“Con carabina, defenderé mi propiedad del muro”

Eloisa Tamez es una de las pocas personas que cruza cuando quiere el límite entre México y EU; sus tierras están 'atrapadas' entre el río Bravo y una valla antiinmigrantes en Texas.
La profesora de la Universidad de Texas Río Valley.
La profesora de la Universidad de Texas Río Valley. (Jesús Quintanar)

Comunidad El Calaboz. Brownsville, Texas

Eloísa Tamez detiene su andar. Extiende un brazo, una mano y la dirige hacia el muro metálico que divide Estados Unidos y México. Presiona un teclado:

5... 5... 2...5...7, digita.

La gran valla roja se abre lentamente.

La profesora de la Universidad de Texas Río Valley es una de las pocas personas —apenas unas decenas— que tienen este privilegio: cruzar cuando quiera y a la hora que quiera el límite entre ambos países. Ella abre y cierra las veces que desee la verja de hierro. ¿Cuántos miles de migrantes quisieran hacer eso?

Y lo hace porque sus tierras han quedado atrapadas entre el río Bravo, frontera natural con México, y un muro antiinmigrantes... tierra adentro en suelo estadunidense. Un absurdo fronterizo más, en el que, en esta ocasión, los afectados son los propios gringos.

A sus 81 años, y ante la principal promesa de campaña del presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, la de erigir un muro enorme en la frontera, la enfermera de profesión se pone ruda:

—Me voy a sentar con una carabina en lo alto de mi terreno y no dejaré que construya su muro en mi propiedad —dice con gesto decidido.

Su primera batalla legal contra el gobierno estadunidense inició el 7 de agosto de 2007, cuando le informaron que quería construir un muro a través de su propiedad. Dentro de su propiedad.

Su extenso terreno, que en algún momento llegó a tener 12 mil acres (40 mil metros cuadrados), fue entregado a sus ancestros por el Rey de España, Carlos III, a través de la concesión de la tierra de San Pedro Carrancitos en 1763, según cuenta:

"Me dieron la noticia una tarde que llamaron a mi oficina. Me comentaron que el gobierno quería hacer estudios para ver si la tierra iba a sostener el peso de ese muro que planificaban. Les dije que no hacia negocios acerca de mi tierra por teléfono, que si querían verme, debía ser de frente. Ellos me dijeron que si no sabía que el gobierno puede tomar mi tierra".

Tras esa primera llamada vinieron dos más. Y la respuesta de ella fue la misma: "No". Hasta que un ingeniero del gobierno federal y efectivos de la Border Patrol se presentaron en su casa.

"Me trajeron los papeles para que los firmara. Los revisé y les dije que no iba a firmar porque ellos querían entrar a examinar la tierra e iban a estar aquí por 12 meses, y dándoles permiso, ellos iban a tumbar árboles, hacer pozos y lo que les diera su gana. Y firmando los papeles no les podría objetar nada. Entonces les dije que no y me dijeron que me iban a condenar, que me iban a mandar una condena de Corte. Les dije 'está bien, pero yo no voy a firmar'", recordó.

En febrero de 2008 se cumplió el amago y fue citada por la Corte por impedir la construcción del muro fronterizo en su terreno.

"Pasaron varios meses en los que la valla llegaba a las esquinas Este y Oeste de mi terreno. Era el único punto donde no estaban esas horribles rejas".

En primera instancia el juez decidió a su favor y obligó al gobierno del presidente en funciones, George Bush, a presentar el plan de trabajo a Tamez y que a partir de ello, decidieran de manera conjunta el arreglo para que el muro cruzara por su terreno.

En abril de 2009 las cosas cambiaron: "Otro juez dio la orden de entrada; ellos, la gente del gobierno, de inmediato trajeron todo el material. Yo estaba en una conferencia académica en Nuevo México y me vine rápido, pero cuando llegué, ya tenían todo apilado. En menos de 24 horas pusieron el muro".

La profesora Tamez inició una nueva batalla legal por lo que considera un atropello del gobierno federal y presentó un amparo ante la Corte de Texas, que al poco tiempo consiguió un amplio respaldo popular.

"En un tiempo nos llamó el juez para explicarnos lo que estaba pasando de parte del gobierno. Éramos 250 personas a las cuales no se nos dio explicación y se nos impuso ese muro", afirmó.

Durante varios meses la única manera de estar cerca de su tierra era verla y sentirla desde las rejas. Se sentía atrapada, encarcelada.

"Me daba miedo porque si venía a dar la vuelta se venían los agentes de la Patrulla Fronteriza y me preguntaban qué quería, qué andaba haciendo aquí y todo eso. Me subía al bordo a pie o en mi carro y ellos me preguntaban cuánto tiempo estaría ahí y yo les decía que el tiempo que yo quisiera, esta es mi propiedad", recordó.

Browsville, Texas, suele ser un pueblo muy tranquilo, que contrasta con la violencia de su vecina mexicana, la urbe de Matamoros. Esta ciudad estadunidense es principalmente habitada por veteranos de guerra, o ancianos pensionados que buscan un buen clima y vías de comunicación sencillas para pasar su vida. Y claro, hay muchas armerías. Hasta en un Walmart es posible comprar una pistola.

Gran parte de los terrenos que fueron divididos por el gobierno y que quedaron en el limbo legal entre el Río Bravo y el muro fueron entregados por sus dueños, que no se opusieron como Tamez.

"Muchos de las personas que vendieron o que simplemente dejaron pasar el muro son pensionados que tienen su Medicare y no se quieren meter en líos con el gobierno para que no les quiten sus recursos", dijo.

Sin embargo, Tamez y otras decenas de personas, rancheros en su mayoría, lograron que el gobierno federal les entregara una clave única y la llave de un candado para poder abrir los portones que se encuentran a lo largo de la valla fronteriza del sur de Texas.

"Hasta la fecha no nos han dicho que no podemos entrar, puedo salir por ese portón y caminar en medio del muro y mi propiedad, no me pueden evitar. Puedo pasar el carro por ahí, puedo pasar por los portones, aunque hay cámaras por donde quiera, y sobre subirme al borde, no me han dicho nada todavía".

Digita su clave en el tablero numérico y una alarma comienza a sonar, al tiempo que la inmensa estructura metálica se abre a sus pies.

"En 5 minutos se vuelve a cerrar, pero la puedo abrir desde adentro o donde quiera. Ellos ya saben que estoy aquí, me ven por todas esas cámaras que tienen".

La maestra avanza lentamente y llega al otro lado, lo que los congresistas y políticos llaman México, pero que los texanos conocen como Estados Unidos, pues geográficamente el río Bravo es la frontera entre ambas naciones.

"Me da mucha tristeza esta situación del muro y que se haya reavivado en las campañas presidenciales. Quiero a mi país, le he servido, estuve en el Army Nurse School; he dado servicio a mi nación, porque la quiero, pero cuando pienso en el muro, en una nación de libertad, no me siento libre, me siento encarcelada, porque no puedo ir al otro lado de mi tierra cuando a mí me dé la gana, y si yo quiero ir para allá, debo pasar por barreras", reflexionó.

Pese a votar por Donald Trump en las pasadas elecciones, Tamez confía en que el republicano cambie su política migratoria contra los mexicanos, al ser un gran motor económico y laboral de Estados Unidos.