Syriza, el nuevo desafío para la Unión Europea/I

Los autores, economistas críticos de las políticas de ajuste, abren la polémica sobre las nuevas opciones de Atenas.
El nuevo ministro de Finanzas griego, Yanis Varufakis.
El nuevo ministro de Finanzas griego, Yanis Varufakis. (Yannis Kolesidis/EFE)

París

La victoria de Syriza en las elecciones legislativas de Grecia ha causado dos tipos de reacciones entre los partidarios de las políticas de austeridad en Europa.

La primera, utilizada antes de la elección del pasado domingo para intimidar a los electores griegos, es la de anunciar el caos. Y aunque fracasó, se emplean desde ahora para organizar el escenario. La desconfianza de los dueños del capital va a impulsar de nuevo un alza de las tasas de interés sobre los préstamos griegos, y el FMI decidió antes incluso de la victoria de Syriza suspender su ayuda financiera a Grecia. Una ayuda que, recordemos, se dirigió menos al pueblo griego que a los acreedores del país, ya que el dinero sirvió para pagar los intereses de una deuda claramente ilegítima, provocada por años de fraude fiscal de los sectores más ricos y de gastos públicos suntuarios e inútiles.

Se podría replicar, sin embargo,  que en materia de caos los griegos ya no tienen gran cosa que perder. Tras cinco años de purga social, de una violencia inaudita, el producto interno bruto (PIB) de Grecia retrocedió 25%, el desempleo y la pobreza estallaron, la clase política tradicional es más corrupta que nunca y el país sufre una profunda crisis humanitaria. En lugar de hacer bajar la deuda pública, las políticas de austeridad la hicieron pasar de 120% del PIB en 2010 a 174% en 2014, y esto pese a una muy tímida reestructuración en marzo de 2012.

La segunda reacción se pretende más sutil. Se nos explica que Syriza no podrá aplicar su programa. Ciertamente, su líder, Alexis Tsipras, ingeniero de 40 años, intentará negociar una reestructuración de la deuda con las instituciones europeas. Pero limitado por los tratados europeos que imponen un equilibrio presupuestario, así como por la necesidad de preservar el financiamiento al país y, por tanto, de complacer a los mercados financieros, el nuevo gobierno deberá continuar padeciendo los dictados de la troika (FMI, Comision EUropea, Banco Central Europeo-BCE) y abandonar su proyecto de relanzamiento económico y de transformación del país.

Este análisis se apoya en una realidad indiscutible.  No hay un futuro para Grecia con las actuales modalidades de funcionamiento de la Unión Europea (UE). Sus tratados y directivas han institucionalizado las políticas de austeridad a fin de amordazar la soberanía popular, impedir cualquier debate democrático real y excluir cualquier opción sobre las exigencias —absurdas y contradictorias— de los mercados financieros. Las políticas económicas se han limitado a aplicar una serie de normas, imperativos categóricos sobre los cuales los pueblos no pueden opinar.

No obstante, el fracaso de esta lógica estúpida ha sido tal que el BCE se vio obligado desde 2012 a compensarlas en parte, comprando en el mercado secundario los títulos de los países en dificultad (lo que enfureció al Bundesbank, guardián del espíritu de los tratados y de la política de ajustes). Otro paso: Mario Draghi, presidente del BCE, acaba de anunciar, para alegría de los financistas, que ante el riesgo de una caída generalizada de precios (deflación) inundará los bancos de liquidez comprando las obligaciones de todos Estados de la Eurozona por un monto de 60 mil millones de euros al mes. Pero sin aflojar  el tornillo de las políticas de ajuste, la liquidez no hará nada por la economía real y todo para inflar  burbuja financiera.