Respuesta a los ataques de Copenhague y por una libertad responsable

El autor afirma que, pese a “estar en un terreno muy peligroso”, los derechos también incluyen obligaciones.
El la sinagoga, el segundo ataque.
El la sinagoga, el segundo ataque. (Leonhard Foeger/Reuters)

Copenhague

Es extraordinario que alguno de los involucrados en los sucesos de Copenhagen del sábado pueda describirlos con un eufemismo, pero Helle Merete Brix lo hizo. "Escuché un ruido y pensé que se le había caído algo a alguien", comentó a la BBC Radio 5 Live. La estación reprodujo el audio del momento del ataque desde el exterior contra la reunión organizada para celebrar el aniversario del fatwa (decreto) contra Salman Rushdie que dirigía Merete Brix. El sonido de los disparos en sucesión rápida pareció eterno. Sin duda, fue planeado como una masacre.

Merete Brix dijo que ella y el blanco más probable, el caricaturista sueco Lars Vilks, fueron evacuados a un lugar seguro del edificio, donde esperaron media horas. Mientras esperaban, se tomaron de la mano y contaron chistes malos. Este tipo de estoicismo tal vez vuelva a ser necesario en los próximos meses.

Los eventos daneses son impresionantes, primero el ataque contra quienes podrían apoyar la publicación de imágenes del profeta Mahoma y luego el ataque a los judíos y a un símbolo del judaísmo: la sinagoga donde un guardia de seguridad recibió un disparo en la cabeza.

Pero aunque sea impresionante, dado que ocurre seis semanas después del ataque a la revista de sátira política francesa Charlie Hebdo, tal vez nos estemos acercando a una normalidad nueva. El asalto repentino, violento y militarista contra el discurso intelectual y el compromiso por detectar a los atacantes: en París un pequeño grupo y en Dinamarca, parece, un atacante solitario.

Habrá múltiples repercusiones y una gran necesidad de seguridad robusta y visible cada vez que haya discusiones de este tipo, que solo degradarán la calidad y diversidad de esos debates.

Pero, a la vez, es vital que estas discusiones prosigan y que todas las partes puedan asistir y tengan la libertad de decir lo que piensan.

También será necesario ofrecerles mayor seguridad a las comunidades judías. El ataque contra Charlie, donde [fueron asesinadas 12 personas, parte de su plana mayor, N. de la T.], derivó en una mayor seguridad en torno de las sinagogas y otros centros de actividad comunal, y sabemos que la ansiedad es alta. Si va a haber una normalidad nueva, en la que las protestas se consumen con asesinatos, ésta debe ser confrontada con solidaridad entre todas las comunidades y ante todos los crímenes de odio.

Estamos en un territorio muy peligroso. El asesinato como protesta política es imposible de defender.

Se debe defender la libertad de expresión como prerrequisito legal y moral en las sociedades libres; pero también existen otras obligaciones que es necesario establecer para aquellos que quieran vivir en sociedades pacíficas y razonablemente armoniosas.

Después de los sucesos de París, y ahora en Dinamarca, debemos cuidarnos de la comprensible tentación de ser provocativos con la publicación de estas caricaturas, si el único fin es demostrar que podemos hacerlo. Hay responsabilidades implícitas en los derechos a la libertad de expresión.

Ese parece ser el enfoque moral, pero también hay en esto un asunto práctico. No se puede negociar con hombres armados. Si el avance es posible, será a través del diálogo con los millones de fieles musulmanes que jamás considerarían el asesinato, pero que también aborrecen la publicación de estas caricaturas.

No podemos tener esa conversación con el ánimo de la provocación, y sostenerla no sería un acto de debilidad. Ser fuerte no necesariamente implica hacer lo que es posible, sino hacer lo que es correcto.