El juicio contra Rousseff marca el fin de una era

Las maniobras jurídicas que llevaron a la suspensión de la mandataria no hacen honor a una clase política ampliamente desacreditada, cuando además no será juzgada por un “crimen”, como obligaría ...
Dilma Rousseff denunció un “golpe” del partido PSDB.
Dilma Rousseff denunció un “golpe” del partido PSDB. (Ueslei Marcelino | Reuters)

París

Una época se acaba en Brasil, y de la peor manera posible. No es algo anecdótico. Con más de 200 millones de habitantes, Brasil no es solo el país faro de América Latina. Su producto interno bruto, que debe figurar en el séptimo rango de la clasificación mundial, lo hace también una de las grandes economías emergentes más prometedoras. A esto hay que añadir que Río de Janeiro, una de sus ciudades más dinámicas, debe acoger los Juegos Olímpicos dentro de tres meses.

Reelegida trabajosamente en 2014, la primera mujer presidenta del país, Dilma Rousseff, vio su segundo mandato brutalmente interrumpido el 12 de mayo como resultado de maniobras que no hacen honor a una clase política brasileña ampliamente desacreditada. Oficialmente, Rousseff fue "suspendida" seis meses —tras el voto de 55 senadores sobre 81, la noche del miércoles al jueves—, tiempo durante el cual será juzgada por el Senado en un proceso con fines de "destitución".

Como es factible que eso ocurra, Rousseff dejará la presidencia dos años y medio antes del fin de su mandato. No será juzgada por un crimen, sino por haber amañando su presentación de la Ley de finanzas. En resumen, quiso ocultar la importancia del déficit fiscal del Estado —conocemos en Europa ciertos países donde esta tentación, si no esta práctica, es tan familiar.

En realidad, este triste asunto es la última manifestación de un enorme malestar causado por el comportamiento de una clase política ampliamente corrupta, tanto en la derecha como en la izquierda. Con no menos de una treintena de partidos representados en el Congreso —lo que obliga a la izquierda y también a la derecha a gobernar con alianzas al menos de bancada—, es el sistema político brasileño en su conjunto el que parece agotado.

La salida de Rousseff marca el fin de 13 años de poder ejercido por la centroizquierda, el Partido de los Trabajadores (PT) creado por el presidente Lula da Silva (2003-2010) a quien Brasil le debe sin duda mucho, en especial los brasileños más pobres. Rousseff no pudo o no supo combinar una política socialdemócrata con la rectificación de las cuentas públicas tanto o más necesario dado que el país atraviesa una crisis económica profunda por el hundimiento de los precios de las materias primas, por lo que al malestar político se añade una fuerte crisis económica. El país atraviesa la peor recesión desde hace un siglo: las inversiones están en punto muerto y el consumo estancado. La confianza de los inversionistas y los consumidores parece fuertemente afectada, sumado a infraestructuras a menudo inadecuadas.

Miembro del centro-derecha, ex aliado de Rousseff y líder del Partido del Movimiento Democrático Brasileño —también tocado por los escándalos de corrupción—, el vicepresidente, Michel Temer, de 75 años, asumió la presidencia hasta 2018. Su tarea es pesada. Prometió dejar que la Justicia siga su curso, restablecer la confianza de los agentes económicos y enderezar las cuentas sin aumentar la recesión. Gobernará con una mayoría donde derecha e izquierda están representadas y con un equipo de tecnócratas. Falta saber si tendrá el talento requerido para restablecer lo que Brasil más necesita: la confianza en sus líderes.