Trump o la estrategia del “golpe de efecto” permanente

Al magnate inmobiliario le ha resultado exitoso provocar a sus adversarios y exacerbar los peores sentimientos.
En Nueva Jersey, seguidores se fotografían con Donald Trump en la final del torneo de golf de Barclays.
En Nueva Jersey, seguidores se fotografían con Donald Trump en la final del torneo de golf de Barclays. (Ross Kinnaird/AFP)

Washington

¿Será que lo que comenzó como una farsa terminará por trastornar el campo del Partido Republicano de cara a la elección presidencial de noviembre de 2016? Hasta hace poco tiempo la candidatura de Donald Trump era considerada improbable, en razón de los cuestionamientos sobre la transparencia de su fortuna hechos por la comisión encargada de las elecciones a escala federal. Cuando el magnate inmobiliario pasó a la acción, el 16 de junio, su entrada en campaña anunciada en la Trump Tower, en Nueva York —la doceava candidatura de una competencia republicana que nunca fue tan abierta— quedó reducida a la manifestación última de un ego desmesurado.

Las palabras pronunciadas en esa ocasión casi no llamaron la atención. Despreciativo ante los responsables políticos tradicionales, marionetas, según él, de lobbies y de donantes, visión de un mundo simplificado al extremo y en el cual EU se habría convertido en el perdedor de la mundialización: su discurso virulento y deshilvanado apareció como el preludio de una campaña tan estruendosa como breve.

A comienzos de julio, la inflexión de la popularidad del hombre de negocios fue comparada con las llamaradas de petate de otros outsiders en el pasado. Sus rivales creyeron que la esencia de las controversias planteadas generosamente por Donald Trump (su cuestionamiento al pasado militar del senador John McCain, su visión de la inmigración mexicana compuesta por "traficantes y violadores") terminaría por consumirlo.

Pero en lugar de eso, el empresario planteó nuevos retos durante el primer debate organizado entre candidatos republicanos, el 6 de agosto: rechazo a respetar las reglas (dejó abierta la posibilidad de, en caso de no lograr la candidatura republicana, presentarse como independiente); rechazo a considerar a uno de los actos centrales de la campaña, los medios, como un árbitro intocable (como lo demostró con sus ofensas a la periodistas Megyn Kelly), y rechazo a considerar como iguales a sus rivales, mofándose de su pretendido servilismo ante sus financistas.

No habían pasado dos semanas cuando Trump dio un nuevo golpe. Para hacerlo, escogió el tema sensible de la inmigración, que provocó un pase de facturas entre los republicanos. Mientras que los pragmáticos afirman que es imposible reenviar a sus países de origen a unos 11 millones de ilegales, los intransigentes se aferran al rechazo a las regularizaciones temporales propuestas por el presidente Barack Obama, sin llegar a exigir sin embargo las expulsiones masivas. Acusado por sus adversarios republicanos de carecer del menor programa, Trump replicó adoptando una posición maximalista contra la inmigración, proponiendo la expulsión de millones de sin papeles y la construcción de un muro a todo lo largo de la frontera sur del país. Con ello acalló las voces más determinadas y colocó a sus rivales ante una opción delicada: alinearse o aparecer como laxistas.

La resistencia del empresario a las predicciones sobre su hundimiento condujo a un examen más a profundidades de su popularidad, analizada en primer lugar como el producto de su conocimiento de los medios, habituado a décadas de promoción personal y al dominio de los códigos de la telerrealidad, durante mucho tiempo practicada. Omnipresente desde hace más de dos meses, Trump ha sabido obtener los mejores puntajes en términos de intenciones de voto en prácticamente todas las familias ideológicas del Grand Old Party. Algo paradójico, ya que es su posicionamiento transgresivo el que ha sido hasta ahora su principal motor.

El enorme éxito del primer debate republicano tuvo una audiencia récord de 24 millones de telespectadores para un canal de cable; sin ser un evento deportivo traduce igualmente el interés insuflado por Trump a esta campaña transformada en un show permanente en el cual él es la vedette. Pero esta fuerza incluye también sus debilidades: la simpatía o la empatía ante un estilo iconoclasta no es garantía para que una figura pública situada más en el periferia de la política participe masivamente en las primarias por venir. Por otro lado, la mayoría de electores republicanos sigue considerando que Trump no es un candidato serio para 2016.