REPORTAJE | POR DAVE EGGERS/ MILENIO DOMINICAL

El espionaje y los escritores en Estados Unidos

Del temor a la autocensura

Luego del aval del Congreso para que el gobierno recabe los datos electrónicos de los ciudadanos, el rechazo a la medida trasciende a los grupos de derechos civiles y alcanza ya los medios literarios.

Edward Snowden destapó el espionaje de Estados Unidos
Edward Snowden destapó el espionaje de Estados Unidos (AFP)

Ciudad de México

La mayoría de los ciudadanos se resistiría a que su gobierno revise sus casas sin una orden de cateo. Si le dijeran que mientras está en su empleo, el gobierno entra en su casa y revisa todo lo que tiene sin causa alguna, podría sentirse inquieto; hasta podría considerar este hecho como una violación de sus derechos específicamente, y a la Ley de Derechos, en general.

Pero qué pasaría si el gobierno dijera en su defensa: “Antes que nada, estamos revisando la casa de todos, así que usted no está siendo señalado por nada, no se preocupe. Todo lo que estamos haciendo es revisar todas las casas de Estados Unidos todos los días, sin excepción, y si encontramos algo significativo, se lo haremos saber. Mientras tanto, proceda como siempre”.



“Los crímenescometidos en Estados Unidos en nombre de la seguridad nacional son muy grandes,y no hay respuesta para ello”:
Walter Bernstein


Sí, ha sido extraño vivir en EU en la era de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, según sus siglas en inglés). No solo por los métodos aparentemente ilimitados y cada vez más invasivos de la Agencia, sino porque, en su mayor parte, los estadunidenses han procedido como siempre. Ante las revelaciones de Snowden, se ha generado un sentimiento de ira y una gran cantidad de demandas legales presentadas por organizaciones tales como la Unión Americana de Derechos Civiles (ACLU, según sus siglas en inglés), pero la mayoría de las encuestas muestran que alrededor de 50 por ciento de la población —incluyendo un porcentaje sorprendentemente alto de demócratas— piensa que el programa de espionaje doméstico de la NSA es más o menos aceptable.

Sin duda, muchos demócratas moderados han quedado atrapados en una parálisis de disonancia cognitiva. Es decir, a un nivel instintivo, este grado de espionaje parece horroroso e inconstitucional pero, por otro lado, ¿acaso el presidente Obama, un erudito en la constitución, apoyaría, o expandiría, un programa de espionaje doméstico si no fuese moralmente aceptable y constitucional? Por lo tanto los moderados se retuercen intentando defender, o al menos permitir, las recolecciones de datos de la NSA.

Así, dar la alarma ha quedado en manos de una coalición un poco extraña. Seguramente debe ser la primera vez que la ACLU, la Fundación de la Frontera Electrónica y el Tea Party se encuentran políticamente alineados de alguna manera. Y en uno de los desarrollos más significativos, aunque no inesperado, el 16 de diciembre Richard J. Leon, un juez federal nombrado por George W. Bush, emitió una decisión de 68 páginas calificando a la vigilancia de la NSA de “orwelliana” y diciendo: “No me puedo imaginar una ‘invasión’ más ‘indiscriminada’ y ‘arbitraria’ que esta recolección y retención sistemática y de alta tecnología de datos personales de cada ciudadano, con propósitos de investigarla y analizarla sin aprobación judicial previa”. Y añadió: “Seguramente, tal programa viola ‘ese grado de privacidad’ que los fundadores consagraron en la cuarta enmienda”. ¿Cambiará esto, finalmente, la corriente de la opinión estadunidense? No cuente con ello. La sentencia del juez Leon no tiene efecto vinculante por el momento, y podría revertirse en una apelación.

En un esfuerzo por iluminar el efecto de la NSA en la libre expresión, PEN America Centre recientemente encuestó a sus miembros estadunidenses sobre sus sentimientos respecto al alcance ilimitado de la NSA. En el reporte resultante, Chilling Effects: NSA Surveillance Drives US Writers to Self-Censor (Efectos escalofriantes: el programa de vigilancia de la NSA obliga a los escritores de EU a autocensurarse), revela que 88 por ciento de los escritores encuestados están preocupados por el programa de vigilancia de la NSA, y que 24 por ciento ha evitado ciertos temas en los correos electrónicos y las conversaciones telefónicas. Lo más perturbador es que 16 por ciento de quienes respondieron a la encuesta dijeron que habían abandonado un proyecto debido a lo delicado del tema al que se refería.

Siria podría grabar y almacenar todas las llamadas hechos por sus ciudadanos durante un año por alrededor de nueve centavos de dólar por persona.


La encuesta es preocupante a muchos niveles. Primero, es profundamente desalentador que cualquier escritor se dé por vencido con tanta facilidad —que un escritor pueda ser presionado a la sumisión con tanta presteza. Después de todo, hasta la fecha, la vigilancia de la NSA no ha puesto a ningún escritor en la cárcel y, aunque no cabe duda de que tiene una lista de vigilancia, hasta ahora ningún miembro de la PEN ha sido interrogado con base en sus llamadas telefónicas, búsquedas o actividad en internet. Pero vivir bajo la nube de la sospecha, o preguntándose no si, sino cuándo será mal utilizada la información obtenida, es contrario a la idea de la libertad de expresión en una democracia.

La petición de Writers Against Mass Surveillance (Escritores Contra la Vigilancia Masiva), presentada el mes pasado y firmada por 562 escritores de todo el mundo, es un paso esencial hacia una ley internacional de derechos digitales. Pero hasta que tal cosa exista, habrá cientos de millones de personas, escritores entre ellas, viviendo con la idea de que cada investigación o comunicación que realicen podría ser utilizada en su contra más adelante.

Wajahar Ali es un abogado, ensayista y escritor estadunidense de raíces paquistaníes que ha escrito extensamente sobre asuntos musulmano-estadunidenses. “Cuando leí eso”, dijo respecto al reporte Chilling Effects, “mi primera reacción fue, bienvenidos a nuestro mundo. Los musulmano-estadunidenses hemos vivido con la idea de que somos sospechosos potenciales desde hace 12 años. Hemos tenido que asumir que nuestras llamadas telefónicas, nuestros correos electrónicos, redes sociales y mensajes de texto son de alguna manera vigilados”.

Ali dice que no se autocensura, pero que está exageradamente consciente en todo momento de que sus mensajes podrían ser escudriñados. ¿Y qué pasa si al gobierno no le agrada un ensayo que escriba y, entonces, buscando entre su archivo de metadatos, ve que ha hecho donaciones a cierta organización islámica de asistencia que se considera cuestionable? En minutos tendrían suficiente en su contra como para arruinarle la vida. Ali y legiones de otros musulmano-estadunidenses han tenido que adoptar un macabro sentido del humor al respecto, dice, citando las veces que ha escrito “¡Hola NSA!” en mensajes de texto y correos electrónicos. “Pero no puedo estructurar mi vida en función del miedo”, dice Ali. Se siente tan poco presionado por la vigilancia que recientemente aceptó un trabajo con Al Jazeera América.

“El trabajo de un escritor es buscar problemas”. Esa frase fue pronunciada por un personaje de The Front, la película de 1976 sobre la era de la lista negra de McCarthy. En el filme, Woody Allen interpreta el papel de Howard Prince, un escritor de poca monta a quien un amigo que está en la lista negra le pide que firme con su nombre los trabajos de otros escritores sospechosos de simpatizar con el comunismo. Prince acepta y, muy pronto, atrae la atención del Comité del Congreso sobre Actividades Antiestadunidenses.

En la película, las similitudes entre aquella era y la nuestra son muchas: el aire generalizado de desconfianza, el sentimiento siniestro de estar siendo vigilados, pero no saber cuándo. El guionista de The Front, Walter Bernstein, estuvo en la lista negra y no pudo trabajar. Su teléfono estaba intervenido, lo seguían agentes del FBI, sus amigos fueron amenazados y le negaron el pasaporte.

Hablé por teléfono con Bernstein, que tiene 94 años y sigue escribiendo, en su casa en Nueva York. Comentó que cuando se hicieron públicas las revelaciones de Snowden se sorprendió, no de que hubiese tal vigilancia, sino del impresionante alcance de la misma. “Sin embargo” dijo, “si pueden hacerlo, lo harán”. Le pregunté si pensaba que nuestra era actual de espionaje doméstico era tan peligrosa como la que vivió él. “De cierta forma, ahora es peor” dijo. “Ahora la vigilancia se extiende a todos, y se va a poner peor. Los crímenes cometidos en nombre de la seguridad nacional son muy grandes, y no hay respuesta para ello”.

Sin embargo, Bernstein habló del tema en The Front. Al final de la película, Howard Prince decide no cooperar con los subalternos de McCarthy. En una reunión privada en la que debe firmar un juramento de lealtad y dar los nombres de los simpatizantes comunistas, Prince, que hasta entonces había sido decididamente apolítico, finalmente se harta. Mira a sus interrogadores y ruge: “No reconozco el derecho del comité a formularme este tipo de preguntas. Y, además, se pueden ir todos al diablo”. Luego va a la cárcel.

Bernstein señala que al menos en aquel entonces los acusadores tenían rostro. Estaba McCarthy mismo. Estaban los interrogadores del FBI, los senadores y las audiencias en la corte. Ahora es una agencia oscura que, aparentemente, no le rinde cuentas a nadie. No hace mucho, el novelista William T. Vollmann utilizó exitosamente el FOIA (Ley de la Libertad de Información, según sus siglas en inglés) y descubrió que el FBI tenía un grueso legajo sobre él; en los años noventa había sido sospechoso de ser el Unabomber.  Pero ahora, cualquier individuo que intente averiguar qué información ha recabado la NSA sobre él, fracasaría. “Yo diría que no tienes ninguna posibilidad”, dice Rachel Levinson-Waldman, una abogada del Brennan Centre for Justice, en la Escuela de Leyes de la Universidad de Nueva York. En “What the Government Does with American’s Data” (Qué hace el gobierno con la información de los estadunidenses), estudio sobre el espionaje de la NSA y su mal uso potencial escrito por Levinson-Waldman, que tal vez sea el más amplio y completo, señala algo interesante sobre el estudio de PEN. Si los escritores asumen que están siendo vigilados “esto podría eliminar áreas completas de investigación. Podrían decir ‘no vale la pena llamar la atención del gobierno’. Y los temas difíciles solo podrían ser tocados por aquellos que crean que son invulnerables al escrutinio”.

Piense en todos los mensajes que ha enviado; en todas las llamadas telefónicas y búsquedas que ha hecho. ¿Podría ser malinterpretado alguno de ellos? ¿Podría alguien como el próximo McCarthy, el próximo Nixon, el próximo Ashcroft, utilizarlo para dañarlo? Este es el aspecto más pernicioso y demoledor de la situación actual. Nadie sabe con seguridad qué se está recavando, grabando, analizando y guardando; ni cómo será utilizado todo eso en el futuro.

Hace unos años, John Villasenor, del Brookings Institution, escribió un estudio aterrador titulado Recording Everything: Digital Storage as an Enabler of Authoritarian Governments (Grabándolo todo. El almacenaje digital como un catalizador de gobiernos autoritarios) que explica lo fácil que le resulta a un gobierno registrar y almacenar el contenido completo de todas las llamadas hechas dentro de cualquier país. La tecnología está fácilmente disponible en el presente, y los costos de almacenaje son tan bajos que Siria, por ejemplo, podría grabar y almacenar todas las llamadas hechos por sus ciudadanos durante un año por menos de un millón de dólares, o alrededor de nueve centavos de dólar por persona. Para cualquier gobierno que recabe metadatos, dar el siguiente paso y guardar todos los audios, no es nada.

Sin vigilancia, la NSA seguramente aprovechará estas economías de escala. Y cuando comience a grabar todas las llamadas telefónicas, o cuando un informante revele que ya lo está haciendo, la NSA dirá nuevamente que no causa ningún daño, dado que la vigilancia no  está enfocada a nadie específicamente, que las computadoras simplemente están revisando todo este audio en busca de ciertas palabras claves. Dirá que la gran mayoría de nosotros —aquellos que presumiblemente no están haciendo nada malo— no tienen de qué preocuparse. Sin duda, la NSA ve las cifras de las encuestas, ese 50 por ciento que no tiene problemas con lo que hace, y lo considera un mandato para seguir adelante y expandirse.

Por lo tanto, continuar con la lucha dependerá de esta coalición extraña. La encuesta de la PEN no es el barómetro más importante de lo que piensa y siente la ciudadanía, pero si los escritores están alterando su comportamiento, entonces también lo están haciendo millones de personas más. “Los ciudadanos de una democracia necesitan una zona de privacidad, y tener el control sobre ella”, dice Levinson-Waldman. “Sin alguna seguridad de privacidad, es imposible participar robustamente en el disentimiento y el debate que son de la mayor importancia para nuestra sociedad”. La reacción de un país entero de individuos que eligen abstenerse de hacer ciertos llamados telefónicos, correos electrónicos, búsquedas por internet, por miedo a lo que podría hacerse con esa información en el futuro, amenaza no con producir un escalofrío, sino con generar una era de hielo intelectual permanente.

Bernstein, que sobrevivió a McCarthy, y cuyos antiguos amigos solían cruzar la calle para no ser vistos hablando con él, tiene tanto miedo como siempre. Le pedí que les diera un consejo a los escritores, y al público en general. “Bueno” dijo, “todo lo que puedo decir es que tienen que resistir. Resistir. Resistir. Resistir. Resistir”.


(c) The Guardian

Traducción: Franco Cubello

De acuerdo con una encuesta financiada por el PEN America Centre:

88% de los escritores encuestados está preocupado por el programa de vigilancia de la NSA.

24% ha evitado ciertos temas en los correos electrónicos y las conversaciones telefónicas.

16% ha abandonado un proyecto debido a lo delicado del tema al que se refería.