Shinzo Abe enfrenta una tormenta en Oriente Medio

¿Por qué Tokio redobló su ayuda a la coalición anti-yihadista mientras negociaba con el EI la vida de sus dos ciudadanos?
Kenji Goto, rehén asesinado.
Kenji Goto, rehén asesinado. (Reuters)

Tokio

Hace mucho que los conflictos en Oriente Medio son percibidos en Japón como “un fuego al otro lado del río”. Pero la ejecución en Siria de dos rehenes japoneses, Haruna Yukawa y luego Kenji Goto, por la organización [sunita ultrarradical, N. de la T.] Estado islámico (EI), coloca al país en la primera línea. Su imagen pacifista, ya de por sí batida en retirada por el activismo del primer ministro nacionalista Shinzo Abe, ya no alcanza para protegerlo. En Oriente Medio, Tokio tendrá que hacer dos elecciones estratégicas: combatir el terrorismo o quedar a merced de la tormenta.

A este debate de fondo se añade otro, circunstancial, sobre el sentido político de Abe. Mientras se desarrollaban desde noviembre las negociaciones para salvar a ambos rehenes, ¿fue políticamente acertado anunciar en El Cairo el 17 de enero una ayuda humanitaria de 200 millones de dólares a los “países que combaten al Estado Islámico”? Tres días más tarde el EI amenazó con ejecutarlos.

El periódico de los medios financieros Nihon Keizai se pregunta, a su vez, sobre una “política de corto plazo”, en tanto que Japón depende aún más de los hidrocarburos de Oriente Medio desde el cierre de las centrales nucleares a raíz de la catástrofe de Fukushima, en 2011.

Desde su arribo al poder, en 2012, Shinzo Abe ha dado muestras de un activismo diplomático sin precedente y acaba de aumentar el presupuesto militar. La muerte de los dos rehenes recordó a los japoneses los riesgos que implica la ambición de potencia y la debilidad de medios de los que dispone Tokio para concretarla: un margen de maniobra diplomático reducido en razón del peso de su mentor norteamericano —que rechaza cualquier negociación con los terroristas— e inexperiencia en la gestión de las situaciones de crisis, doblemente compleja esta vez por la implicación de Jordania, a propósito de la demanda de intercambio de la yihadista Sajida Rishawi, detenida en Amán, por Kenji Goto y el piloto jordano capturado por el EI, Muaz Kasasbeh, finalmente quemado vivo.

Japón va a tener que precisar su posición en una región del mundo donde aplicó hasta ahora una diplomacia prudente, discretamente desmarcada de la de EU y la Unión Europea. Desde las crisis petroleras de comienzos de 1970, Japon llevó a cabo una política mesurada en Oriente Medio, donde el país no tiene ningún pasado colonial, a fin de asegurar sus aprovisionamientos de crudo. Fue uno de los pocos países en mantener relaciones constantes con todo el abanico de actores. Tokio también cortejó a Irán tras la revolución del ayatolá Jomeini, en 1979, a pesar de las presiones de EU. Pero su apoyo a la invasión de Irak [2003] y la participación de sus “fuerzas de autodefensa”, el ejército japonés, en las operaciones de mantenimiento de la paz, mermaron esta diplomacia de la prudencia. Dos diplomáticos japoneses fueron asesinados en 2003. Un año después, siempre en Irak, un japonés fue decapitado por el movimiento de Abu Musab Zarkawi y tres más fueron capturados y luego liberados (se ignora si se pagó rescate).

Para los grupos terroristas, Japón se unió a la “cruzada” contra el EI [sucesor de Zarkawi]: los aliados occidentales realizan acciones militares y Japón se encarga de la ayuda humanitaria y económica. Tokio afirma no tener otro objetivo que evitar una polarización de la situación en Oriente Medio, contribuyendo con su asistencia a la estabilización de países como Egipto y Jordania, y disocia la toma de rehenes de la ambición de Shinzo Abe de reforzar las capacidades militares de Japón [restringidas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial].