Los cazanieblas del desierto de Atacama

Todo comenzó con labruma helada conocida aquí como “camanchaca” y la necesidad de obtener agua deese fenómeno; luego de años se logró decantar el líquido y alentar eldesarrollo de poblados antes ...

Antofagasta, Chile

Llega sin avisar y ha traicionado a más de uno. A veces mata. Los indígenas aymaras del desierto de Atacama, el más árido del planeta, la llaman “camanchaca”, oscuridad, porque confunde y hace perder la orientación en medio de uno de los paisajes más áridos y agrestes del mundo. Carlos Alberto Espinosa tenía siete años cuando la conoció por primera vez y no lo olvida. “Estuve de visita en casa de unos familiares en la oficina salitrera María Elena, en el norte de Chile, a mil metros de altura. Y allí estaba la camanchaca cuando nos levantamos en la mañana. Creíamos que era algodón y salimos a jugar a atraparla hasta que llegó el sol y desapareció.” Hoy ese profesor alto, frágil y de pelo canoso tiene 90 años y dificultades para desplazarse en su diminuta casa en la ciudad costera de Antofagasta. Pero todavía le brillan los ojos cuando habla de esa espesa neblina que se forma de noche en las zonas desérticas cercanas a la costa del Océano Pacífico Sur, una tierra yerma y desolada que se extiende desde el mar hasta el pie de los Andes. Dos décadas después de aquella experiencia infantil, Espinosa era profesor de física experimental en la Universidad de Chile. El juego de niños se había convertido en obsesión científica. Se preguntaba: ¿Cómo copiar a los insectos y las plantas que logran captar la niebla para sobrevivir en el desierto?

“Siempre supimos que aquí en este cerro se formaba niebla, pero no tenía importancia para nosotros. Solo subíamos a cortar leña y a pastorear el ganado”, cuenta Daniel Rojas, el pelo gris alborotado por el viento y fundido en una espesa chamarra negra. Muestra el Cerro Grande, más bien, lo poco que la camanchaca deja ver de él: algunos arbustos, cactus y mucha piedra. Rojas es agricultor y presidente municipal de Peña Blanca, un caserío de 85 habitantes al sur del puerto pesquero Coquimbo. Asumió su cargo en el año 2000. “Fue el último año que cultivamos tres mil hectáreas de trigo aquí”, recuerda con tristeza. Después vino el tratado de libre comercio con Estados Unidos y la desertificación avanzaba a tal ritmo, que ya no era rentable cultivar trigo en medio del desierto. Peña Blanca iba a correr el mismo destino que muchas comunidades rurales de Chile: la desaparición.

Por allá de los años cincuenta, Espinosa finalmente encontró la respuesta en una telaraña, combinada con un invento novedoso de la época: el hilo de nailon hecho con un derivado del petróleo. “Construimos unas mallas finas, parecidas a las telarañas, para condensar el agua de la niebla, para que caiga por la gravedad en unas canaletas. La ventaja del nailon era que no contaminaba el agua como sí lo hacían las mallas metálicas con las que habíamos experimentado anteriormente.” En 1956, Antofagasta sufrió una gran sequía que la dejó sin agua potable durante semanas. Espinosa fue uno de los que se desplazaron hasta allá en busca de soluciones. Con la ayuda de un jesuita uruguayo y un ingeniero, instaló un primer atrapanieblas en forma de panel. El invento no resolvió el problema —la cantidad extraída era poca, el viento derrumbaba la construcción y la mayor parte se perdía— pero dejó a Espinosa entusiasmado porque demostró que su teoría podía funcionar. De allí en adelante, el desafío fue perfeccionar el modelo y encontrar quién lo financiara. Su empeño convirtió a Chile en pionero de esa tecnología.

Pero la ciencia es cara, el sueño parecía descabellado y las cuentas no cerraban. “Buscamos un material más barato y encontramos la malla Raschel, de polietileno, que se usa para tapar construcciones o en los viveros, y la colocamos entre dos palos de madera”, cuenta la geógrafa Pilar Cereceda, directora del Centro del Desierto de Atacama, quien se unió unos años más tarde al equipo de los caza nieblas y le inyectó una fuerte dosis de pragmatismo. El costo de esa malla se amortiza en dos años con el agua recolectada, pero como la camanchaca solamente aparece en las zonas inhóspitas de la cordillera, arriba de los 600 metros, resultaba caro instalar tuberías para llevar el agua a las comunidades más cercanas.

Buscando un lugar adecuado para experimentar con nuevos artefactos, Cereceda encontró en 1992 el pueblito pesquero de Chungungo, una de esas típicas caletas de pescadores en el desierto, donde la pesca abunda pero el agua potable escasea. Durante años, sus 400 habitantes la consiguieron comprándosela a los propietarios de la mina de hierro de El Tofo, situada a 40 kilómetros, que se la enviaban mediante camiones cisterna. Cuando la mina cerró, el pueblo se empezó a vaciar. Hasta que llegaron los atrapanieblas. Instalaron unas 85 mallas con una producción mensual de 300 mil litros de agua, enseñaron a los campesinos las técnicas de cultivo para sacar adelante sus pequeños huertos con riego por goteo. Con el agua, llegó el desarrollo: muchos de los emigrantes regresaron al pueblo; y, al crecer, también llegó la luz eléctrica. Luego, el gobierno hizo planes de desarrollo industrial de la zona y, ante la resistencia de muchos vecinos, les regaló una planta para desalinizar el agua marina. Una inversión mucho más cara que los atrapanieblas, pero ante la comodidad, las mallas quedaron abandonadas.

El gobierno, muy centralizado y con una visión del desarrollo que se limita a megaproyectos y ganancias empresariales, nunca creyó en aquella idea. Pero tampoco ofrecía soluciones a comunidades como Peña Blanca, que luchaban por sobrevivir. Otra vez fue Cereceda quien se enteró y mandó a un joven estudiante, Nicolás Schneider, para averiguar la posibilidad de instalar un atrapa nieblas allí. El Cerro Grande es un lugar inhóspito, donde hasta en verano el viento es gélido y la humedad se mete en los huesos. Pero aún así, a Schneider le costó convencer a la comunidad para que dejara instalar unos atrapa-nieblas. “No es fácil para que un comunero ceda terreno que puede usar para su ganado”, se disculpa Rojas, un campesino reservado pero con visión. “Los ríos se estaban secando, el pueblo se estaba muriendo, el cerro era el único lugar donde quedaba algo de vegetación. Valía la pena intentar”, subraya. Finalmente, los comuneros cedieron 100 hectáreas para el experimento.

“Tenemos 16 paneles y cada uno da dos mil litros por año”, cuenta Schneider. El líquido se usa para reforestar el cerro y regenerar la biodiversidad que hubo alguna vez. También se instaló un centro de educación ecológica para los niños de las escuelas aledañas y se están construyendo bebederos para el ganado. Teóricamente, la cantidad se podría aumentar y usar en el riego, pero el pueblo está a siete kilómetros y no hay quien financie la tubería. El resultado más curioso, tal vez es una pequeña cervecería que se está instalando en Peña Blanca. Sus dueños son dos hermanos jóvenes con una pick-up y mucho entusiasmo. “Aparte de llamar la atención, siendo un producto regional, artesanal y ecológico, el agua de niebla contiene menos sarro y hace la cerveza más sabrosa”, explica uno de los dueños, Miguel Carcuro. Todavía la cosecha es poca y la mayoría de la producción es convencional, pero la cerveza atrapa niebla Scottish Ale ya tiene sus aficionados. Una docena de restaurantes y hoteles de la cercana zona turística de La Serena la piden asiduamente.

Más que puro capricho de marketing, es tal vez una apuesta para el futuro. “El mayor valor del agua de la niebla está en su pureza. La radiación ultravioleta tan alta en el desierto de Atacama garantiza que está libre de gérmenes mientras que nuestros mantos freáticos y nuestra atmósfera se están contaminando cada vez más”, explica Espinosa. “Debemos buscar un equilibrio con la naturaleza haciendo ciencia sustentable”.

Espinosa heredó su invento con el que se está experimentando en Perú, Ecuador, Cabo Verde, Omán, Namibia, Yemen, Haiti, Guatemala, España y en Chiapas. Cedió la patente a la UNESCO, sin recibir ningún peso a cambio. Para él, “o se es investigador o empresario. Ambas cosas no son compatibles.” ¿Algún día, el mundo dependerá de la niebla para saciar su sed? Espinosa probablemente ya no estará para verlo.