La loca fantasía del Carnaval de Río

Un delirante recorrido por el festejo más famoso de Brasil, incluyendo disfraz y baile, canciones, trasnochada y el desfile en carro alegórico junto a integrantes de la escuela Grande Río.

Río de Janeiro

Entre la samba, el lujo y la basura, Río de Janeiro olía a nostalgia, belleza exacerbada, gasolina, orines y cerveza. Todo en medio de un calor de 35 grados en promedio, una sensación térmica de 42 y una humedad que va del 90 a casi 100 por ciento.

Esta fue la panorámica general con la que la Cidade Maravilhosa me recibió sin regateo alguno. Sus calles, habitantes, avenidas, edificios, monumentos, plazas y playas se preparaban para un acontecimiento cuya fama ha rebasado las fronteras amazónicas y ha tomado al mundo entero: el Carnaval de Río.

“O jogo començou, sou eu que dou as cartas na avenida. E nessa disputa de poder, eu não quero saber, vou jogar para vencer…”, reza el estribillo de la canción que tuve que aprenderme para participar en una escola de samba, la Grande Río, que fue la última en recorrer, la madrugada del domingo 15 de febrero, la avenida Sapucaí, el tramo de calle que, justo en esas fechas, se convierte en el monumental Sambódromo.

El peso del reto se dejó sentir desde el momento en que me enteré que las escuelas de samba invierten hasta cinco millones de dólares para organizar sus desfiles, y que fueron aproximadamente 20 millones los destinados a la última remodelación del lugar, para ampliar su capacidad a casi 73 mil personas. Además, en cada “fantasía” (atavío carnavalesco) de los casi cinco mil participantes, se gastaron unos 500 dólares aproximadamente. Deshacerse por unos días de la realidad cotidiana era una suerte que ya estaba echada.

La vida en el país sudamericano es así, un interminable juego en donde uno siempre quiere ser el que reparta las cartas, el que quiera jugar para ganar, el rey de ese impredecible y caótico reino, el mismo que, a pesar de todo, al final siempre da la sorpresa, pues su triunfo de mayor valor está en el sigilo, todo el tiempo debajo de la manga. No sé por qué, pero de pronto me pregunté qué cara pondría nuestro José Alfredo ante semejante y exótica versión de “El Rey”. Y es que Brasil, en efecto, da la sensación de estar en todo momento en la cuerda floja, todo el tiempo. Todo es un extremo, no parece haber matices.


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Quejas privadas contra el gobierno, mal humor de la gente atorada perennemente en un lento pero movido tráfico, cuerpos semidesnudos, gente cantando por la calle, con o sin tambores y silbatos, niños y jóvenes jugando futbol o montados en bicis y patinetas, señoras quejándose de los precios en los supermercados, adultos viendo televisión, comiendo, charlando a gritos o fumando en la vía pública, diciendo en todo momento “porra” (se pronuncia “poja”, y es una grosería que puede ser entendida de manera muy lépera o no tanto, algo así como un “chingada madre”, una “chingadera” o un “chingados”, dependiendo del contexto), restaurantes y cafés casi siempre llenos, gente de todas las edades haciendo ejercicio al aire libre, el infierno reflejado en el asfalto, tal era el ambiente.

El martes 10 de febrero fui a la playa de Ipanema, a la altura de Teixeira de Melo, puesto 8, con el grupo anfitrión de amigos. Ya era de noche, el mar, como el cielo, estaba negro. Charlamos y al rato una pareja se nos acercó para advertirnos sobre un par de sujetos que, justamente, se ha sentado detrás de nosotros. No tardó en suceder. Uno de ellos tomó mis cosas de la arena (una camisa sudada y un short con mi celular) y ha pegado la carrera. Fui sorprendido, pero yo también lo sorprendo al salir disparado tras de él. Comencé a gritar groserías mexicanas más fuertes que las ya mencionadas. El resto de la gente, tanto en la playa como en la costera, gritaba también. Luego me dirían que hice bien, que el griterío es como una especie de alarma, la gente ya está cansada.

La cara de angustia del pivete (ladronzuelo) se hizo más evidente cuando estaba a punto de darle alcance. Afortunadamente para él, una pareja le salió al paso y le arrebató las cosas y él solo atinó a desaparecer entre los autos y una calle. Sufrí mi primera favelada, me dicen por acá.

La anécdota queda atrás para mí, no así para los amigos brasileños, cariocas o no, que la comentan todo el tiempo y a la menor oportunidad. “¿De qué sirven las pinches patrullas que hay casi en cada esquina de la costera, si no se mueven ni hacen nada?”, se repiten… porraaa!

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El día 11 comencé a seguir a los famosos Blocos de Carnaval, grupos de gente que organizan fiestas con música, cuyo origen se remonta a los Cordoes de finales del siglo XIX, que no eran sino festividades surgidas en los barrios, en donde las sambas tradicionales eran lo común. Los ricos adornaban carrozas, los pobres solo se podían lucir sambando. Los Blocos son típicos y se han especializado mucho, tanto en la temática como en las canciones. Los hay con música tradicional, “ponchis-ponchis”, cantantes meramente gritones, con carro o sin carro, ambiente internacional o muy carioca. Eso sí, sin importar lo anterior, lo que rifaba en todos era la maconha (mota), la cerveza, la cachaça y la meadera. Para donde uno se moviera, el olor a meados aparecía, estaba ahí, te invadía con vida propia. Una cantidad indescriptible de gente anda disfrazada casi las 24 horas del día, algunos con mucho ingenio, esto sin mencionar el éxito que tienen las caracterizaciones de charros mexicanos, luchadores, El Chavo del Ocho (Chaves), El Chapulín Colorado, Frida Kahlo y La Chilindrina. ¡Increíble!

Hordas y hordas de gente con corpiños, pelucas, blusas, mascadas, maquillaje, sombreros, mallas, taparrabos minúsculos… la exageración, la exuberancia. Todos los días del carnaval, por todas las calles. Tráfico todo el tiempo, los taxis no paran de hacer su agosto sobre todo con los turistas. Bullicio hasta en el Metro, que estos días brinda servicio toda la noche en casi todas las estaciones.


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“Viva Carioquice!” (“¡Viva el espíritu carioca!”), rezaba una gran publicidad en el Samobódromo. El 13 comenzaron a desfilar en forma las escolas. Quince escuelas de samba, aproximadamente, por series, A, B, C, D y La Especial compiten por la gloria. Los Desfiles Mirins (de niños, en lengua tupi) desfilaron el martes 17, en el cierre. En La Especial estaba la escuela a la que me uní, Grande Río.

El jueves 12 vi desfilar varias escuelas y la que de plano se llevó las palmas ensordecedoras del respetable fue el grupo Unidos de Padre Miguel, una historia bien planteada, bien mostrada de principio a fin y, sobre todo, muy bien sambada y mejor ambientada. Un grupo de cantantes no permitía que bajara la emoción ni el ambiente, antes bien al contrario, ¡levanta avenida!, y elevaba el ambiente a niveles impresionantes.

Eso me puso muy feliz, pero mucho más nervioso aún. Llegó la madrugada del domingo 15. Nos lanzamos al Sambódromo en Metro. Gente cantando y bebiendo sin parar. Y de nuevo se veían las pelucas, las faldas entre piernas peludas, los senos y las nalgas perfectas de chicas hermosas que yacen inclinadas, tratando de vomitar. Estación Central: cuando llegamos las fantasías comenzaban ya a pulular. De nuevo el olor a meados, mugre, aceite comestible quemado, caca agria y gasolina. Lodo y suciedad. Llegamos a la parte trasera de Sapucaí. Tuvimos que hacer cola entre los carros alegóricos que ya esperaban. Gente animada, fumando, charlando, travistiéndose, comparsa, princesa, rey negro, bailarina tumbada, durmiendo en forma de hada, un sueño encantado...

Ninguna espera había sido tan larga. Desde las 2 nos pusimos la fantasía, pesada la canija. Un atuendo de carta de póker que cubría por completo mi cuerpo, con un gran tocado rojo, zapatos y guantes blancos. Las chanclas havaianas entre los tobillos lastimaban desde ya. Teníamos que estar bien formados por largo tiempo y eso nos cansó mucho. Curioso ver cómo la gente se sienta, se acuesta, charla y hasta se duerme parada, como las vacas.


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Estallaron por fin los cohetes en el firmamento anunciando que Grande Río haría su entrada triunfal. Todos preparados. Aplaudimos emocionados. El sudor no dejaba de fluir al interior de los disfraces. Pasaron 50 minutos antes de que el corazón explotara y de que nosotros, las cartas, que vamos casi hasta atrás, pisáramos por fin el camino a la gloria. O jogo començou. Serpentinas. Y tal como dice la canción, las estrellas nos guían por el lugar, espejos en los trajes y flashes de la prensa no dejaban de brillar. Estábamos viajando por misterios, entre empujones, caídas, carreras y coordinación. Había que cantar, gritar y sonreír a más no poder, sin pretextos ni discusión. La felicidad tiene que ser proyectada y contagiada desde esta gran sambada a todo el mundo y con pasión. No había mañana. Era nuestra hora, no podíamos perder. Cerveza, vino, abanico de cartón, bocadillo, explosión de humores, espacio popular, máscara de brujo, queso, champaña, caviar, joyas, make up, palco de lujo. Todos cantamos a rabiar. Carros gigantescos, colores rojos, verdes, blancos y dorados. Mescolanza, confeti, caída y madrazo. Caballos, caja mágica, estadio chino, payaso, correr y hasta saltar. Los bailarines no paramos de sambar. Chegou Grande Rio, pode apostar! Éramos una sola pieza, “Alicia en el país de las maravillas”. Nadie lo pudo dudar.

Sonrisas, éxtasis, baño de sudor y ampollas. Tardamos hora y minutos en cruzar el ensueño, el más bello. ¿Qué fue todo aquello? Se nos dio agua fresca, casi helada. Nos quitamos del cuerpo el colosal peso del disfraz. Gente de todas las edades y de todo tipo dejaba el suyo afuera.

Los pepenadores de inmediato destazaron las fantasías. Todo sirve en esta vida. La calle del otro lado estaba llena de lodo y basura. De nuevo el olor a mugre, a meados, a caca y a gasolina. Los amigos cantaban muy cariocas. Yo me aviento un “México lindo y querido”. Bloco en una esquina. Cuando van a dar las ocho de la mañana del lunes 16 de febrero de nuevo la Estación Central. Gente semidesnuda, otros al trabajo, caras largas, niños robando. Montones de indigentes seguían ahí durmiendo. ¿Con qué fantasía de esa parte de Brasil ahora estarán soñando?