El duelo Clinton-Trump será de todo, salvo académico

La demócrata y el republicano enfilan a una batalla electoral en la que ninguno goza de mucha popularidad: a ella se le acusa de ser manipuladora, pero tenaz; el magnate es tachado de populista y ...
Hillary Clinton buscará la presidencia el 8 de noviembre.
Hillary Clinton buscará la presidencia el 8 de noviembre. (Gary Cameron | Reuters)

París

Por primera vez en la historia de EU, una mujer es la candidata de uno de los dos grandes partidos en la elección presidencial. Es un dato que cuenta para la democracia estadunidense, y más allá. Tras resultar ganadora de una elección primaria, la demócrata Hillary Clinton (68 años) enfrentará, el 8 de noviembre, a Donald Trump (69), quien, enarbolando la injuria y un programa poco ortodoxo, derrotó a los otros aspirantes republicanos.

Del enfrentamiento que se anuncia se saben dos cosas. La primera es que no habrá un debate académico sobre los méritos de las propuestas de uno y del otro. Desde un inicio Trump dio el tono de la campaña política 2016: el insulto personal, el lenguaje racista, las amenazas físicas, las mentiras descaradas, todo ello envuelto en nombre del rechazo a lo políticamente correcto y contra las "élites".

La segunda cosa es que muy pocas veces se vio, desde 1945, que dos candidatos a la elección presidencial tuvieran cada uno cuotas de popularidad tan bajas. Ni Hillary Clinton ni Trump son candidatos queridos: ellos acumulan las percepciones "negativas", dicen los encuestadores, el magnate inmobiliario aún más que la ex primera dama, ex senadora y ex secretaria de Estado.

La una y el otro son candidatos débiles. Considerada manipuladora y poco sincera, Clinton encarna la quintaesencia de una élite política cercana a los medios financieros, exactamente lo que rechaza el electorado. Vulgar, demagogo y sin la menor experiencia política, Trump es seguido por los electores masculinos, más bien pobres y mayoritariamente, si no exclusivamente, blancos, en contra de la evolución demográfica del país.

A su vez, Clinton merece su victoria. Desde su juventud dio la batalla por el acceso de las mujeres a los más altos puestos de responsabilidad. Nadie puede cuestionarle un pasado militante ejemplar, siendo una apasionada de la cosa pública. Tecnócrata hipercompetente, adquirió la paciencia y la ciencia del compromiso que son en política la vía de la reforma. Constantemente sometida a una presión mediática sin piedad desde la elección de Bill Clinton a la presidencia (1992-2000), ella dio muestras de una tenacidad sin igual. Una mujer que se forjó en las pruebas: aguanta y sabe responder, dignamente.

Pero su adversario, el belicoso septuagenario Bernie Sanders, puso el dedo sobre las debilidades de la candidata Clinton. Él podría en rigor perdonarle a título personal su gusto por el dinero, cobrando sumas astronómicas, incluso indignas, por pronunciar discursos insípidos ante la distinguida clientela de grandes banqueros de Wall Street. Pero en cambio, ante sus ojos, ella representa y acepta lo que hay de más negativo en el sistema político estadunidense: el financiamiento de las campañas electorales por intereses privados.

Esta elección se desarrolla con el telón de fondo crítico de la mundialización: inmigración y libre comercio. A menudo de manera abiertamente racista, Trump ha hecho girar las líneas republicanas sobre estos temas. Empujada por Sanders, Clinton critica hoy un libre mercado internacional descontrolado y que saca del juego a demasiados estadunidenses. Europa se enfrenta a las mismas preocupaciones. Pero he ahí que Donald Trump amenaza con escamotear este debate, esencial, en favor de los ataques personales contra Hillary Clinton.