Syriza: las finanzas y el PIB necesitan una nueva escoba

Frente al neoliberalismo calculador y matemático se debe retomar la economía de emociones y vida.
El líder griego Alexis Tsipras.
El líder griego Alexis Tsipras. (Remo Casilli/Reuters)

Londres

Una de las imágenes más edificantes de la victoria de la coalición de izquierda Syriza en Grecia fue la de las caras alegres de un pequeño grupo de mujeres: las encargadas de la limpieza del sector público, despedidas durante los recortes de presupuesto y a las que les habían prometido ser recontratadas en cuanto asumiese el nuevo gobierno.

La suerte de unas pocas limpiadoras está a un mundo de distancia del estira y afloja de las negociaciones internacionales sobre la amortización de la deuda de Grecia. Syriza había prometido que "la esperanza está llegando", inyectando el lenguaje de la emoción a los debates económicos; ahora está por verse cuánto éxito tendrá en las altas negociaciones a las que debe entrar con sus socios de la eurozona, bajo el escrutinio de los mercados financieros.

Sin embargo, en el triunfo del partido y la solución del problema de las afanadoras, resalta el hecho de que la economía no solo se trata del estado de las finanzas públicas (que en el caso de Grecia mejora) o del producto interno burto (PIB) al alza, sino de la experiencia humana en los hogares y las familias.

Una de las lecciones de las crisis que han azotado a la eurozona durante los últimos cinco años es que cualquiera que diga que la única respuesta a una crisis de deuda pública es recortar los gastos y embarcarse en una "reforma estructural", o es masoquista o está loco. Pero también podríamos aprender una lección más profunda y que la mayoría de los economistas no han aprendido de la Gran Recesión: la perspectiva individualista y neoliberal del mundo, que desdibuja a la humanidad a favor de las ecuaciones, debe ser desechada.

En 1979, la promesa de la líder británica Margaret Thatcher de "llevemos esperanza adonde haya desesperación" podría haber moldeado el lenguaje de Syriza, pero su llegada al No. 10 de Downing Street —oficina y residencia de los jefes de gobierno británicos— como primera ministra marcó el inicio de una era en la que llegamos a vernos a nosotros mismos como individuos "aspiracionales", luchando por abrirnos camino al mundo sin el apoyo de la sociedad que Thatcher marginó.

Este enfoque fue respaldado y aparentemente reivindicado por la proliferación de modelos económicos que concibieron a la gente como robots calmados, racionales y drásticamente simplificados que vuelan por ahí intentando maximizar su utilidad. [En EU, el espejo de la Thatcher fue el republicano Ronald Reagan, N. del T.]

El mercado comenzó a verse como la máxima expresión de esta racionalidad calculadora y de sus valores —competencia, interés personal y hasta codicia— como sus principales motores de vida.

Los economistas conductuales han sazonado este mundo aburrido con conceptos tales como la exuberancia irracional, para ayudarse a explicar porqué hasta los mercados financieros, supuestamente ejemplo de racionalidad obstinada, pueden experimentar momentos de locura. Y otros muestran porqué el calificador ceteris paribus ("siendo iguales todas las cosas"), que siempre se aplica a estas elegantes construcciones matemáticas, no tiene sentido ya que nunca todas las cosas son iguales. Pero otros, como David Tuckett, han hecho un buen trabajo entretejiendo el papel de las emociones y la ambición en las actividades enloquecidas de los comerciantes citadinos, cuyas decisiones pueden tener efectos catastróficos en el resto de nosotros.

Así, la esperanza y todo un grupo de sentimientos mezclados –miedo, codicia, lealtad y hasta amor- deben recuperarse, no solo en las calles de Atenas, sino en el corazón de la economía.