Sistani, el clérigo chiita que puede salvar a los iraquíes/I

El ayatolá chiita Alí Sistani para ser la única figura de peso capaz de reagrupar al convulsionado país árabe frente a la amenaza extremista, y volver a convocar a sunitas y kurdos.
El líder religioso y el jefe de la ONU, Ban Ki-moon, el 24 de julio en Irak.
El líder religioso y el jefe de la ONU, Ban Ki-moon, el 24 de julio en Irak. (Milenio)

Bagdad

Lo que fue una hipótesis, se ha vuelto una posibilidad: para que Irak pueda reconquistarse, hay que sacar al primer ministro chiita Nuri al Maliki. No fueron tal vez el proceso político ni el juego electoral los detonantes, luego de permanecer ocho años al frente del poder en Bagdad, sino el fulminante ataque de los yijadistas sunitas del Estado Islámico en Irak y el Levante (EIL o Daesh en árabe), que luego cambió el nombre a Estado Islámico (EI), dirigido por el nuevo “califa” Abu Bakr al Baghdadi, antiguo compañero de armas de Osama bin Laden en Afganistán. En el ataque participaron otros grupos sunitas, ex miembros del desaparecido Partido Ba’as de Sadam Husein y algunas tribus, aliados naturales o de coyuntura.

El desmoronamiento de buena parte de las zonas pobladas por árabes sunitas creó un hecho sin precedente desde hace una década: la desaparición del ejército y el Estado iraquíes, incluso en las áreas en disputa entre árabes y kurdos.

Un mes después del ataque del EI y sus aliados –a comienzos de junio–, parece que la ofensiva fue mal que bien detenida por lo que resta de las fuerzas federales, aun cuando éstas no hayan tenido la capacidad de contraatacar. Los iraníes, desde la primera semana, se vieron fuertemente implicados en su apoyo al gobierno también chiita de Nuri al Maliki en Bagdad.

Durante este tiempo, Washington llegó a la conclusión de que hay que trabajar en función de un acercamiento político interiraquí, y disuadir a los kurdos de no dar el paso hacia su independencia total del gobierno central [desde la región autónoma del Kurdistán  iraquí, en el norte del país].

Diversas organizaciones sunitas ya han enviado señales para expresar su disposición a negociar, incluso a darle la espalda al grupo radical Estado islámico, a condición de que el chiita Maliki sea destituido.

Es cierto que este último no ha brillado por el acercamiento mutuo de los iraquíes. Su gusto pronunciado por el centralismo autoritario amedrentó a los kurdos, marginó a los sunitas y también alejó a numerosos partidos entre sus aliados chiitas. Las autoridades religiosas de Nadjaf, ciudad del sur de Irak donde residen los más altos líderes chiitas, se sintieron timados. También se instaló una hostilidad con casi todos los países árabes vecinos, incluyendo a Turquía.

Maliki está muy lejos del ideal descrito por el filósofo y jurista alemán Carl Schmitt (1888-1985), para quien el juego político obliga a saber distinguir amigos de enemigos, la propia comunidad de sus adversarios, etc. Esto llevó a multiplicar los campos de batalla tanto dentro como fuera de Irak.

Luego de jugar a los bomberos o de ocultarse detrás de una indiferencia solapada, el presidente estadunidense Barack  Obama se decidió finalmente a intervenir, enviando algunos centenares de comandos de sus fuerzas especiales y suministrando una cobertura aérea para proteger Bagdad y su aeropuerto, para permitir, en caso necesario, evacuar a miles de empleados de su más grande embajada en todo el mundo. Un tiempo durante el cual el gran líder religioso, el ayatolá Alí Sistani, sintió que la hora de su retorno había llegado.