El delicado “reequilibrio” de la política de Barack Obama

El presidente estadunidense buscó en Asia reforzar su alianza económica y de seguridad con cuatro países de la región.
El presidente Obama durante su gira por Filipinas.
El presidente Obama durante su gira por Filipinas. (Larry Dowing/Reuters)

Tokio

En vísperas de la reciente visita del presidente Barack Obama a Japón, Corea del Sur, Malasia y Filipinas, el debate giró en torno a la credibilidad de la voluntad de EU de reequilibrar su diplomacia en la región, que muestra el potencial más fuerte de crecimiento. Al término de su gira, la voluntad de EU de reforzar su presencia en Asia quedó prácticamente fuera de duda, pero los escollos para lograrlo se hicieron más visibles.

¿Cómo conciliar el reequilibrio de la estrategia de Washington en Asia con el establecimiento de una nueva "asociación entre grandes potencias", China y EU, deseada por ambas partes, y un reforzamiento de la alianza militar de Washington con sus aliados en el área, algo mal visto por Pekín y comprometido por el antagonismo entre Corea y Japón sobre temas de la memoria y territoriales? Los contenciosos también han envenenado las relaciones entre Japón y China. Y si bien Obama llamó al diálogo, no logró calmar los ánimos.

Fue en Filipinas, última etapa de su desplazamiento, el 28 de abril, donde se pudo asistir al avance más significativo de la gira asiática: la firma de un nuevo acuerdo de defensa con una duración de diez años renovable, el cual permitirá a EU el estacionamiento temporal de tropas y material militar en Filipinas donde, hasta 1992, los estadunidenses disponían de bases aéreas y navales.

Si bien todavía es un borrador, el acuerdo constituye un nuevo elemento tangible del "reequilibrio" norteamericano en Asia. Al afirmar su apoyo al archipiélago, Obama multiplicó las precauciones de lenguaje a fin de que el pacto no sea percibido por Pekín como un intento de "contener" sus aspiraciones en la región.

Filipinas, como otros países del sudeste asiático, tiene un diferendo territorial con China a propósito de la soberanía sobre diversos islotes del Archipiélago de las Spratley, en el mar de China meridional, reivindicadas por el antiguo Imperio del Centro. Las relaciones entre Manila y Pekín no dejan de degradarse y, a comienzos de abril, Filipinas reclamó el arbitraje de la Corte Internacional de La Haya.

"Nuestro objetivo no es oponernos a China, ni contenerla", dijo Obama durante una conferencia conjunta con su par filipino, Benigno Aquino. "Somos favorables a la proyección pacífica de China", añadió enviando un mensaje sin ambigüedades a Pekín: "En materia de leyes internacionales, no pensamos que la coerción y la intimidación sean un medio para resolver los conflictos". Una alusión apenas velada a las repetidas presiones ejercidas por los buques chinos contra los pescadores filipinos que navegan en torno de los islotes en disputa.

Obama mantuvo un lenguaje similar en Tokio sobre las islas Senkaku (Diaoyu), en el mar de China oriental, precisando que los territorios inhabitados, administrados por Japón y reclamados por China, son parte del perímetro de defensa del tratado de seguridad americano-japonés. En ambos casos, Obama provocó la ira china. En el primer caso, Pekín lamentó que "la administración Aquino haya mostrado claramente su intención de confrontar a China con el apoyo estadunidense" y, en el segundo, denunció un trato "que data de la guerra fría" utilizado para afectar los "interés fundamentales" de China.

Ni en el caso de las Senkaku ni en los otros contenciosos territoriales en el área —que implican a Vietnam, Malasia, Taiwán y el sultanato de Brunéi—, Washington nunca tomó una posición sobre la soberanía de las zonas en cuestión. Pero insiste en la necesidad de garantizar "las libertades de navegación".

China tampoco mostró satisfacción por el aval de Obama a la ambición del premier japonés, Shinzo Abe, de reinterpretar las disposiciones constitucionales a fin de que el archipiélago pueda participar en un sistema de defensa colectiva, permitiendo a las fuerzas japonesas de apoyar, en primer lugar, a su aliado de EU. Una evolución percibida por Pekín como un reforzamiento de la política de contención de China.

El resultado menos concluyente de la gira fue la ausencia de apaciguamiento en las relaciones entre sus aliados surcoreano y japonés. Guardando silencio, cuando estaba en Japón, sobre el negacionismo mostrado por Abe, el cual irrita a EU, Obama abrió una pica después en Seúl al declarar que la suerte de las "mujeres de consuelo" —200 mil asiáticas, en su mayoría coreanas, fueron obligadas a prostituirse por el ejército imperial— "fue una violación terrible y monumental de los derechos humanos": "Las mujeres vieron sus derechos pisoteados de manera chocante, incluso en un contexto de guerra", dijo.

Expresiones fuertes que suscitaron una reacción de Tokio, que considera que "el asunto no debía ser un tema político o diplomático". Para Tokio, la política y los asuntos de seguridad deben ser disociados de la historia. Pero no es así como los entienden sus vecinos ni tampoco su aliado estadunidense.