De guerra y poesía

El Santo Oficio.
Niños palestinos en la Franja de Gaza.
Niños palestinos en la Franja de Gaza. (EFE)

Ciudad de México

De niño, al cartujo le gustaban las películas bélicas. Nada tan emocionante para él como una buena dosis de cañonazos, de batallas aéreas, de soldados dispuestos al sacrificio por sus ideales y el honor de la patria. Odiaba a los nazis y admiraba a los estadunidenses, siempre nobles y valientes. Eran los buenos, dispuestos a todo para salvar al mundo. A veces, en la penumbra de las inmensas salas de aquella época, los aplausos rubricaban las hazañas de sus héroes. La inocencia aún era posible y —con la noche encima— él salía del cine con una sonrisa y la emoción a flor de piel.

Nada sabía del horror de la guerra. En la tele de una vecina, por veinte centavos, cada semana veía Combate, legendario programa protagonizado por Vic Morrow; le entusiasmaban las aventuras del grupo de soldados comandados por el sargento Saunders (Kirby, Caje, Little John, Doc) deambulando por la campiña francesa controlada por los alemanes. Quería ser como ellos —como Saunders, sobre todo— y por eso jugaba a las guerritas, con sus pistolas y ametralladoras de plástico y cara de pocos amigos.

Con los años le llegaron los guamazos de la realidad: las protestas de los jóvenes contra la guerra de Vietnam, las noticias de los periódicos, las imágenes atroces en las revistas, los relatos increíbles de crueldad humana. Una tras otra se fueron sucediendo nuevas guerras en distintas partes del mundo y él comenzó a verlas, primero con sospecha y luego con repudio. Guarda buenos recuerdos de algunas películas bélicas, pero ya no soporta el maniqueísmo de muchas otras ni la perenne justificación de matanzas en nombre de la paz, la libertad o la justicia, como ha ocurrido desde hace tantos años en la Franja de Gaza.

En un periódico leyó hace poco el diálogo entre el reportero Jesse Rosenfeld y la niña Yasmine al Attar, quien vive en Gaza y tiene 10 años.

—¿Qué quieres ser de grande? —le preguntó Rosenfeld. La respuesta nos deja sin aliento: “No sé si viviré”.

La guerra no es cosa de juego, piensa el pusilánime monje mientras observa en la pantalla los efectos de los bombardeos de la aviación israelí sobre esa franja de 360 km2: casas destruidas, cadáveres regados por todas partes, llanto de los deudos, peregrinar de los sobrevivientes.

En medio de la intolerancia y la barbarie, encuentra un libro donde algunos poetas palestinos expresan el amor por la tierra donde nacieron, la indignación contra la solapada indiferencia de los organismos internacionales, la voluntad de no ceder ante los embates de un país víctima de la desmemoria. En uno de ellos, Fadwa Tuqán dice: “Me basta con morir encima de ella,/ con enterrarme en ella;/ bajo su tierra fértil disolverme, acabar,/ y brotar hecha yerba de su suelo;/ hecha flor, con la que juegue/ la mano de algún niño crecido en mi país,/ Me basta con seguir en el regazo de la tierra:/ polvo, azahar y yerba.”

Queridos cinco lectores, con el débil parpadeo de una tregua “humanitaria”, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.