La crisis de los misiles y la amenaza de guerra nuclear

El 22 de octubre de 1962 el mundo se enfrentró a un riesgo real de confrontación atómica entre Jruschov en Rusia y John F. Kennedy en EU, en su disputa por Cuba.
Fidel y Nikita Jruschov en Moscú, el 1 de mayo de 1963.
Fidel y Nikita Jruschov en Moscú, el 1 de mayo de 1963. (AP)

La Habana

Con el llamado “¡A las armas cubanos!”, repetido una y otra vez por radioemisoras locales de alcance nacional amanecieron los isleños el 22 de octubre de 1962, año y medio después de que Fidel Castro hiciera una apelación similar para enfrentar y derrotar una invasión de exiliados por Bahía de Cochinos.

Solo que esta vez la convocatoria tenía un matiz más dramático. Había comenzado, sin aviso previo, la llamada “crisis de los cohetes nucleares”, teniendo a Cuba como blanco y al presidente John F. Kennedy y al primer ministro ruso Nikita Jruschov con sus respectivos dedos índices en cada disparador atómico desde Washington y Moscú.

El resto de la humanidad despertó también aquella mañana de octubre incrédula y espantada por lo que estaba ocurriendo en la mayor isla del Caribe. Nunca antes, desde que los estadunidenses dispararon sus bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en los finales de la Segunda Guerra Mundial, el planeta se había visto abocado a una confrontación nuclear entre las dos superpotencias de la época, capaces de convertir a Cuba en polvo radioactivo en menos tiempo del que se necesita para rezar un padre nuestro.

En secreto, Castro y Jruschov desplegaban en el país cohetes tácticos de alcance medio, aun sin sus cabezas nucleares, como “forma de disuadir” a los estadunidenses de que no lanzaran otro ataque convencional contra la isla como hicieron por Bahía de Cochinos. O al menos ese era el punto de vista de Castro en tanto los rusos, en la práctica, aprovechaban la circunstancia para aproximar su poderío  nuclear a tierra enemiga. Era otra maniobra en el volátil ajedrez de la guerra fría, donde cada una de las partes tenía aspiraciones propias.

El líder cubano había solicitado que el despliegue de cohetes se hiciera público porque la isla tenía “derecho a defenderse” de la principal superpotencia mundial, pero el gobernante soviético actuó a la sombra.

Los servicios secretos de Kennedy descubrieron los desplazamientos y el presidente de EU ordenó que sus fuerzas de aire y mar rodearan la isla, al tiempo que exigió a Moscú la retirada del “armamento ofensivo”, sin recibir la esperada aceptación soviética. Los barcos rusos con sus cargas prosiguieron rumbo al Caribe y el 27 de octubre, mientras la tensión entre todas las partes se convertía en protagonista, un avión norteamericano de reconocimiento del tipo U2 fue derribado por baterías antiaéreas en el occidente de Cuba.

“Fue un momento del carajo, suponíamos que la guerra iba a comenzar y aunque usted lo dude, estábamos dispuestos a que nos borraran del mapa, pero tirando tiros, luchando”, evoca Juan Quintana, hoy septuagenario.

No obstante, la crisis finalmente comenzó a desvanecerse cuando Jruschov, sin consultar a Castro, aceptó el ultimátum de Kennedy a cambio de un compromiso verbal de que EU no volvería a enrolarse en un ataque a la isla. La ONU anunció que enviaría tropas para confirmar la retirada del armamento soviético y Fidel rechazó al momento la propuesta, al tiempo que cubanos de todos los colores, edades y profesiones se mantenían sobre las armas desde los jardines del monumental Hotel Nacional de La Habana, hasta las sierras y las ciénagas.

“En zafarrancho de combate” tendrán que desembarcar los cascos azules de la ONU, dijo Castro, quien se dispuso a hacer un profundo replanteo de su alianza con Moscú, al punto de que a partir de aquel episodio la defensa del país jamás volvió a tomar en cuenta “ninguna ayuda extranjera” en caso de agresión.

El Che Guevara diría mucho después, cuando ya estaba en sus trajines conspirativos para alzarse en armas en Bolivia, que “nunca antes había brillado tanto un estadista” como en su opinión resplandeció en aquellos momentos Fidel Castro para mantener la soberanía del país.

En rigor, las palabras del Che habían sido dichas al calor de la crisis nuclear en un artículo publicado hasta después de su muerte. Ahí, el guerrillero argentino cuestionó con gran dureza al mando ruso: “Es el ejemplo escalofriante de un pueblo que está dispuesto a inmolarse atómicamente para que sus cenizas sirvan de cimiento a sociedades nuevas y que cuando se hace, sin consultarlo, un pacto por el cual se retiran los cohetes atómicos, no suspira de alivio, no da gracias por la tregua; salta a la palestra para dar su voz propia y única, su posición combatiente, propia y única, y más lejos, su decisión de lucha aunque fuera solo”.

Desde entonces se adoptó la táctica vietnamita de “guerra de todo el pueblo”, consistente en poner sobre las armas, en caso de una agresión, a todos los hombres y mujeres dispuestos a luchar, más que en una clásica guerra de posiciones en el combate de guerrillas.