Cuando callaron las campanas de Nagasaki

Este domingo se conmemoran 70 años de la explosión de la segunda bomba atómica estadunidense sobre la ciudad japonesa. El barrio católico de Urakami fue el epicentro del último gran golpe contra ...
Hiroshima recordó ayer el bombardeo nuclear que la asoló en 1945.
Hiroshima recordó ayer el bombardeo nuclear que la asoló en 1945. (Eugene Hoshiko/AP)

Nagasaki

Nagasaki es uno de los pocos lugares de Japón donde resuena el tañido de las campanas al llamar a misa. Hace 70 años, el 9 de agosto de 1945, las de su catedral fueron silenciadas por la bomba atómica que cayó en pleno barrio católico de la ciudad.

La catedral de Urakami se ubicaba a unos 500 metros del epicentro de la explosión y quedó demolida casi en su totalidad, al igual que esa zona de Nagasaki donde se concentraba la población católica de esta ciudad, considerada cuna del cristianismo en Japón.

Unos ocho mil 500 cristianos católicos murieron en el bombardeo de Estados Unidos, una cifra considerable entre los 12 mil bautizados que había registrados en la ciudad en 1945 y casi la novena parte del total de víctimas mortales del segundo ataque nuclear de la historia, tras el de Hiroshima tres días antes, el 6.

“Los cristianos de Nagasaki están acostumbrados al desastre humano. Pero al día de hoy aún sufrimos los efectos de la bomba”, explica Renzo De Luca, un sacerdote argentino residente en Japón desde hace tres décadas, y director del Museo de los 26 Mártires de la ciudad.

Y es que el bombardeo fue el último gran golpe que recibieron los cristianos de Nagasaki, tras siglos de persecución, martirio y clandestinidad bajo la prohibición de su culto en el país asiático.

En Japón llegó a haber 400 mil cristianos a finales del siglo XVI pese al intenso hostigamiento de los gobernantes nipones, que veían a la religión católica como factor desestabilizador y peligroso para sus intereses, señala De Luca.

Entre los episodios más notorios destacan la crucifixión de 26 mártires en una colina de Nagasaki en 1597 —al que se dedica el ya citado museo— o la rebelión Shimabara de 1637, en la que perecieron casi 40 mil campesinos alzados contra el shogunato Tokugakwa, la mayoría de ellos cristianos.

Estos casos, lejos de amedrentar a la población, “ayudaron a promover los valores del cristianismo y su mensaje de paz, perdón y amor”, dice De Luca, autor de varios libros en japonés sobre la historia de esta religión en el país.

Los católicos se vieron obligados a practicar su credo a escondidas —eran conocidos como los “kakure kristian” (“cristianos ocultos”)— hasta que se estableció la libertad religiosa hacia fines del siglo XIX, cuando se levantó la catedral de Nagasaki, fue la mayor de Asia Oriental.

Entonces comenzó una nueva era de expansión para el catolicismo que quedó truncada con la Segunda Guerra Mundial y la devastación de Nagasaki —llamada la “Roma de Oriente”— por la bomba atómica.

Tras la capitulación nipona, numerosos misioneros jesuitas acudieron a las zonas de Japón más afectadas por la guerra, entre ellos el padre español Antonio García, que arribó a Nagasaki en 1950 con 20 años y aún reside en la ciudad. García halló una ciudad asolada con “montañas de escombros por todas partes”, castigada por la hambruna y con miles de heridos hacinados en las iglesias de la ciudad, convertidas en hospitales improvisados.

Para el jesuita mexicano Juan Aguirre, quien también ejerció de misionero en Hiroshima y Nagasaki tras los bombardeo, “algunos creyentes incluso vieron la bomba como un medio del que se sirvió la providencia para terminar con la locura del régimen militarista nipón y traer la paz.

Hoy, la reconstruida catedral neo-románica de Santa María de Urakami se yergue sobre una de las colinas de Nagasaki, y es uno de los símbolos de la ciudad junto a los colindantes Museo de la Bomba Atómica y Memorial de la paz.

“Estas son las campanas que no sonaron por semanas o meses tras el desastre. ¡Ojalá nunca haya otra época en que dejen de sonar! Ojalá transmitan su mensaje de paz hasta la mañana del día del fin del mundo”, escribió el médico y autor nipón Takashi Nagai, que sobrevivió al bombardeo, en su novela Nagasaki no Kane (Las campanas de Nagasaki, 1949).