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[SEMÁFORO]
Donald Trump
Donald Trump (Reuters)

Pasado el ruido no dejo de hallar memes, enojos y espumarajos contra Donald Trump. Algo muy hondo tocó su imbecilidad y, aunque pocas cosas me llaman menos la atención que ese señor, me intriga el modo en que un clown se convierte en la opinión política más viva para la susceptibilidad de muchos. Primero: estos muchos que digo son —o imaginamos que son— muchos sujetos sin suerte, sin poder, sin dinero. Eso que llaman "losers". Y en defensa de los losers se yerguen los que desdicen la condición perdedora de los latinos. Carlos Slim y Antonio Banderas y una parvada de misses universales le responden a Trump. Con ello, lejos de refutar al tonto, convierten una opinión idiota en un asunto público, moral y político. Hubiera sido mejor dejarlo chiflando en la loma. Pero estamos en el callejón oscuro de las democracias y, ni modo, hay que lidiar con esa parodia del hombre ilustrado.

Debajo de aquella vulgaridad adinerada habita un problema mucho más serio. Y debiéramos agradecer a Trump que lo evidencie con su caricatura. La democracia es un reinvento ilustrado. Cuando Kant dijo: "Ten el valor de servirte de tu propia inteligencia" (quizás el punto definitorio de la Ilustración) supone que todo ser humano tiene la obligación de ser libre y de responder como individuo y, en las cosas públicas, como adulto. La verdad no depende de quién la diga sino de su coherencia lógica. No importa quién hable si muestra argumentos correctos. La democracia es una apuesta ilustrada, y Estados Unidos nació de esa racionalidad capaz de cundir porque la verdad es común y no tiene dueño.

Pero este bastión es gemelo de lo más despreciable en un ser humano. El ilustrado entiende, piensa, critica y construye verdades según una razón que no le pertenece; su reverso, su espectro negativo, cree que el sujeto de la oración valida el complemento y, cuando dice "yo opino" salta a suponer que eso que llama "mi verdad" es, en efecto, verdad. El ilustrado sabe que su opinión depende de la verdad; el otro, lo contrario. Originalmente, el vocablo "yankee" designaba a alguien franco y claro en la comunicación de sus pensamientos. Incluso José Martí utilizaba el vocablo en este sentido. Pronto, el adjetivo se llenó de la necedad que mueve a quien no puede comprender nada que no surja de su opinión personalísima.

Este sujeto, sin embargo, no es solo el estadunidense. Abunda en el mundo. Ortega y Gasset lo llama "hombre masa" (aquel que encuentra dentro de sí un repertorio de ideas, que nunca se puso a pensar, y decide que está completo).

No podrían ser equivalentes dos sujetos cuando uno halla la validez de sus opiniones en la racionalidad general y, el otro, en que sus opiniones son personales y propias. El espectro negativo del ilustrado es el iluso que se basta a sí mismo. El reverso de Donald Trump son los padres fundadores: Jefferson, Adams, Hamilton... Pero, además de contrarios, Trump tiene su gemelo en negativo, su par pobre: El rey de José Alfredo Jiménez, borrachín que hace siempre lo que quiere; cree que su palabra es ley, aunque nadie lo comprenda, y sigue siendo el rey, hasta en una democracia. Ese mexicano es Trump región 4.