Se expande el EI en África/I

El derrocamiento de Muamar Gadafi en 2011 ha convertido a la nación en caldo de cultivo para los grupos terroristas.
El yihadismo suma adeptos.
El yihadismo suma adeptos. (Olivia Harris | Reuters)

Johannesburgo

Es el resultado más peligroso del derrocamiento del poder de Muamar Gadafi. Desde la desaparición del líder libio, en 2011, al término de una rebelión devenida guerra civil, apoyada militarmente por una coalición que reunió a países occidentales (con Francia a la cabeza), países del Golfo Arábigo (encabezados por Qatar) con el asentimiento de países vecinos que tenían cuentas que saldar con el viejo dictador de Trípoli (como Sudán), Libia estalló.

Enfrentamientos entre facciones, coaliciones de geometría variable, Estado fallido. En 2015, un nuevo recién llegado demostró que él amenazaba con desestabilizar aún más profundamente el país: la organización iraquí Estado Islámico (EI) en Libia, cuya aparición había sido formalizada con su declaración de alianza con Abu Bakr al Baghdadi, el líder del EI, en noviembre de 2014. Otros grupos en Argelia, Egipto, Túnez o en Nigeria proceden de la misma baya (juramento de alianza).

Pero Libia aparece como el núcleo regional, con un potencial más global, una especie de plataforma física y simbólica para el Daesh (acrónimo árabe del EI). Ya había en el país un importante refugio de yihadistas en una historia compleja ligada a los grupos Ansar Al-Sharia, que conocieron destinos diversos frente a la irrupción del EI. Algunos van a fundirse con el nuevo grupo, como en Siria; otros se oponen, como Derna; otros van a hacer un frente común contra sus enemigos (las fuerzas aliadas del Parlamento de Tobruk y del general Haftar), en la ciudad libia de Bengasi. Tantas ciudades como realidades particulares, afectadas por fuerzas desconocidas.

Libia es también una serie de zonas que sirven de base de repliegue para los katibas (batallones) del grupo Al Qaeda en el Maghreb Islámico (AQMI), en especial en el sur, pero también en Ajdabiya (noroeste).

Pero la progresión más espectacular es en primer lugar numérica, fruto de una gran migración de combatientes que traen la yihad ("guerra santa") de otros países. En 12 meses, el grupo de unos 800 libios entrenados en Siria e Irak se convirtió en el embrión de una fuerza de primer plano —al nivel libio— con cerca de 3 mil hombres. Incluso las milicias del grupo Misrata, consideradas las mejores del país, fueron humilladas por el Daesh.

Durante el año transcurrido, estos últimos comenzaron a crecer hacia el sur, e instalaron campos de entrenamiento hacia el oasis de Juffra. Pero es también en Libia donde los responsables de los atentados cometidos en el vecino Túnez y reivindicados por el EI fueron entrenados y concibieron diversos ataques, como el del museo del Bardo, en marzo, luego en junio, el de la playa de Port-al-Kantaui, cerca de Sousse. Sin embargo, en Túnez, los nuevos "representantes" del califato, miembros del grupo Ajnad Al-Khilafa, cuya alianza significó una escisión con su formación de origen, afiliada a Al Qaeda, no son más que una parte del rompecabezas del EI en el país.

Túnez —cuna de la primavera árabe, en diciembre de 2010— es según una fuente de seguridad "el hombre enfermo del yihadismo" en el Maghreb. Otros elementos se han infiltrados hacia las fronteras de Libia y de Argelia. Se trata de grupos dispersos que llevan a cabo operaciones de contrainsurgencia complejas.