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Miércoles , 26.09.2018 / 10:44 Hoy

Celebra Túnez con tensión siete años de ‘primavera’ árabe

“Tenemos más libertad pero también más hambre”, reclama una población que apostó por el cambio.

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Túnez celebró en un clima de tensión social el séptimo aniversario de su revolución, punto de partida de la llamada primavera árabe, golpeado por medidas de austeridad y los persistentes problemas de pobreza, desempleo y corrupción que desencadenaron la caída de la dictadura. La revolución tunecina comenzó el 17 de diciembre de 2010 en Sidi Buzid, una ciudad del interior, cuando un vendedor ambulante se prendió fuego contra el abuso policial.

Así empezó un movimiento de protesta que terminó en disturbios en todo el país —y en Egipto, Libia y Siria— hasta provocar la caída del dictador Zine al Abidine Ben Ali, el 14 de enero de 2011.

Ayer, cientos de personas se manifestaron en la avenida Burguiba en el centro de Túnez, lugar emblemático del inicio de la rebelión convocados por partidos políticos y sindicatos a fin de recordar la caída del dictador que estuvo 23 años en el poder.

Los miembros del colectivo ciudadano Manich Msamá (No perdonaré) desfilaron con imágenes de los “mártires” de la revolución. También, los jóvenes se manifestaron contra el desempleo y miembros del partido islamista Ennahdá arengaron desde una tarima que estuvo bajo estrechas medidas de seguridad.

El ambiente está dominado por un descontento social que se ha vuelto persistente en este país de poco más de 11 millones de personas. Siete años después de la caída de Ben Ali, que vive en el exilio en Arabia Saudita, muchos tunecinos creen que han ganado mayor libertad pero han perdido nivel de vida.

Pese al relativo éxito de su transición democrática, Túnez no logra liberarse del estancamiento. La semana pasada se produjeron manifestaciones pacíficas y también disturbios nocturnos que sacudieron varias ciudades.

El malestar general frente a una tasa de desempleo estimada en 15 por ciento según datos oficiales, se exacerbó con el anuncio de un alza de impuestos en el presupuesto de 2018, lo que atenta contra el poder adquisitivo de la clase trabajadora que lidia con una inflación que cerró 2017 en más de 6 por ciento.

“Hace siete años que esperamos sin que nada cambie. Obtuvimos la libertad, es verdad, pero estamos más hambrientos que antes”, lamentó Walid, un desempleado de 38 años en Teburba, la ciudad en la que empezó la reciente ola de protestas que también reclaman una lucha más eficaz contra la corrupción y una reciente ley económica.

Esa ley “destruye el poder de compra de la mayoría de los tunecinos y sirve a los intereses de corruptos y saqueadores”, dijo Hama Hamami, vocero del Frente Popular. Esta coalición de partidos de izquierda fue acusada por el jefe de gobierno Yusef Shahed de aupar las protestas y disturbios de los últimos días, en los cuales se detuvieron a más de 800 personas, según el ministro del Interior.

Para la politóloga tunecina Olfa Lamlum, “estas movilizaciones revelan la ira, impulsada por los mismos que se movilizaron en 2011 y no obtuvieron nada como derechos económicos y sociales”.

Pero en medio de la dificultades, Túnez obtuvo un préstamo de 2 mil 400 millones de euros en cuatro años de parte del Fondo Monetario Internacional (FMI), a cambio de reducir su déficit público y aplicar impopulares reformas económicas.

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