ser tocada", afirma Kader Abderrahim, investigador del Instituto de Relaciones Internacional y Estratégicas (IRIS). Añade que "no es impensable que el EI, para acelerar sus planes, decrete su propio califato en Libia".

Francia, con su operación Barkhane, intenta crear una cortina de contención desde los cinco países donde ha desplegado fuerzas: de Mauritania a Chad pasando por Mali, Burkina Fasso y Níger. Pero a futuro será necesario el apoyo de las dos potencias de la región, Argelia y Egipto, para contrarrestar las aspiraciones de Daesh a través del Sahara. ¿Todo esto por 3 mil hombres dispersos en Libia?