Fidel 'curaba' hasta el cáncer campesino...

Esperan en la carretera el paso de la caravana y la urna con las cenizas de Fidel Castro. Ahí Olga, mujer de campo, solloza y explica que le debe todo al líder muerto: la curación de su hijo.

Faltan unos kilómetros para que la carretera termine y tope con la entrada a la ciudad de Santa Clara, provincia Villa Clara. Un grupo de siete mujeres y cuatro hombres campesinos limpian un montículo de pasto junto a la carretera. A puro machete unos, a mano limpia los demás. Limpio ya el terreno, la gente emprende otra faena: con pequeñas piedras blancas que han acarreado en una carretilla, forman letras en la tierra. Es como si araran palabras en una parcela.

Esperan el paso de una caravana que traslada, en un jeep color verde militar sin techo, una vitrina en cuyo interior hay una urna. Dentro del vehículo cuatro soldados custodian el pequeño féretro oscuro que tiene una bandera cubana encima. Un letrero negro con letras doradas impresas sobre el minúsculo ataúd estremece a quienes lo ven pasar: "Fidel Castro Ruz".

Pero el grupo de guajiros de tez oscura todavía no ha visto tal cosa. Mientras eso ocurre, trato de platicar con Olga, correosa mujer de sembradíos. Tiene unos cuarenta años. Está en cuclillas esculpiendo palabras en el piso:

—Fue iniciativa nuestra...

—¿Por qué hacen esto? —le pregunto, mientras sus manos recias juntan montoncitos de guijarros para trazar una letra D.

Me voltea a ver un segundo, solo un instante, con sus ojos claros color yerba. Se le desbordan las lágrimas. Se yergue y pega una carrerita hacia lo alto del montículo.

Por un momento parece que se internará en la maleza y desaparecerá. Detiene su marcha y me mira de reojo. Llora desconsolada. Me acerco azorado, apenado, le ruego que me disculpe por lo que sea que la haya perturbado.

¿Fue el micrófono cerca de su rostro? ¿Fue la cámara? Asiente en silencio. Me disculpa, pero llora sin cesar. Solloza. Nos quedamos en silencio viendo el piso. Le tomo la mano y luego de segundos que siento como horas empieza a hablar.

Le fluye todo desde el alma, del pecho que se le estremece, que le tiembla agitadamente.

—Mi hijo tiene cáncer. ¿Cómo hubiera pagado yo eso sin Fidel? Él me dio todo: los doctores, los hospitales, las medicinas. Somos campesinos. ¿Con qué dinero lo curo? Fidel me dio todo. Fidel lo ha curado. Sigue enfermo pero Fidel lo curó...

Al final, antes de partir, le pido me deje abrazarla. Me abre los brazos. La abrazo fuerte, ella más. Pone su cabeza en mi hombro como una hija. Una hija huérfana. Miramos lo que ella y sus familiares han tallado en la tierra con aquellas piedritas blancas:

"Hasta siempre comandante Fidel".

Para que las cenizas las miren al pasar. Si las cenizas miraran. Si sintieran. Cuba de Fidel. Cuba huérfana de Fidel. Los campesinos miran su obra. Miradas de orfandad...

Día 2 de la Caravana Tributo a Fidel. La Habana-Santa Clara.