Una democracia que pelea con dientes y garras

Se empujan hasta el borde del abismo; luchan como si se tratara de una guerra real mientras el mundo observa: el "Tea Party" busca imponer su línea con argumentos que, al final, lo dejaron solo ...
John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes de EU.
John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes de EU. (Lo Scalzo/EFE)

Washington

Estados Unidos suspiró de alivio, y sus críticos de todo el mundo rieron con alegría. El país que nunca deja de decirle al resto del mundo cómo gobernarse —llevando las amonestaciones hasta la guerra— no puede manejar sus propias cosas. ¿Acaso la hipocresía ha sido alguna vez más grotesca?

Esta semana, sin embargo, para los visitantes como yo, la histeria presupuestaria de EU y la resolución se asemejaron a un ritual sintético, un poco como el Día del Trabajo o el de Acción de Gracias. La Constitución pasa por estos espectáculos al estilo Hitchcock cuando el presidente y el Congreso no están de acuerdo. Se empujan hasta el borde del abismo, pierden el equilibrio, resbalan y se agarran con las puntas de los dedos, pero vuelven a subir, siempre.

La compulsión de Washington por mantener las cosas funcionando refleja un gran instinto de supervivencia. La derecha podría decir que se trata de la desesperación de quienes tienen la mano sobre el dinero de otros y la izquierda, que la democracia vuelve a la cordura. De todas maneras, cuando los contribuyentes no pueden pagar las cuentas, los prestamistas deben hacerlo. La deuda de EU es de alrededor de 16.7 billones de dólares y está en ascenso. El Tea Party perdió la batalla, pero no la discusión.

Tal como admitió su político más antiguo, el senador John McCain, el partido de Lincoln, de la reconstrucción y la reforma, se ha degenerado en una triste pelea entre sus diferentes facciones. El Tea Party, con solo 40 miembros del Congreso, amenazó a todos los republicanos que votaran por el rescate con una impugnación en las elecciones primarias. No es de extrañar que muchos hayan optado por la suspensión de pagos.

El Tea Party representa a una fibra importante en la vida pública estadunidense-fundamentalista del viejo mundo en su exclusividad, rectitud e inclinación religiosa. Su política de defensa difiere muy poco de la yihadista. Odia el gobierno compulsorio, tales como Medicare y Obamacare. Cree en el estado y los derechos locales. Ve a Obama como a una amalgama de poder federal, petulancia liberal y americanismo negro, y lo odia por eso.

Como la derecha de cualquier país, esta fibra está al acecho de cualquier sistema político que se haya desarrollado demasiado. No puede ser ignorado como a una minoría rural enloquecida. Su amenaza a los republicanos del Congreso fue real, y lo sigue siendo. Cuando se les advirtió a los miembros del Tea Party y a los candidatos que podían causar que todo el proyecto federal se derrumbase, vieron ese como una esperanza, no como una amenaza.

Por todo lo anterior, se ha evitado una política arriesgada clásica de EU con algo de sentido común. El Tea Party no fue solo vencido, también fue humillado. Fue derrotado por el cinismo de usar Obamacare como su causa, el cierre y la suspensión de pagos como un arma nuclear contra su enemigo, y por ello no pudo ganarse la buena opinión pública. La victoria de Obama no fue tanto para él como para los estadunidenses. El cierre y su resolución no fueron lo maligno del sistema de EU, sino una señal de su cordura final.

Por supuesto, la Constitución es cuestionada por todas las partes. Los comentaristas, los grupos de expertos y los científicos políticos concuerdan en que está enferma. De la misma manera en que Irak y Afganistán anunciaron el retiro estadunidense del señorío mundial, el caos federal está debilitando la fe en el sistema de gobierno.

La presidencia y sus agencias han hecho que el gobierno federal sea burocrático y derrochador. El Pentágono es tan difícil de manejar que ya no puede ganar guerras. El cabildeo corporativo y el poder de los sindicatos han llevado a los subsidios médicos y de seguridad social a un nivel insoportable. El Obamacare, admirable en su intento, es caótico, con sistemas de computación que se caen y solicitantes que quedan en el aire.

El Congreso podría ser parte del problema, pero ejerce un freno duro en el uso del presupuesto a través de su voto por suministrarlo. Este mes le ha dado un sacudón a los gastos del gobierno, pero no los ha reducido. Todavía no hay señales de que Obama recorte los gastos en seguridad social, una causa a largo plazo de la gran montaña de deudas.

Los gobiernos del mundo se enfrentan a la “imposibilidad de la democracia”, porque las mayorías votan por beneficios que no tienen que financiar y por esto se recurre a la deuda. El último gobierno laborista británico fue descuidado en este aspecto, igual que los presidentes estadunidenses de ambos partidos. Ambos países se enfrentan a una hambruna impositiva en parte porque el mundo no ha enfrentado al cáncer de la evasión de impuestos de las corporaciones.

Se evitó una catástrofe que amenazó con causar daño real a la recuperación económica; pero no es malo que haya sucedido. El conflicto por los recursos fue real, igual que la guerra continua entre la extravagancia de esta generación y el peso que le cargará a la siguiente. Las batallas que en otras partes se barren bajo la alfombra se combaten a plena vista en EU, la democracia tiene dientes y garras.