De realismo mágico: El oro violento de Colombia

En la costa del Pacífico de este país abundan los recursos naturales, patrimoniales y los grupos indígenas, pero también la lucha de paramilitares, mafias y guerrilleros por el metal precioso

Colombia

Después de medio siglo de guerra, la paz significa un nuevo comienzo para Colombia. También es un gran desafío en regiones como el Chocó, donde el Estado tiene poca presencia hasta hoy y nuevos actores armados se alistan para pelear tierras, rutas del narco y yacimientos de oro.

La movida es intensa en este puerto fluvial de la capital del Chocó. Campesinos negros y fornidos bajan pacas de plátano de unas canoas que parecen sucumbir bajo el peso de su carga; jóvenes anuncian con voz estridente la salida de sus pequeñas embarcaciones destartaladas, buscando clientes para llevarlos a la otra orilla del río Atrato, mientras niños con la piel morena tostada por el sol, típica de los indígenas, empujan en silencio y con largas varas sus canoas, tratando de pescar los bocachicos de sus aguas.

Tres cuartas partes de los residentes de esta zona han sido víctimas de la guerra

En el Pacífico colombiano todavía se respira un aire de paraíso tropical como en las novelas de realismo mágico de Gabriel García Márquez. El poco explorado Chocó alberga una de las selvas más lluviosas de la tierra y con una enorme biodiversidad.

Pero es un idilio mortal: “Tres cuartas partes de los residentes fueron víctimas de la guerra”, dice Ulrich Kollwitz, quien trabaja en la Comisión de Derechos Humanos de la Diócesis de Quibdó. La Iglesia ha sido durante décadas la única presencia estable en una región de frentes y actores armados cambiantes. Fue la Iglesia la que comenzó a documentar masacres y matanzas en esta región poblada principalmente por descendientes de esclavos negros.

La capilla del Obispado está tapizada con un álbum de horror: fotos de hombres, mujeres, ancianos, niños y bebés, la mayoría en blanco y negro, algunas carcomidas por hongos; fotos con nombres, fecha de nacimiento y fecha y lugar de deceso.

Algunas masacres se conocieron en el mundo, como la de Bojayá, donde la guerrilla de las FARC, que algún día fue comunista, tiró en mayo del 2002 un cilindro con explosivos que debía alcanzar a sus enemigos paramilitares, pero terminó en una iglesia y mató a 80 civiles, la mayoría niños, que se habían refugiado ante los intensos combates en el único edificio de piedra en la población.

En diciembre, algunos comandantes de la guerrilla más antigua del continente viajaron allí y pidieron perdón, en uno de los actos simbólicos que deben pavimentar el camino a la reconciliación.

LA PAZ, VOLÁTIL ESPERANZA

Pero la paz no es más que una volátil esperanza aquí en el Chocó. No está para nada asegurado que los criminales de la guerra no serán también los ganadores de la paz. En abril, el clan Úsuga, una poderosa mafia de origen narcoparamilitar, decretó un paro armado para sabotear las negociaciones de paz. Quemaron carros, cerraron negocios y escuelas y asesinaron policías y civiles que no acataron su toque de queda. El presidente Juan Manuel Santos dijo que no se dejaba intimidar y lanzó una ofensiva; pero aparte de los soldados, el Estado sigue ausente en el Chocó.

La vasta selva es poblada por etnias que descienden de esclavos negros

Para llegar desde Quibdó a Playa Bonita, hay que viajar una hora en autobús hasta Yuto, y de allí embarcarse y navegar durante dos horas más, primero por el Atrato, luego por el mucho más salvaje y angosto Andagueda.

Pocos son los lugares donde todavía cuelgan helechos y musgos desde empinadas rocas, y cada vez más frecuentes son las grandes playas de arena y grava donde pestilentes dragas o ruidosos cargadores levantan toneladas de arena para deslizarla sobre toboganes de madera, donde rugosos tapetes atrapan minúsculas partículas de oro. Es el paraíso de los gambusinos.

SUEÑOS DORADOS

De oro están hechos los sueños en la selva, y la esperanza de encontrar el metal precioso deja agujeros cada vez más grandes en la tupida vegetación. Para lograr un gramo de oro, varias toneladas de tierra, arena y grava deben ser removidas. Los generadores contaminan el aire, las dragas levantan sedimentos y convierten ríos antaño cristalinos en turbios lodos mientras el mercurio, que se usa para aglutinar el oro, se evapora y se infiltra en el circuito del agua, terminando por contaminar el río y los peces.

El Chocó produce la mitad del oro de Colombia; sin embargo, sigue extremadamente pobre: 65 por ciento de su población vive por debajo del umbral de la pobreza. Cuatro de cada 10 habitantes son analfabetos, 110 de cada mil bebés mueren al nacer, 73 por ciento de los niños están desnutridos. La riqueza queda en pocas manos, la destrucción afecta a todos. Recientemente, 30 niños murieron después de consumir agua contaminada con mercurio: “Siempre hemos extraído oro, pero a pequeña escala, con las bateas”, dice Ober Machado, señalando los casi planos recipientes de madera. Lo que pasa ahora en el Atrato y el Andagueda preocupa a este joven de 32 años, originario de Playa Bonita: “Todos saben que no es legal. Me pregunto cómo todas estas excavadoras, motores, la gasolina y el mercurio llegan hasta aquí sin que nadie se dé cuenta”, ironiza Machado.

CAPITALISMO CRIMINAL,

EL MODELO DE NEGOCIO

Y todos conocen la respuesta: la policía, los políticos y los militares se benefician de los negocios sucios al igual que la guerrilla y los grupos paramilitares desmovilizados oficialmente en 2006, pero muchos de cuyos integrantes mantienen la violencia como modelo de negocio. Ahora se llaman Úsuga, Rastrojos o Autodefensas Gaitanistas, pero sus estrategias siguen siendo las mismas: someter a la población con dinero y violencia.

Los negocios son diversos, concesionar yacimientos de oro, cobrar extorsión, traficar droga o conseguir contratos públicos en alcaldías y gobiernos regionales afines o sumisos. No está garantizado que no pase lo mismo con algunos frentes de las FARC después de la desmovilización, sobre todo si la inserción se revela difícil y si se desata de nuevo una matanza de líderes izquierdistas como la que se dio contra la Unión Patriótica en los años ochenta.

El Chocó es una región estratégica. En los años noventa, los paramilitares lanzaron una gran ofensiva supuestamente para expulsar a los guerrilleros. Pero sobre todo se trataba de controlar un territorio rico en recursos naturales, con tierra fértil y una vía fluvial importante como el Atrato. En lugar de combatir guerrilleros, que muchas veces huían de la confrontación abierta, los paramilitares se ensañaron matando y desplazando a la población civil para abrir el camino a la explotación minería y las plantaciones de banano y palma africana.

UNA TIERRA SIN GARANTÍAS

Playa Bonita también fue abandonada en estos años de terror. Ahora, 200 de los 400 habitantes originales han regresado a este rincón apartado. Rebasaron una burocracia desesperantemente lenta, que sigue ocupada principalmente en instalar una oficina de paz y restitución de tierras en Quibdó.

Los habitantes de Playa Bonita se deben valer por sí solos. Machado se ha convertido en el policía del pueblo, pero no tiene ni lancha, ni motocicleta o pistola, debe proporcionar seguridad junto a un grupo de voluntarios que llevan machetes. Su poder es limitado.

En la otra orilla del río se han instalado unos mineros, a pesar de que Playa Bonita es parte de la reserva colectiva de 73 mil hectáreas que la organización campesina Cocomopoca ha conseguido proteger después de 11 años de lucha contra una burocracia reticente. Y cuando lo lograron, descubrieron que mientras tanto, el Ministerio de Minas había otorgado una concesión minera de 55 mil hectáreas al grupo sudafricano AngloGold Ashanti.

La minería, según Santos, debe ser uno de los motores de desarrollo de Colombia en la era del postconflicto, ya que amplias zonas antes demasiado peligrosas son ahora accesibles y explotables.

El gobierno designó una gran parte del territorio como áreas estratégicas del desarrollo, y el 20 por ciento del territorio nacional está etiquetado como zona minera. En estos Proyectos Estratégicos de Interés Nacional (Pines), el gobierno puede otorgar concesiones exprés. Sin embargo, en febrero, la Corte Constitucional aguó la fiesta: pese a la existencia de títulos mineros, prevalece el derecho al medio ambiente sano. En el caso de los desplazados, estos pueden reclamar sus tierras aún en zona estratégica minera. Antes, el Estado podía indemnizar a estas personas pero no les entregaban el terreno.

Los páramos, zonas andinas altas de captación de agua, no pueden ser ya concesionados mientras las licencias anteriores a 2010 pierden vigencia. Fue una victoria importante de las víctimas y de los ambientalistas. Sin embargo, los Chocoanos son escépticos. Desconfiados con razón, todavía no creen en un Estado que proteja a sus ciudadanos en estas tierras.