Solo aldeas muertas junto a la planta de Fukushima

Están a unos cuantos kilómetros de la central atómica y el éxodo las ha convertido en pueblos fantasma.
La planta de Fukushima es uno de los 25 mayores complejos nucleares del mundo.
La planta de Fukushima es uno de los 25 mayores complejos nucleares del mundo. (Kim Kyung-Hoon/Reuters)

Fukushima

En el cielo, los cuervos planean. Los papeles se arremolinan en el viento. El silencio que pesa sobre las calles sin vida es roto por una puerta que golpea o las chapas onduladas que rechinan… Desde hace tres años, Tomioka es una ciudad muerta.

Esta comunidad de 16 mil habitantes del noreste de Japón resistió al potente terremoto del 11 de marzo de 2011, y al tsunami que le siguió. Pero algunos días después del sismo, la población huyó: el océano invadió la central de Fukushima Daiichi, a unos 15 kilómetros, lo que causó la peor catástrofe nuclear desde Chernobyl (1986 en la entonces Unión Soviética, hoy territorio ucraniano). Los habitantes nunca volvieron.

En la calle principal, damos con una ferretería abierta. Delante de la vidriera se ofrecen escobas, rastrillos y mangueras para atraer al cliente, como si nada hubiera ocurrido. Cada día, su dueño de 67 años está ahí. Abre su caja fuerte de otra época y hace el inventario. Cuando termina, vuelve a comenzar. El hombre vive en una vivienda provisional en Iwaki, a una treintena de kilómetros. “No tengo otra cosa que hacer”, dice.

Al otro extremo de la autopista Nacional 6, que pasa delante de la entrada de la central accidentada, otro pequeño poblado, Okuma (11 mil 500 habitantes), tiene prohibido el acceso a causa de una tasa de radiactividad elevada.

Antes del accidente, la alcaldía había erigido un pórtico en homenaje a Tepco, la empresa que opera la central. Okuma está doblemente condenada: sus habitantes no solo no podrán volver, sino que albergará los desechos radiactivos. En otros términos, será sacrificada por siempre.

Las mismas imágenes de desolación se observan al norte de la central, en Namie (20 mil personas), prohibida salvo para sus habitantes, que sin embargo no están autorizados a dormir ahí. La zona fue barrida por el tsunami.

Como en otros lugares, donde los escombros fueron removidos, nada ha cambiado desde 2011: viviendas desmoronadas, armazones de vehículos desfondados y trajineras encalladas en arrozales invadidos por hierbas gigantes. En algunas partes se elevan pequeños altares budistas con pequeñas ofrendas.

La central está a siete kilómetros. En la calle comercial que se salvó de la ola gigante, el quiosco del distribuidor de periódicos está llenó de pilas atadas de ejemplares del diario con fecha 12 de marzo de 2011, jamás distribuidas. En la portada, una foto del desastre.

“Los afectados hemos caído en el olvido”, dice un restaurador de Minamisoma (70 mil habitantes), un poco más al norte. “No hay nada que podamos heredarle a nuestros hijos: la tierra ya no vale nada. Los jóvenes se van. Una ciudad sin los gritos de los niños ya no es más una ciudad”.

Dos tercios de los 154 mil afectados (es decir, ocho por ciento de la población de la prefectura de Fukushima) siguen viviendo en alojamientos provisionales. Según una encuesta de diciembre de 2013, dos tercios de ellos no piensan volver, aunque unas 30 mil personas podrían ser autorizadas a recuperar sus viviendas en la zona irradiada en los próximos dos años.

En todos los poblados, los habitantes están inquietos. “Las golondrinas y los gorriones han desaparecido, ya no hay más ranas y los árboles mueren sin que se sepa por qué”, dice un antiguo funcionario de la alcaldía de Litate (seis mil habitantes), a 100 kilómetros al noreste de la central. Responsable de un equipo de descontaminación, prefiere mantener el anonimato.

“Las ratas y las serpientes se han multiplicado. También se ven halcones. En las casas enmohecidas, muchas de las cuales fueron saqueadas, ya no se puede vivir. Aquí ya no hay más futuro”, añade.

“Los jabalíes, que a menudo se juntan con los cerdos abandonados en el éxodo, asuelan los campos”, prosigue. “Se alimentan de todo lo que encuentran, por lo que están altamente contaminados”.

“En nuestra región todo es naturaleza”, dice Mika Nemoto, una joven de Miyakoji, en la pequeña ciudad de Tamura (40 mil habitantes).

“Pero ya no se le puede tocar: no se pueden comer sus productos, ni beber su agua; nuestros hijos ya no pueden jugar en la montaña y deben pasear con un medidor alrededor del cuello. La naturaleza era una amiga. Hoy hay que desconfiar de ella.”

Según un sondeo de la televisión pública NHK, 95 por ciento de los japoneses todavía está preocupado por la situación de la central de Fukushima Daiichi y 80 por ciento  piensa que la energía nuclear en el país tiene que reducirse al mínimo posible.