Fidel y la mayor crisis de Cuba: el “periodo especial”

La desaparición de la URSS supuso para la isla un golpe durísimo que dejó una reducción de 35% del PIB en cuatro años y decreció las importaciones a mil 500 mdd anuales.
Fidel Castro, en una plantación de azúcar, el 14 de abril de 1966.
Fidel Castro, en una plantación de azúcar, el 14 de abril de 1966. (Roberto Salas)

La Habana

La abuela gritó “¡El desayuno!” y la familia Ballester fue al encuentro de una mesa apenas cubierta por cuatro tacitas con infusiones de cáscaras de naranja agria. Comenzaba para los cubanos lo que Fidel Castro definió con el eufemismo de “Periodo especial en tiempo de paz”, la mayor crisis vivida por la nación en el siglo XX, cuyos efectos siguen vigentes hoy.

A mediados de 1989, Castro tuvo otra de sus premoniciones políticas y la contó a sus compatriotas. “Podemos despertarnos un día” y conocer que la Unión Soviética desapareció”, dijo, y poco tiempo después se confirmó el augurio.

De la noche a la mañana, Cuba, que seguía bloqueada por Estados Unidos, perdió todo el suministro de petróleo que le garantizaba Moscú a precios preferenciales. Se esfumaron además el seguro mercado soviético a sus exportaciones de azúcar y la fuente priorizada para la mayor parte de sus importaciones de alimentos.

“Desapareció 35% del producto interno bruto en cuatro años, las importaciones decrecieron de ocho mil 500 millones de dólares anuales a mil 500”, según balance oficial. Las fábricas pararon, la leche que solo alcanzaba para ancianos y niños de corta edad se agrió por los cortes de electricidad de hasta 16 horas diarias y en Miami, la llamada capital del exilio anticastrista, a la carrera, comenzaron a hacerse las maletas con vistas a un regreso triunfal e inminente.

El primer impacto de la crisis fue en la barriga de la gente e inmediatamente después en su espíritu. Se soñaba con comida, en un país que ni en sus perores momentos de siglos pasados conoció las hambrunas congénitas que todavía se registran en muchos continentes como África. La ingestión de calorías cayó de más de 3 mil a menos de dos mil al día.

Dinero en mano se iba hasta la lejana Indonesia “a comprar, en buena oferta, arroz y jabón de tocador”, rememoró el entonces embajador cubano en ese remoto país, Jorge Cubiles. Los buques petroleros que tocaban puerto no descargaban hasta tener el billete verde en sus manos, y líderes del gobierno, como el entonces vicepresidente Carlos Lage —destituido años después—, tuvieron que ir en bicicleta al Palacio de la Revolución.

La vida económica colapsó, pero aun en esas condiciones el accionar interno de la oposición al gobierno fue imperceptible. La gente parecía cansada de la política. Los optimistas hablaban de que “en cinco años nos recuperaremos”, pero los desencantados no esperaron ni cinco, ni 10, ni 20 años. “Esto se acabó, hay que irse pa’l carajo”, era el criterio generalizado por esa época, todavía vigente entre los más jóvenes isleños.

No obstante, la mayoría de los cubanos resistió el embate y comenzó a suspirar cuando las primeras reformas con categoría de mercado se pusieran en marcha tras la aprobación de Castro. La crisis alcanzó sus momentos más estremecedores entre 1989 y 1994, cuando arrancaron los cambios, concebidos como “un mal menor” para “salvar la revolución y las conquistas del socialismo”.

Circuló libremente el dólar estadunidense, cuya tenencia hasta ese momento era penada con cárcel; se dio luz verde a la recepción de remesas monetarias; se abrió la economía al capital extranjero; se intensificó el turismo internacional; se repartieron entre campesinos tierras estatales improductivas; se permitió el trabajo por cuenta propia en el sector de los servicios, y poco a poco comenzó a recuperarse el tiempo perdido.

Fue una etapa en la que Castro hablaba en público muy pocas veces, el vicepresidente Lage lo sustituía en el anuncio de las malas y las buenas nuevas, al tiempo que en el país se agudizaban las diferencias sociales entre una minoría con acceso al dólar y una mayoría que tenía que resignarse a su suerte estrecha o irse del país en busca de un sueño.

Surgieron categorías de personas nunca antes conocidas. Un cargador de maletas en cualquier hotel, por el acceso a la propina en dólares, ganaba más que un cirujano especializado en corazones; los vendedores de carne de cerdo se transformaron en magnates; y ser gerente en una empresa estatal asociada a capital extranjero era el trampolín para saltar a la élite social que iba cobrando fuerza.

Nadie sabe en Cuba cuándo se dio por terminada la crisis de 1989, aunque en el año 2002 Fidel le puso freno a las reformas. Hay sociólogos como Aurelio Alonso, premio Nacional de Ciencias Sociales en 2013, para quien la crisis sigue latente. No obstante, lo que sí resulta obvio, hasta en la evaluación oficial de la etapa transcurrida, es que su mayor impacto fue en la conciencia social y en la desidia ciudadana que se adueñó de la nación desde esa década.