Donald Trump y la diplomacia del tuit

El presidente electo de EU inició una nueva forma de comunicación entre Estados al criticar a China vía Twitter.
El magnate neoyorquino desafío a Pekín hablando con Taiwán.
El magnate neoyorquino desafío a Pekín hablando con Taiwán. (Albin Lhor Jones/EFE)

París

¿Habrá que habituarse del otro lado del Atlántico a un nuevo modo de gobierno, el gobierno vía Twitter? Con 16 millones de abonados, Donald Trump hizo de la red social, durante su campaña, un arma electoral masiva. Victorioso, indicó que esperaba conservar ese modo de comunicación directa “con el pueblo”. Durante el periodo de transición que separa la elección de su investidura, el 20 de enero, el presidente electo acaba de aplicar a China una nueva forma de comunicación entre Estados: la diplomacia del tuit.

En el espacio de tres días, Trump montó una doble ofensiva contra Pekín. El viernes 2 de diciembre, rompiendo con cuatro décadas de práctica diplomática, sostuvo una entrevista telefónica sustancial con la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, que lo llamó para felicitarlo por su elección. La regla observada en Washington, desde el reconocimiento de China comunista como “la única China”, es que no se mantienen relaciones oficiales con Taipei, pese a los lazos militares que unen a Taiwán con EU. Ante la protesta generada por la iniciativa, el presidente electo se sorprendió en Twitter, con cierto sentido común, de que no pueda hablar por teléfono con la líder de un país al que se le entregan 8 mil millones de dólares en armamentos.

Pekín esperó 24 horas para protestar ante el Departamento de Estado. El domingo, la prensa china se sumó a la crítica de este cambio aparente. Trump hundió entonces el clavo con un doble tuit: “¿Es que acaso China nos preguntó si estaba OK devaluar su moneda (volviendo a nuestras empresas menos competitivas), gravar pesadamente nuestros productos al entrar en el país (EU no los tasa) o construir un complejo militar masivo en medio del mar de China meridional? No lo creo!”

Los expertos en política exterior, que Trump y su equipo desprecian alegremente, pensaron primero en una gaffe de neófito. Los entornos del presidente electo y de la presidenta taiwanesa hicieron entonces saber que la entrevista telefónica había sido minuciosamente preparada (no siendo esta la primera vez que Trump toma una posición sobre Taiwán).

Ante la falta de explicación por los más de 140 signos, el resto del mundo, ampliamente involucrado en la evolución de la relación chino-estadunidense, se limitó a especular. Supondremos así que Trump quiso, al tomar la llamada de Tsai, mostrar a China, antes incluso de comenzar un diálogo serio después de la investidura, que la elección de sus interlocutores se decide en la Trump Tower, no en Pekín. Su segunda salva de tuit estuvo destinada a mostrar que “America First” no es más que un eslogan: la política de EU estará guiada por los intereses estadunidenses, y en especial los de las empresas de EU.

En el “arte del negocio” tan caro al multimillonario Trump, esto puede ser un punto de partida en la negociación. Pero China es un socio complejo. Muy inquietos de la imagen de heraldo de la antimundialización que el candidato Trump se forjó, los líderes chinos detestan por encima de toda imprevisibilidad. Sus vecinos, aliados de EU, temen en primer lugar una China que se atrinchere. Hay que esperar que, una vez en la Casa Blanca, Trump se rodee de un equipo a tono con estas realidades, apto para comunicar de manera más profunda.