El adiós, con caída de imagen y chapucerías

Tal parece que el soberano abdicó al llegar a la conclusión de que no podía recuperar su popularidad.
El apoyo público al monarca colapsó en 2012, cuando se publicaron fotos de su cacería de elefantes en África.
El apoyo público al monarca colapsó en 2012, cuando se publicaron fotos de su cacería de elefantes en África. (Especial)

Madrid

No hace mucho este mismo año, en el Palacio de la Zarzuela, en las afueras de Madrid, los asesores reales intentaron enfrentar con estoicismo los constantes errores y el descenso de popularidad del rey Juan Carlos.

Tenían dos planes. El primero era seguir el ejemplo de la monarquía británica tras su famoso annus horribilis, perseverando y resistiendo, a la espera de que tarde o temprano el monarca pudiera recuperar el mismo grado de popularidad del que disfrutó la reina Isabel durante su Jubileo. Si fallaba estaba el B, al estilo del modelo holandés. El rey abdicaría y su hijo, el príncipe Felipe, tomaría el trono. Él, al menos, todavía era relativamente popular.

Ahora Juan Carlos I ha llegado a la conclusión de que ya no puede salvar a la monarquía de su cada vez menor popularidad. Es un final humillante para cuatro décadas en el trono, y llega pese a que la percepción general es que el rey hizo una gran contribución a su país.

Juan Carlos fue puesto en el trono por el dictador general Francisco Franco, a los 37 años, y heredó los poderes de un dictador. Pero renunció a ellos y ayudó a impulsar a España hacia un periodo de transición sobresaliente y relativamente pacífico que permitió a la Península Ibérica unirse al mundo democrático. Prueba de su éxito, es que hasta algunos republicanos conservadores se declararon "juancarlistas" y en 1977 votaron por una Constitución que convirtió a España en una monarquía parlamentaria. Muchos de aquellos que no querían un monarca reconocieron que, con él a bordo, sería más sencillo mantener bajo control a los viejos franquistas y evitar un golpe de Estado militar.

Pero en un país que había pasado gran parte del siglo XX sin un monarca, el puesto de rey también necesitaba un poco de impulso artificial.

Un pacto con la prensa, que le impedía publicar información sobre las amantes del rey o los escandalosos negocios en los que se involucraba la gente que lo rodeaba, lo ayudó a mantener una imagen patricia totalmente limpia.

Sin embargo, con la transición democrática de España consolidada, se acabó finalmente el trato preferencial.

La prensa le fue perdiendo el respeto, pero el rey Juan Carlos se siguió comportando como si estuviese a salvo del escrutinio público.

El apoyo público también colapsó cuando, en en abril de 2012, fue descubierto viajando en secreto a África a cazar elefantes acompañado de, entre otras personas, una mujer que no era su esposa (la llamada princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein, doblemente divorciada e íntima amiga del monarca desde hacía varios años), mientras el resto de España sufría la peor crisis de la que se tenga memoria. Finalmente, el rey debió ofrecer una disculpa pública.

La abdicación no resuelve los problemas monárquicos españoles. De hecho, genera algunos más, comenzando con el estatus del ex rey mismo. Por ejemplo, nadie sabe dónde vivirá, con qué dinero se sostendrá o si seguirá disfrutando de inmunidad judicial.

Esto último es importante porque Juan Carlos enfrenta dos demandas por paternidad, que no pueden iniciarse mientras siga estando por encima de la ley.

Para España, lo más serio es que no solo el rey sufre de un decreciente apoyo en los sondeos. Tras cinco años de crisis económica, y con la corrupción ya asumida como parte inherente de la vida política, los españoles están hartos de la mayoría de las instituciones que el rey ayudó a crear o bien a democratizar.

El sistema político es el principal culpable. Los resultados de las elecciones europeas de la pasada semana para renovar el parlamento comunitario, en las que los dos partidos que se han turnado en el poder de España desde hace tres décadas recibieron juntos menos de la mitad de los votos, fueron la prueba. La abdicación también es un ejemplo para otros ámbitos del maltrecho sistema español, demostrándole que debe reformarse o enfrentarse a un final similar.