Rusia tiene programada la anexión de Crimea /I

Un proyecto de ley para incorporar Crimea a la Federación rusa será presentado el 21 de marzo en Moscú.
La población de Crimea acudió masivamente a votar ayer.
La población de Crimea acudió masivamente a votar ayer. (Sergei Karpukhin/Reuters)

Moscú

Contrario a las apariencias, la independencia de Crimea, proclamada el pasado 11 de marzo por los diputados prorrusos del parlamento local, significa la incorporación de la península autónoma ucraniana a Rusia. El referendo de ayer, realizado bajo la amenaza de las bayonetas rusas y cosacas que tienen el territorio en jaque, no es más que una formalidad. Seguramente, Crimea va a convertirse en la 84 provincia de la Federación rusa. Todo fue cuidadosamente preparado desde Moscú, donde los diputados de la Duma tiene previsto examinar, el próximo 21 de marzo, un texto de ley que autorizará a la Federación englobar un territorio extranjero en caso de “debilidad” del Estado del cual depende.

En Simferopol, la capital de Crimea, los soldados ucranianos fueron obligados a jurar lealtad a Rusia después de que el primer ministro de Crimea, Serguei Axionov —anteriormente, el jefe de una banda criminal convertido en millonario gracias al comercio de baños móviles—, se proclamó “jefe de los ejércitos”.

A la vez, el banco central de Rusia trabaja para hacer del rublo la futura y única moneda de la casi isla. El Ministerio de Finanzas promete una ayuda de 3 mil millones de rublos (60 millones de euros) a los dos millones de crimeos, en su mayoría rusoparlantes.

El gobierno ruso sigue el escenario de muy cerca y la cancillería rusa reconoció la proclamación de la “independencia” de Crimea, evocando a Kosovo. El comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores (MID) retoma los términos de la Corte Internacional de Justicia de La Haya según la cual la independencia de la ex provincia serbia “no viola ninguna norma del derecho internacional”. El primer mensaje de felicitaciones por su “victoria” en Ucrania, provino el martes pasado, del presidente sirio Bachar alAsad, que sabe lo que le debe a su par ruso, Vladimir Putin.

Putin ha desafiado claramente a los occidentales. Los fronteras están siendo modificadas en sus narices y con sus propios argumentos, aun cuando el paralelo con Kosovo no tenga sentido. Ucrania, contrariamente a Yugoslavia entonces, nunca estuvo amenazada de una limpieza étnica.

Indiferente a los llamados a la discreción, Putin se ha lanzado a una especie de Monopoly con los ex vasallos de la Unión Soviética (URSS, 1921-1991), ávido de arrebatar pedazos de tierra para instalar ahí su ejército. Transnistria [territorio separatista entre el río Dniéster y la frontera oriental de la República de Moldavia con Ucrania, N. de la T.] en Moldavia y Osetia del Sur en Georgia y ahora Crimea en Ucrania son como agujeros negros, desprovistos de estatus jurídico, fáciles de desestabilizar en tanto viven de la economía grise y del crimen organizado. Estas verrugas crecieron en el medio de Estados resueltos a salir de la órbita rusa y volcarse hacia la Unión Europea.

Percibida como irracional por las potencias occidentales, la actitud de Putin se inscribe en la lógica de revancha que caracteriza al antiguo agente del KGB (servicios de inteligencia y policía política de la URSS, hoy FSB), traumatizado por las manifestaciones en Dresde donde él estaba asignado, en 1989, al momento de la caída del muro de Berlín.

Durante sus dos primeros mandatos (de 2000 a 2008) se le creyó liberal, partidario de los valores occidentales. Pero su tercer mandato no deja duda sobre su marca de fábrica. El jefe del Kremlin sigue fiel a la máxima de política extranjera del zar Alejandro III: “Rusia solo tiene dos aliados, su ejército y su flota”.