El conflicto en Ucrania, lejos de una nueva "guerra fría" /II

Moscú parece soñar con su versión de la doctrina Monroe, aplicada a escala mundial, para dominar "el vecindario".
Manifestantes anti-Putin ayer en la plaza Poznan, Polonia.
Manifestantes anti-Putin ayer en la plaza Poznan, Polonia. (Jakub Kaczmarczyk/EFE)

París

A pesar de lo que se pueda pensar, no hay un cinismo calculador en la posición del presidente ruso Valdimir Putin frente a Ucrania y la Unión Europea. La paranoia es real. Que Polonia se alíe con Estados Unidos es insoportable para Putin, pero la ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha suscitado la desconfianza de gran parte de la élite rusa.

Para Moscú, los sistemas antimisiles de la OTAN están dirigidos contra Rusia a pesar de sus limitaciones técnicas, ya que han sido desplegados en pequeño número y no pueden probablemente interceptar los misiles intercontinentales rusos.

También, el apoyo estadunidense a las organizaciones que defienden los derechos humanos es percibido por Moscú como parte de un plan dirigido a debilitar a Rusia. Ocurre lo mismo ante la menor toma de postura de Estados Unidos en la crisis ucraniana, aun si la administración del presidente Barack Obama se haya cuidado de no echar leña al fuego.

Pero la presencia del senador John McCain en la plaza de la Independencia (Maidán) en Kiev, en diciembre de 2013, sería para Moscú la prueba de un siniestro complot estadunidense.

Los escritos del sabio Zbigniew Brzezinski (1928, geoestratega polaco-americano, que fue consejero de Seguridad Nacional del presidente James Carter, N. del T), autor del libro El gran tablero mundial, darían cuenta de una estrategia destinada a destruir a la potencia rusa. ¡Poco importa si Brzezinski haya propuesta en estos días que Ucrania tome el modelo de la neutral Finlandia!

La incomprensión también existe: se estima con frecuencia, en la capital rusa, que Washington estaría interesado en luchar contra los extremistas sirios, y se quedan perplejos ante las sutiles distinciones que se hacen en los países occidentales entre islamistas y yijadistas.

Pero Rusia tiene de entrada y antes que nada un proyecto político muy claro. También quiere poder opinar sobre las decisiones de la OTAN. De hecho, si un paradigma histórico debe ser identificado, este sería el condominio americano-soviético de la guerra fría propiamente dicha, tal como existía en los años 1950.

El éxito logrado recientemente por Moscú sobre el desarme químico de Siria, ilustra esto a la perfección.

Las negociaciones con Washington sobre la reducción de las armas nucleares son otra ocasión para intentar mantener o recuperar una paridad perdida con Estados Unidos. Y Rusia no protestaría por luchar contra la amenaza yijadista en asociación con Estados Unidos.

Pero todo esto a condición de que cada uno siga dominando en su casa, respetando el derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos.

Como Pekín, Moscú parece soñar con una nueva doctrina Monroe a escala mundial, según la cual cada gran potencia pueda dominar a su propio vecindario. Es así como hay que comprender la serie de vetos interpuestos en las Naciones Unidas  por Rusia y China a propósito de Siria.

La imagen de la nueva guerra fría es peligrosa: acreditar la idea según la cual estamos reviviendo una época superada, es entrar en el juego de Putin.