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Domingo , 17.06.2018 / 18:56 Hoy

Erdogan prosigue su camino autoritario luego de su triunfo electoral

Las votaciones legislativas del domingo le dieron al mandatario el poder para gobernar como autócrata.

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La Aldea

El presidente de Turquía, Recep Teyyip Erdogan, se ha embolsado un gran éxito personal. Quería continuar gobernando su país como autócrata más o menos ilustrado. Y, de nuevo, ha logrado los medios para hacerlo. Su partido islamista-conservador, el AKP, ganó muy claramente las elecciones legislativas del pasado domingo al obtener la mayoría en el Parlamento, lo que le permitirá a Erdogan seguir siendo el amo de una Turquía que él dirige de manera cada vez más autoritaria —y, muy a menudo, inquietante.

El resultado va a pesar gravemente sobre la evolución de la guerra en Siria, en una crisis de los refugiados que será permanente y, por último, en las relaciones de ese país miembro de la OTAN con sus socios europeos, en el momento preciso en que ellos necesitan más que nunca de Turquía.

Elegido presidente en 2014, Erdogan no quedó satisfecho del resultado de las últimas elecciones, en junio. Por primera vez desde 2002, el AKP perdió la mayoría absoluta y quedó condenada a gobernar en coalición. El presidente lo rechazó. Convocó a un nuevo escrutinio y, contrariamente a la letra de la Constitución, llevó a cabo él mismo una campaña conducida de inicio a fin bajo un mismo registro: la estrategia de la tensión.

La guerra con los autonomistas armados del PKK kurdo –organización considerada como terrorista por la Unión Europa y EU– fue relanzada con la intención de seducir a una parte del electorado de la derecha ultranacionalista. Los militantes del AKP vandalizaron a varios centenares de miembros de una formación kurda moderada (el HDP, el Partido Democrático del Pueblo), que registró un avance espectacular en los comicios de junio. Más grave aún, las concentraciones del HDP en las calles fueron el blanco de dos atentados, que dejaron más de un centenar de muertos, atribuidos en general a células yihadistas.

El presidente dio el tono al calificar a sus adversarios de traidores o de terroristas. Su estrategia dio resultado. En un clima de miedo, los electores turcos –incluso entre los kurdos– votaron por la estabilidad. Con un poco más de 49% de votos, el AKP recuperó la mayoría absoluta (316 escaños sobre 550). Ya sea que logre o no hacer cambiar la Constitución –pasar de un sistema parlamentario a uno presidencial–, Erdogan tiene los medios de continuar un camino iniciado hace ya tres o cuatro años: el ejercicio de un poder cada vez más personal. Para él, la democracia se resume en las elecciones: el vencedor tiene el derecho de supeditar todos los contrapoderes, ya sea que se trate de los diputados, de la justicia o de la prensa –todos intimidados, maltratados, incluso perseguidos.

El jefe del AKP se encuentra al frente de un país de 75 millones de habitantes que él ha contribuido a polarizar cada día y cuya mitad de la población está opuesta con vehemencia: laicos contra religiosos, turcos contra kurdos, sunitas contra alevíes, élites urbanizadas contra conservadores. El fragmentado paisaje político está además fragilizado por una situación económica cada vez más mediocre y por un contexto exterior dominado por la guerra en la vecina Siria. (...)

La Unión Europea es la primea implicada. Necesita de Turquía para frenar e incluso detener el éxito de los refugiados de Siria. Más de dos millones de ellos han sido recibidos generosamente por los turcos. Los europeos están listos a todas las concesiones para que Ankara continúe albergándolos y contribuya a impedir una migración salvaje que, aún en los últimos días, se ha traducido en decenas de ahogados. Erdogan está en posición de fuerza. Pero ¿hasta dónde hay que ceder, si él se obstina en dirigir a Turquía hacia la autocracia tan agresiva al interior como al exterior?

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