La crisis en Irak, el fin de EU como hiperpotencia

La autora, experta en relaciones internacionales, se suma al debate sobre lo que implica para el mundo y para el país hasta hace poco ocupado la insurrección de los yijadistas.
30 de marzo de 2003: soldados británicos llegan a Basora, Irak.
30 de marzo de 2003: soldados británicos llegan a Basora, Irak. (Terry Richards/Reuters)

París

Un muro que se derrumba, pozos de petróleo que se incendian, torres que se hunden, un dictador colgado, los hechos internacionales se reducen a algunos momentos, reflejo de una memoria que debe ser selectiva en medio del cúmulo de informaciones, ayudada en su trabajo de clasificación por el peso de las emociones. Más que cualquier otra región, Oriente Medio, y dentro de ella Irak, encuentra un lugar de primer plano en esta construcción del mundo contemporáneo. Caso emblemático, Irak atraviesa en estos días nuevas pruebas que exponen, o confirman, los límites de la hegemonía estadunidense, luego de que una serie de decisiones hicieran del pueblo iraquí la primera víctima: embargo, bombardeos, intervención apoyada en aliados escogidos, tortura de los prisioneros.

A la ausencia de legitimidad de Estados Unidos, se añade un cuestionamiento creciente a la misma dominación. Y si la presidencia de Bush hijo [2001-2009, N. del T.] mostró los límites de las capacidades de Estados Unidos en Afganistán y en Irak [invadidos respectivamente en 2001 y 2003], la de Barack Obama muestra una ausencia de voluntad. Ya no se trata de una potencia susceptible de actuar al nivel mundial, incluso en un conflicto en el cual el país carga con una inmensa parte de responsabilidad. El presidente de EU prefiere por el momento señalar los yerros de la política del primer ministro iraquí.

Tampoco se trata de lamentar esta reticencia a intervenir, sino más bien de constatar que la potencia se encuentra privada de su pivote constitutivo: capacidad y voluntad.

Y como si esta constatación no bastara, he aquí que los “vándalos”, los “fallidos”, todos los “enemigos” de EU han demostrado ser ineludibles. La fuerza de los actores, convertidos en profesionales de la repulsa al “nuevo orden mundial” está en que han comprendido mejor que sus adversarios la nueva naturaleza del sistema internacional.

La mundialización reforzó la interdependencia y desde entonces el fuerte, el poderoso, el actor que dispone de los recursos económicos y militares, se encuentra impedido de desplegar sus capacidades de control en el ámbito internacional por el débil, el excluido, el damnificado. Una hiperexposición del dominado convertido en el blanco privilegiado de todas las formas de protesta.

Mientras que el fin de la guerra fría (1991) invitó a pensar en la unipolaridad, la crisis que atraviesa Irak confirma que no hay nada de eso. No hay un polo en el sentido de un líder atractivo, tampoco de muchos. Hay una centralidad de Estados Unidos en la estructuración de lo internacional.

¿Y qué con Francia? Su diplomacia es invisible en Oriente Medio, mientras que su intervencionismo se perpetúa en África. La declaración del canciller Laurent Fabius sobre Irak añade pasividad e incoherencia a la posición de Obama. La política árabe concluyó desde la presidencia de Jacques Chirac [1995-2007] y, con ella, la existencia de una voz discordante, en particular en el conflicto israelo-palestino, nudo gordiano regional.

La estrategia de diferenciación sobre Irak no sobrevivió al votar los líderes franceses en la ONU desde mayo de 2003 (resolución 1483), lo que ellos mismos habían combatido en marzo del mismo año, es decir, la legitimación de la presencia de la coalición militar en Irak conducida por EU.

Sin embargo, la configuración del sistema internacional descrito ofrece a la diplomacia francesa un margen de maniobra. El asiento de miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas invita a lanzar una acción multilateral, ya que la crisis iraquí muestra un carácter extranjero, lo que debe servir para convertir la acción en oportunidad: ella reúne del mismo lado a los actores más heterogéneos como Irak, Irán, Siria, los kurdos, Turquía, EU, Europa y Rusia.

En un contexto europeo marcado por la ausencia de solidaridad, el gobierno francés ganaría si busca remediar su disfuncionamiento actuando por Oriente Medio. Junto a la activación ya descrita de la ONU en Irak, el Elíseo podría encontrar el sentido primero del proyecto europeo al mismo tiempo que el del programa de Francois Hollande como candidato socialista, revisando su política de acogida de refugiados. Esto permitirá proponer una acción concreta superando la simple retórica autocomplaciente en torno de la “patria de los derechos humanos”, trabajar de común acuerdo con Alemania que ya asumió fuertes compromisos respecto de los refugiados sirios, y asumir una parte, ciertamente mínima teniendo en cuenta los desafíos, pero una parte al menos de sus responsabilidades.