Vivimos la abundancia de la información acrítica: Tzvetan Todorov

Con iluminadora lucidez, el filósofo, historiador y crítico literario búlgaro conversa sobre la situación de Ucrania y Rusia, los nacionalismos y autonomías que enfrenta Europa, y los caminos “a ...
El filósofo, historiador y crítico literario Tzvetan Todorov
El filósofo, historiador y crítico literario Tzvetan Todorov (Arturo Bermúdez)

Ciudad de México

Cien años después de la Primera Guerra Mundial, el orden internacional vive de nuevo un momento crítico. ¿Cuál es su diagnóstico del conflicto actual entre Rusia y Ucrania? ¿Tendrá repercusiones en otros países europeos, donde los nacionalismos amenazan dividir a países tan próximos a México como España?

Para empezar creo que la crisis entre Ucrania y Rusia no puede ser comparada con exactitud a las tendencias separatistas que reinan en Cataluña y que amenaza la unidad de España. Pienso que es necesario separar las cosas.

Para hablar de Rusia y Ucrania, conflicto muy reciente, hay que evitar los juicios demasiado contrastados, los maniqueísmos que hacen pensar en una situación absolutamente clara: de un lado el bien, Europa, la democracia; del otro Rusia, la tiranía y el mal. Pienso que en el deseo popular de defenestrar al gobierno de Viktor Yanukovich hay un legítimo derecho para confrontar a un gobierno corrupto e ineficaz, que daba la impresión de un político que no defendía los intereses sociales y sí defendía los intereses de grupo de los amigos del presidente. Puede recordarse que el gobierno precedente, de una tendencia política opuesta, el de Yulia Timoshenko, había sido acusado asimismo de corrupción, de complacencias excesivas con el vecino ruso y de autoritarismo en la manera de conducir los asuntos públicos. Como ha sucedido en Egipto, en Siria y en otros lugares, lo que comenzó como una manifestación pacífica a nombre de las libertades civiles continuó como una escalada y en esta escalada han intervenido innegablemente los elementos más inclinados a la derecha, más nacionalistas de Ucrania, muy notablemente el movimiento Svoboda (Partido de la Unión de Todos los Ucranianos), de extrema derecha, que clama por una Ucrania para los ucranianos, y que es hostil lo mismo a la Unión Europea que a Rusia. Igualmente, el otro movimiento constituido en el momento de la revuelta, el Cuadro de la Derecha (Pravi Sektor), ha sido un movimiento ultranacionalista, movimiento armado que integró a miembros muy violentos de la sociedad y ha sido capaz de resistir a las fuerzas represivas que ejercieron una represión violenta generadora de muchas muertes.

Invoco estos elementos para evitar caer en un romántico maniqueísmo y la glorificación de un lado y la denostación del otro. La situación es muy compleja, toda vez que Ucrania y Rusia formaron parte del mismo país durante siglos, primero bajo los zares rusos y luego dentro de la Unión Soviética, y la población se ha mezclado tanto que muchos ucranianos viven en Rusia y muchos rusos viven en Ucrania, y los matrimonios mixtos son la regla y no la excepción. Por tanto, abstengámonos de considerar que se trata del combate del bien contra el mal.

Ahora, más precisamente, en Ucrania hay a la vez un impulso nacionalista y un deseo de Rusia de afirmar su papel dominante en la región, un papel hegemónico. La anexión de Crimea, en el fondo, no es un escándalo por sí mismo, porque, en realidad, Crimea siempre ha sido rusa, específicamente rusa, y unirla a Ucrania en 1954 fue una decisión puramente administrativa. Sebastopol era una fortaleza de la existencia misma de Rusia durante las guerras del siglo XIX y el principal puerto militar en el Mar Rojo.

Lo que es perturbador es ver que esta anexión se produjo de una manera que niega todas las reglas de la democracia y de la vida internacional; es decir, decidiendo a través de un referéndum de tres días y llevándolo a cabo frente a la presencia de fuerzas militares rusas en la península, frente a la militarización inmediata. Por lo tanto, se puede y es necesario lamentar y condenar completamente esta forma de proceder, esta forma de intervención, sin cuestionarse el fondo del problema que era la anexión de Crimea a Rusia.

En la Unión Europea se ha producido un debilitamiento del Estado-nación y un reforzamiento de las regiones, porque precisamente la existencia del nivel europeo ha debilitado al nivel nacional. Muchas decisiones son tomadas en Bruselas. En consecuencia, la nación se encuentra despojada de ciertas de esas prerrogativas, y las regiones, sobre todo las regiones más ricas, tienen la tendencia a emanciparse de las otras. Es el caso, por ejemplo, del Valle del Po, en Italia, donde tenemos al movimiento por el establecimiento del Estado Independiente de Padania, impulsado por la Lega Nord per l’Indipendenza della Padania. Cataluña tiene una fuerte identidad cultural y étnica, sin duda; se comprende que no quieran pagar por las regiones más pobres. No tengo en realidad una opinión informada sobre el caso español y catalán. Yo diría que todos esos movimientos que denuncian la solidaridad colectiva me parecen sobre todo la expresión de un egoísmo colectivo. Pienso que la verdadera defensa de la democracia consiste en preservar el lugar de las minorías con toda identidad política, porque la homogeneidad absoluta no existe en ninguna parte y siempre hay minorías, y permitir que cada una de esas minorías se autonomice en estado independiente conduce al absurdo. Estoy más por un resguardo del estatus de minoría, que por una autonomización, vale decir, por una independencia de esas regiones. Pero el caso de Ucrania, por supuesto, no es de esta naturaleza, Ucrania es un país grande. Por lo que me concierne me parece que no hay que intervenir; es necesario que el país, a un tiempo, siga abierto a la Unión Europea; que desempeñe el papel de un estado mediador, intermediario, que tiene un estatus privilegiado, que aproveche esta situación de país intermedio para desarrollar una buena relación tanto con Rusia como con Europa, mucho más que decidir por alguno de los dos. Espero que esto se produzca.


Las elecciones municipales francesas que tuvieron lugar hace pocas semanas presentan resultados inquietantes. El Frente Nacional obtuvo al menos 7 por ciento de los votos en las elecciones nacionales. ¿Cuál es su diagnóstico de la situación en Francia?

Obtuvo más del 7 por ciento. Obtuvo el 15. En algunas regiones, en algunas ciudades, alcanzó incluso el 30 o el 40 por ciento. De manera estable, el Frente Nacional parece haberse convertido en la tercera fuerza política de Francia. Había la derecha y la izquierda, los socialdemócratas y la centroderecha, y ahora hay esta tercera fuerza. En París, como en otras grandes ciudades, Lyon, Lille, el Frente Nacional no rebasa el 5 por ciento, allí donde vive la población más activa, la más internacional, la que frecuenta más a los extranjeros, alcanzó el 3 o el 4 por ciento.

 

¿Hay una relación entre el cosmopolitismo y la izquierda?

No es la izquierda, sino la derecha clásica, republicana, y no el Frente Nacional. El Frente Nacional esencialmente es un partido populista, ni de derecha ni de izquierda; es decir, combate a las élites, parte de la base popular, es un partido político que interpela las emociones populares inmediatas. Practica una demagogia fácil, amplificada por los medios masivos de comunicación actuales, como las redes sociales e internet, y por supuesto la tv y la radio, donde los jóvenes son influidos muy fuertemente por las emociones del momento.

Es necesario conocer también el tiempo de la reflexión, de ir al fondo… Las propuestas económicas y administrativas del Frente Nacional fueron analizadas y se demostró su inanidad total: carecen totalmente de realismo. Para no dar más que un ejemplo, el cierre de fronteras traería más contrariedades a la economía francesa que los beneficios que aportaría, porque Francia es un país exportador, como todos los otros países de la Unión Europea. De tal modo, si el mismo tipo de proteccionismo es practicado por todos los miembros de la Unión, como lo recomienda el Frente Nacional, eso traería consigo un desfondamiento de la economía francesa. El Frente Nacional no echa mano de la reflexión ni del análisis, acude al efecto inmediato de las emociones, como la xenofobia.

La xenofobia y el miedo son sus grandes temas. Es el partido que está por el restablecimiento de la pena de muerte… El Frente Nacional ocupa un lugar cada vez más fuerte en Francia, lo que corresponde, de cierta manera, a una evolución de nuestra sociedad, con la aceleración de la comunicación, con la aceleración de los desplazamientos, con la apertura de fronteras. El arribo al poder del Frente Nacional y también de otros partidos europeos del mismo tipo, esos partidos populistas y xenófobos, es una reacción impropia a un fenómeno bien real que es, en parte, de aceleración de los intercambios internacionales, y de eso que llamamos la mundialización, la globalización; y por otra parte, de los desfondamientos de las tradiciones colectivas, como los enarbolados por la Iglesia o por el Partido Comunista o las organizaciones de masas, porque vivimos en una época en la que la elección individual prima por encima del peso de la tradición. A los hijos ya no les gusta ir al paso de sus padres.


Mi última pregunta trata un tema muy distinto pero también de actualidad. Para usted, quien ha estudiado el orden simbólico de diferentes etapas de la historia, ¿cuáles son los símbolos característicos de esta intensa etapa de convergencia digital?

Está claro que asistimos a una inmensa revolución de las formas de comunicación que para la gente de mi edad, pero también de la suya, es como pasar a otra vida. Hace 30 años nos podíamos comunicar de cierta forma, y ahora es algo completamente distinto. Creo que es demasiado pronto para realizar un balance, nos esperan aún muchas sorpresas, estas formas de comunicación continúan evolucionando, nos habíamos habituado a internet y al correo electrónico; las redes sociales han intervenido en los estudios en los últimos años, en los últimos 10 años Facebook, Twitter, etcétera. Por tanto, no puedo prever ni apreciar todo eso a detalle, pero me parece que hay un fenómeno más general, a partir de internet, que es la fabulosa disponibilidad de información cerca de nosotros. En la prehistoria, es decir, en la época previa a internet para buscar información había que ir a una biblioteca, viajar, investigar, comprarse una enciclopedia voluminosa y cursar sus páginas para encontrar la información justa. Hoy todos hemos interiorizado el movimiento para ir a ver qué dice Google; gogleamos y la información está allí, ante nosotros, en unos cuantos segundos.


¿Cuál sería para usted el símbolo de esta época, donde lo digital predomina en las relaciones sociales, sobre todo entre los jóvenes?

Lo que quería decir cuando hablaba de internet, es que hemos descubierto muy rápidamente el anverso de la sobreabundancia de la información, y es el hecho de que la información nos llega de manera acrítica. No sabemos si está mitificada, si tiene fuentes confiables. La Wikipedia es el mejor ejemplo de ello. Y allí entrevemos, ya, la necesidad de regular la llegada de la información, y comenzamos a apreciar las formas antiguas, como por ejemplo, en una biblioteca, un bibliotecario podía decirnos: “El mejor libro sobre lo que usted está buscando es éste, los demás no le servirán de mucho”. En la era de internet uno extraña encontrar a alguien que oficie el papel de consejero, de guardián.

Las redes sociales, por su lado, transformaron la idea de la amistad, pues se trata de tener más “amigos”. Un niño dice: “Yo tengo 900 ‘amigos’” y el otro: “Yo, 10 mil”. Gracias a esto, descubrimos la calidad irreductible de los intercambios amistosos a la antigua, con los que podíamos tocarnos, olernos, sentirnos, estrecharnos la mano, conectarnos más allá del vínculo a través de la extensión cerebral que es la máquina. Y ahora, por la sobreabundancia de aparatos, diría que asistiremos a un momento de desbalanceo; hay que ir al fondo de ese momento de sobreabundancia de aparatos comunicativos para percatarnos que podemos aprovechar mejor la comunicación mientras menos aparatos haya. Ya existe el eslogan entre los jóvenes: “Less is more”. También existen lugares donde se consume la “slow food” en vez de la “fast food”. Todas esas reacciones en sentido inverso nacieron de la aceleración inmensa de la comunicación. Para decirlo con una palabra, creo que encontraremos el contrapeso de estos excesos; nos volveremos, en algunos decenios, quizá, hacia una actitud más equilibrada que esta multiplicación de la información, esta rapidez que sobrepasa cualquier equilibrio.