Donald, el indomable

Cualquiera de sus exabruptos en boca de otros políticos hubiera sido el fin de su carrera. ¿Para Trump? La catapulta.
De joven, Trump fue un “niño problema” pero el deporte lo “enderezó”.
De joven, Trump fue un “niño problema” pero el deporte lo “enderezó”. (Kevin Lamarque/Reuters)

Washington

Aunque existen muchas interrogantes sobre la forma en la que llevará el país, hay algo en lo que la mayoría coincide: como presidente número 45 de Estados Unidos, Donald Trump no dejará indiferente a nadie.

Después de amasar una fortuna en el sector de bienes raíces, el magnate de 70 años que sucede en el cargo a Barack Obama saltó a la esfera política, sacudió las pantallas de televisión con sus afirmaciones explosivas y logró que ese mismo sacudón jugara a su favor en las votaciones internas de su partido, hasta convertirse en candidato y ganar las elecciones de noviembre pasado.

Colmó las tribunas de los estadios y los pasillos de los mítines, estuvo y sigue estando omnipresente en las redes sociales y prácticamente no hubo canal de noticias que se perdiera sus apariciones o cruces verbales con otros jugadores políticos.

Despotricó, rezongó, metió bastante bulla, acusó y también se defendió. Apostó siempre todo, nunca se quedó a media tinta y con eso se ganó la adoración de miles de seguidores. Aunque otros se agarraran la cabeza, él iba y venía sin callarse nada: que levantaría un muro para separar EU de México y que endurecería la política migratoria.

Así fue como “The Donald” pasó a ser un indómito de la política. Desconcertó a opositores y correligionarios, despertó innumerables burlas y también temores a nivel mundial. Pero nadie lo pudo parar.

Se convirtió en un héroe de los trabajadores, pasó a ser tolerado por los evangelistas y admitido en parte por el establishment, pese a los tremendos miedos que despertó en quienes se preocupan por la seguridad mundial.

Ya de niño no había sido un tipo fácil. Nació en 1946 en Queens, Nueva York. A los 13 años su padre Frederick, que trabajaba como empresario de la construcción, y su madre Marie, de origen escocés, lo enviaron a un internado. Donald aprovechó ese tiempo para desarrollarse en el deporte, principalmente béisbol, futbol americano y soccer. Logró su primer diploma y finalmente siguió los pasos de su progenitor en el sector inmobiliario.

Forbes estima que su patrimonio es de unos 4 mil millones de dólares, pero la cifra es pura especulación, ya que Trump no pone sus cartas sobre la mesa. En cambio, sí cuenta grandilocuentemente que logró ahorrarse el pago de una gran cantidad de impuestos. Y eso sí es típico de él: hace y dice cosas que se supone que están mal. Se burla de los discapacitados, denigra a los migrantes, habla mal de las mujeres...

Cualquiera de sus afirmaciones en boca de otro político hubiese sido un traspié difícil de reparar. ¿Para Trump? Ningún problema. “Yo podría matar de un disparo a alguien en plena calle e igual no perdería ni un votante”, dijo alguna vez.

Su biógrafo, Michael D’Antonio, comentó que nunca se había topado con alguien “tan persistentemente arrogante” como Trump, quien, según él, habla todo el tiempo de tres cosas: su buen aspecto, su inteligencia y su éxito.

En su vida privada tuvo en su haber a muchas mujeres, y se calzó esos “éxitos” en la perchera como si fueran motivo de orgullo. Sus supuestas aventuras amorosas saltaban repetidamente a los titulares. Algunos eran verdaderos, otro inventados.

Sus líos amorosos y demás historias le dieron bastante cabida mediática. En algún momento, el propio Trump le confirmó a The New York Post que había tenido un romance con quien después sería la primera dama de Francia, Carla Bruni. Poco después, la esposa del ex mandatario Nicolas Sarkozy salió a decir que el neoyorquino debía haber perdido su sano juicio, y entonces el magnate respondió diciendo que, efectivamente, no había pasado nada.