'Servan', un 'cruzado' español combatiendo contra el EI

El joven gallego decidió dejar atrás su vida en Europa para luchar junto a los kurdos contra los yihadistas del Estado Islámico.
Se calcula que más de 75 por ciento de los civiles han huido de la ciudad fronteriza con Turquía.
Se calcula que más de 75 por ciento de los civiles han huido de la ciudad fronteriza con Turquía. (Reuters)

Kobane

"Antes de llegar a Siria jamás había cogido un arma. Yo era pacifista y antimilitarista. Nunca me había planteado la posibilidad de empuñar un arma y ahora siempre voy con una. Se ha convertido en una parte más de mí. Es una desgracia tener que utilizarla pero es la única forma que tenemos para combatir contra el Estado Islámico (EI). Con ellos no se puede negociar, y es una pena", se lamenta el joven mientras camina por las ruinas de la ciudad de Kobane con un Kalashnikov al hombro.

Servan, que en kurdo significa "combatiente", es un joven español que lo dejó todo para acudir en ayuda del pueblo kurdo que estaba luchando contra el EI. Representa a los nuevos "cruzados" del siglo XXI, caballeros sin espada ni armadura, pero que defienden una visión romántica de la guerra. Capaces de jugarse la vida por unos ideales que consideran justos. "Mi compromiso con los kurdos va incluso a arriesgar mi vida para que ellos tengan libertad", afirma.

Las imágenes que veía por televisión y por internet le empujaron a comprar un boleto de avión a Turquía y viajar hasta la ciudad de Suruç, próxima a la frontera con Siria. Allí tuvo que ganarse la confianza de los kurdos hasta que accedieron a meterlo. "Los turcos solo permiten a los habitantes de Kobane entrar en la ciudad, al resto la entrada nos está vetada. Así que tuve entrar ilegalmente. Saltando vallas. Corriendo de noche...", recuerda.

Miles de europeos descendientes de musulmanes se han enrolado en las filas del EI acudiendo, prestos, a la llamada de la yihad. Son jóvenes desarraigados que han encontrado en el fanatismo religioso su abrigo y una excusa para matar en nombre de Alá. Mientras, del otro lado, también se pueden encontrar —aunque en menor cantidad— occidentales dispuestos a empuñar un rifle para "defender" a la humanidad del extremismo musulmán.

"La guerra da miedo, por supuesto. Sobre todo al principio. Pero una vez que estás aquí, o te adaptas o te marchas", afirma con vehemencia Servan mientras camina entre las ruinas de Kobane. La ciudad es un enorme solar donde la mayoría de casas están destruidas o con daños considerables y se calcula que más de 75 por ciento de los civiles han huido.

Kobane es un gigantesco cementerio donde centenares de cuerpos se pudren al sol o debajo de los escombros de los edificios destrozados por la aviación de la coalición internacional liderada por Estados Unidos. La ciudad huele a putrefacción y a muerte: una pierna colgando entre las ruinas de una casa deshecha a morterazos, un cráneo mimetizado entre pedazos de hormigón, un cuerpo partido por la mitad donde aún se puede distinguir la camiseta de FC Barcelona...

Según estimaciones kurdas cerca de tres mil yihadistas habrían muerto en los combates. "Este es un cuerpo de ISIS (antigua denominación del EI) que los kurdos aún no han retirado. Es como si fuera un muñeco", comenta Servan mirando fijamente los restos putrefactos del yihadista.

En los bolsillos del islamista hay un ejemplar del Corán. "Todos los miembros de EI portan uno. Y éste, por lo que se ve, no lo ha usado mucho porque las páginas no están desgatadas. Además, junto al Corán hemos hallado los pasaportes". Líbano, Rusia, España, Francia, Reino Unido, Qatar o Alemania. "Vienen de todas las partes del mundo a hacer la yihad".

Como extranjero, la cabeza de Servan es un valioso trofeo. Tras las ejecuciones de varios occidentales a manos del EI, si este gallego es secuestrado correría la misma suerte, pero él le quita hierro al asunto. "Estando con los kurdos las posibilidades de que me capturen son mínimas. Es muy difícil que te secuestren estando aquí... En otras partes de Siria la cosa cambia".

Lo más duro de estar tan lejos de casa es, sin duda, la familia. Servan trata de hablar con sus familiares lo más regularmente que puede, pero las circunstancias no son sencillas. Kobane no tiene electricidad, salvo los pocos generadores que hay repartidos en diferentes barrios. Internet es una utopía. Y las llamadas por teléfono son bastante esporádicas.

Los pocos vecinos que han regresado a sus casas invitan a Servan a tomar té con ellos. Se acercan. Le abrazan. Le dan las gracias por venir desde tan lejos para combatir a su lado.