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Miércoles , 19.09.2018 / 06:21 Hoy

Benjamin Netanyahu, entre la división y la ruptura

El gobierno en coalición del premier no soportó la crisis interna y abre las puertas a una derecha más fuerte.

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La frágil coalición de gobierno de centro derecha en Israel tan solo ha durado veinte meses. El tercer gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu está a punto de disolverse.

No ha durado ni la mitad de la legislatura, menos de la media de los dos años y medio que suelen durar los gobiernos israelíes desde 1992.

Es por ello que los votantes acudirán a las urnas el próximo 17 de marzo, anunció ayer Yuli Edelstein, presidente del Parlamento israelí (Kneset) y, según los analistas locales, el futuro gobierno se situará más a la derecha que el actual.

Un comentarista de Israel Hajom, publicación cercana al gobierno, describía la ruptura como un “divorcio inevitable”.

Desde el principio las diferencias de opinión entre los cinco bloques-socios de gobierno eran grandes y en los últimos tiempos, insalvables.

A raíz de las duras críticas internas al rumbo que estaba llevando el primer ministro al país, a Netanyahu apenas le quedaba margen de maniobra y en la tarde del martes actuó en consecuencia: despidió a la ministra de Justicia, Tzipi Livni, así como al ministro de Finanzas, Yair Lapid, y anunció la convocatoria de elecciones anticipadas.

Livni representaba en el gobierno la posición más a la izquierda. Como negociadora jefe se involucró enérgicamente a favor de un acuerdo de paz con los palestinos, pero los socios derechistas de la coalición (como el ministro de Asuntos Exteriores, Avigdor Lieberman, o el ministro de Construcción, Uri Ariel) no hicieron más que torpedear sus esfuerzos. Llegaron incluso a acusar a Netanyahu de invertir muy poco en la construcción de asentamientos.

A Netanyahu le gusta presentarse como “Señor Estabilidad”, pero este año ha sido “uno de los peores años que el Estado de Israel ha vivido jamás”, según sentenciaba un analista en el diario Haaretz.

Desde que se rompieron las negociaciones de paz en abril pasado, la tensión entre israelíes y palestinos ha ido aumentando de forma peligrosa.

En la Franja de Gaza se vivió hace unos meses la guerra más larga y con mayor cifra de bajas que se ha vivido en la historia del pequeño enclave palestino. Y a ello se suma que la disputa por el uso del Monte del Templo no deja de provocar enfrentamientos entre judíos y árabes. Además, una nueva oleada de ataques sacude el país.

Y más munición para la discordia generó la polémica ley que busca consagrar el carácter judío del Estado israelí. Los árabes israelíes temen quedar aún más arrinconados en el papel de “ciudadanos de segunda clase”.

“Este es el año en el que el odio, el racismo y las aspiraciones del dominio judío han salido de sus agujeros”, concluye en duros términos el analista de Haaretz.

Las reformas sociales que buscaron sobre todo Lapid y su Partido del Futuro (Yesh Atid) han quedado caducas.

En el encuentro crucial para decidir el destino de la coalición, Netanyahu exigió a Lapid que renunciase a uno de los proyectos por los que más había peleado: rescindir el pago del IVA a las parejas que compran su primera vivienda.

“El jefe de gobierno nos dirige hacia unas elecciones innecesarias”, respondió Lapid, que rechazó las cinco condiciones que pedía Netanyahu.

“Con Lapid no hay futuro”, reviró Ofir Akunis, miembro del partido gobernante Likud.

La suerte política de Netanyahu sin embargo es incierta, pues según las encuestas tan solo un 38 por ciento de los israelíes está satisfecho con su gestión.

Lieberman, su socio y líder del partido ultraderechista Nuestra Casa Israel (Israel Beitenu), así como el ministro de Economía, Naftali Bennett (de La Casa Judía), aspiran a la jefatura de gobierno.

Los socios naturales de Netanyahu son los partidos ultra religiosos judíos, que en esta coalición se quedaron fuera. No obstante, están dispuestos a darle su apoyo tras los comicios.

Israel se encuentra ante una encrucijada. La hasta hoy ministra Livni lo formuló así: los votantes pueden elegir entre un gobierno nuevo y plenamente responsable o “el actual gobierno paranoico, radical, provocador”.

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