Washington DC: el viejo arte de vigilar y ser vigilado

Aquí está el Capitolio y la Casa Blanca, pero también las embajadas de los países más poderosos del planeta. Los intereses convergen, serpentean, se empalman y se ocultan; algo muy tentador para ...
Una casa frente a la legación rusa sirve, según rumores, para vigilar sus actividades.
Una casa frente a la legación rusa sirve, según rumores, para vigilar sus actividades. (Jairo Mejía/EFE)

Washington

La capital estadunidense es la ciudad de los espías. Del lado estadunidense se creó una industria multimillonaria, mientras que en el lado opuesto están los espías oficiales u oficiosos que desde las embajadas extranjeras trabajan para conocer lo que el ojo no ve.

Frente a la embajada rusa en la capital estadunidense hay una pequeña casa ajardinada de apariencia inofensiva. La puerta siempre está cerrada, las ventanas selladas y nadie se sienta en el porche delantero.

Curiosamente, en el techo hay tres ventanas de cristal oscuro que miran directamente hacia la entrada de la misión diplomática.

Es un secreto a voces en Washington que la contrainteligencia estadunidense se sirve de esta modesta y discreta casa para registrar quién entra en la legación, mientras que nadie duda que los servicios de inteligencia rusos tienen en su embajada los mejores equipos de vigilancia que les permiten las secretas valijas diplomáticas.

“El espionaje está en todas partes en Washington: los servicios secretos espían a las embajadas y las embajadas intentan recopilar por canales confidenciales información de Estados Unidos, tanto si son amigos como adversarios. Es una complicada maraña”, indica Jeff Stein, escritor y periodista de Newsweek, quien lleva 35 años escribiendo sobre el espionaje en la capital estadunidense.

Según el escritor Marc Ambinder, el FBI desinstaló en varias ocasiones torres de seguimiento de teléfonos celulares de los tejados de Washington que emitían información a embajadas, algo que el Oficina Federal de Investigación no confirma, pero que permite avizorar el discreto juego que se desarrolla en la cotidianidad burocrática del distrito de Columbia.

“En la Guerra fría se utilizaban antenas que apuntaban a misiones diplomáticas, pero ahora se espía más que nunca, en parte porque la tecnología es más accesible y porque países que antes no eran muy activos ahora hacen uso de ella”, explica Stein.

Entre esos países destaca China. Su nueva embajada, inaugurada en 2009, es un ejemplo de que las fachadas en Washington esconden algo más que a diplomáticos asistiendo a inauguraciones, cenas o sellando pasaportes.

El edificio chino con apariencia de búnker tiene más plantas subterráneas que en la superficie, según datos de una investigación de la asociación de ingenieros Deep Foundations Institute.

Para su construcción, Pekín desplazó a cientos de chinos que se encargaron de la delicada obra sin exponer secretos o permitir que algún avispado albañil instalara equipos de vigilancia en las paredes.

Pese a ello, la inteligencia estadunidense intentó en varias ocasiones persuadir a los obreros que se alojaban en un hotel cercano y, entre 2006 y 2009, los helicópteros sobrevolaron la construcción para conocer detalles del edificio, algo que China contrarrestó desplegando grandes lonas.

Pocos conocen mejor ese ambiente de paranoia y constante desconfianza que los diplomáticos de la Sección de Intereses de Cuba, un edificio sin bandera, apadrinado por la embajada suiza, donde el gobierno de Raúl Castro mantiene su representación.

Desde 2001 ninguno de los miembros acreditados de esa delegación puede desplazarse más allá de un radio de 40 kilómetros con centro en la Casa Blanca, una medida adoptada por la administración del presidente George W. Bush tras el caso de una analista de defensa que espiaba supuestamente para Cuba.

“No me cabe duda de que saben dónde estamos en todo momento gracias a esto”, indica un diplomático cubano mostrando su celular en una cafetería, a pocas calles de la residencia presidencial

Se dice que el espionaje es la segunda profesión más vieja del mundo y, como tal, ha perfeccionado su ingenio.

En el Pentágono no se olvidan del virus informático que en 2008 obligó a una inédita operación de ciberlimpieza de las bases de datos de Defensa. Y todo porque un oficial decidió usar una memoria USB infectada con un troyano ideado por los servicios secretos de algún país.

Ese ataque sin precedentes llevó a la creación del Cibercomando, el ala militar de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), y a que se alertara del peligro de inocentes memorias USB “perdidas” en aparcamientos de edificios gubernamentales.

Jade Daggett, fundador de una empresa californiana que vende dispositivos de seguimiento vía satélite y acusado en 1996 de vender aparatos de espionaje telefónico a embajadas extranjeras en Washington y a países como México, conoce bien este mundo en la sombra.

“Brasil fue uno de nuestros mejores clientes durante un tiempo y te puedo decir que nos compraban una gran cantidad de aparatos de vigilancia telefónica para uso interno por parte de la policía”, recuerda.

Daggett sigue en este negocio porque “hay mucha más demanda de tecnología orientada al espionaje y vigilancia que hacia otro tipo de aplicaciones”, tanto en EU como fuera de sus fronteras.