Violencia política: un juego sin un destino promisorio

Los crecientes roces entre estudiantes y opositores, por un lado, y las huestes del chavismo por el otro prefiguran un entorno en donde Nicolás Maduro buscará imponer su visión.
El venezolano enfrenta gran descontento popular ante la crisis económica y la escasez de alimentos.
El venezolano enfrenta gran descontento popular ante la crisis económica y la escasez de alimentos. (Santi Donaire/EFE)

Caracas

La violencia que reapareció esta semana en las calles de Venezuela, con manifestaciones opositoras en la capital y otras 12 ciudades, presagia un endurecimiento del gobierno chavista y de sus adversarios cuando el todavía joven mandato de Nicolás Maduro ensaya un juego de acierto y error ante una economía en crisis.

Tres jóvenes murieron baleados al cierre de las marchas en Caracas el pasado miércoles, donde también hubo decenas de heridos y un centenar de detenidos, con denuncias de incomunicación, torturas y tratos crueles.

La paradoja es que esas protestas se iniciaron con estudiantes reclamando que la inseguridad y la violencia delictiva en las calles alcanzan ya a sus centros de estudios.

“Estamos enfrentando un golpe de Estado en desarrollo contra la democracia y el gobierno que presido” advirtió Maduro, elegido en abril para reemplazar a su fallecido correligionario Hugo Chávez, en su primer discurso tras informarse que desconocidos dispararon contra restos de la manifestación en el centro de Caracas.

El gobernante acusó a “grupos fascistas de ultraderecha” que seguirían “el mismo guión de abril de 2002”, cuando una gigantesca marcha opositora en Caracas culminó en un tiroteo que causó la muerte de 19 civiles y detonó un breve golpe de Estado contra Chávez.

“Las circunstancias actuales son diferentes, y el gobierno o no sabe dónde está parado, lo que es difícil de creer, o trabaja el estallido de la crisis para justificar la suspensión de garantías (derechos ciudadanos recogidos en la Constitución) y gobernar bajo un estado de excepción”, explica el sociólogo Carlos Raúl Hernández, profesor del doctorado en ciencias políticas de la Universidad Central de Venezuela.

Para Hernández, el masivo respaldo a la protesta estudiantil obedece al “enorme malestar que crece en sectores del propio chavismo (oficialismo) por la megacrisis económica y su pésimo manejo”.

El panorama económico está dominado por una de las tasas de inflación más alta en el mundo (56 por ciento anual, más de 70 por ciento en el rubro alimentos) y una agobiante escasez de productos básicos, desde leche y harinas hasta papel higiénico y de periódicos, pasando por medicinas, pasajes aéreos, insumos industriales y repuestos para vehículos.

Mientras el Estado restringe cada vez más la entrega de las divisas que obtiene por exportaciones petroleras, y toma medidas puntuales de inspección y castigo contra firmas comerciales e industriales, el empresariado reclama el pago de deudas millonarias  contraídas bajo el régimen del control de cambios.

Para la historiadora Margarita López Maya, del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, “perdidos los encantamientos producidos por el verbo y la presencia del líder carismático (Chávez), la realidad nada prometedora se ha hecho descarnada e inocultable”.

“Vivimos el oleaje producido por malestares y demandas insatisfechas de la sociedad venezolana, las cuales vienen acumulándose en los meses recientes producto de desarreglos económicos y sociales de ya larga data”, señala López Maya.

Con ese malestar como telón de fondo, los estudiantes recibieron respaldo de otros ciudadanos cuando comenzaron a manifestar a comienzos de febrero en los Andes sudoccidentales.

Tres jóvenes, acusados de atacar la residencia del gobernador regional, fueron enviados a una cárcel en Coro, en el extremo noroeste, para ser juzgados.

En respuesta, dirigentes de un sector en la coalición opositora Mesa de Unidad Democrática llamaron a manifestaciones masivas el miércoles pasado, bicentenario de una batalla de la guerra de independencia contra España (1814) en la que jóvenes estudiantes reforzaron al ejército patriota y consiguieron el triunfo.

La fecha se conmemora como Día de la Juventud, lo que entregó una sobrecarga emotiva y política a las manifestaciones y a su desenlace violento.

Ayer, mientras proseguían protestas callejeras en Caracas y otras ciudades del país sudamericano, desafiando el anuncio de Maduro de que solo permitiría manifestaciones previamente autorizadas, se informó que los jóvenes presos en Coro fueron excarcelados.

Se trataría de un primer paso para quitar presión a la protesta, y calza con la llegada de numerosos llamados de la comunidad internacional en apoyo al diálogo y al respeto de los derechos de todas las partes involucradas en el conflicto político.

En Venezuela, organizaciones de derechos humanos como Provea y la Red de Apoyo por la Justicia y la Paz hicieron énfasis en la investigación y castigo de los responsables de las muertes y heridas que siguieron a las protestas del miércoles.

Con abundantes testimonios, fotografías y videos, los periodistas sobre el terreno documentaron la irrupción de grupos supuestamente afectos al oficialismo, llamados genéricamente “colectivos”, que encendieron la violencia y usaron armas de fuego en los escenarios donde cayeron personas baleadas.

En el reparto de culpas, Maduro acusó a medios de comunicación internacionales de instigar a la violencia al transmitir informes y declaraciones sobre los sucesos.

El mandatario venezolano ordenó suspender de las cadenas de televisión por cable la estación de noticias NTN24, con sede en Bogotá, y dirigir advertencias severas a la agencia francesa de noticias AFP.

Pese a la intensidad de las imágenes, Hernández no cree que las manifestaciones conduzcan a un cambio político sustancial, y quizá solo tal vez a “mineralizar” aún más las posturas y el espíritu de cuerpo de las partes enfrentadas.

“Esos cambios los logran las movilizaciones de masas solo cuando están combinados con factores de poder como para que se produzca una insurgencia militar, lo que no se ve planteado en Venezuela”, aclara Hernández.

“Desde ese punto de vista, se trata de juegos de calle sin destino”, remata.