Putin invitó a lenguado de Crimea

El presidente ruso confiesa en la cena con las agencias de prensa internacionales que no habla con Obama "desde hace mucho" e insiste en que la política de sanciones no es buena y perjudicará a todos.
Putin, en la reunión con las agencias de prensa internacionales en el palacio Constantino en Strelna, cerca de San Petersburgo
Putin, en la reunión con las agencias de prensa internacionales en el palacio Constantino en Strelna, cerca de San Petersburgo (AFP)

San Petersburgo

Putin es tan serio y frío como aparenta. Cuando se le pregunta, mira fijamente a los ojos, no muestra ni una arruga, no tiene apenas canas, no toma casi notas ni mira papel alguno. Y da la sensación de ser más joven de lo que en realidad es.

Todo en él parece calculado: el riguroso oscuro del traje y la corbata roja. La media hora de espera para la reunión. La hora y media de encuentro en abierto y la hora y media de cena off de récord. De esta última parte solo podemos comentar el menú: esturión ahumado, cigarras de mar, caviar negro y lenguado de Crimea.

Precisamente Crimea fue uno de los nombres más citados por el dirigente ruso en su encuentro con los presidentes de doce de las agencias más importantes del mundo en el Palacio Constantino de San Petesburgo. Dijo que Crimea no es un territorio negociable, no es un caso ilegal y no va a permitir que se ponga en cuestión su actual identidad.

Putin emplea mucho la negación. Por ejemplo, para comentar que no siente nostalgia ni de la guerra fría ni de la URSS ni del Imperio. O para reiterar que no está en su agenda la incorporación a Rusia de los territorios del Este de Ucrania. O para asegurar que no tiene pensado cortar el gas a Europa.

Aunque avisa: la política de sanciones no es buena y perjudicará a todos. Suena casi a amenaza, pero se encarga de dejar claro que no quiere un conflicto y que los que le critican están en su derecho de hacerlo, aunque le parezca un sinsentido que le comparen con Hitler.

El otro nombre fue Ucrania. Siempre que se refiere al gobierno de aquel país emplea el calificativo de "golpista". No ve que las elecciones de mañana vayan a resolver el conflicto, y reitera hasta la saciedad que es en Kiev donde vulneran la legalidad. Y no pagan el gas que Rusia les suministra. Por eso recuerda que las deudas hay que saldarlas y que si no lo hacen habrá consecuencias.

También es hábil al irse por las ramas con respuestas largas reiterando lo mismo cuando se trata de un asunto que no le interesa. El fútbol, por ejemplo, no le gusta mucho, pero se pierde en elogios hacia el fútbol español: tiene unos equipos maravillosos, lo ganan todo, con los mejores jugadores y un estilo bello de juego.

Es el presidente ruso un trabajador estajanovista. Este fin de semana ha sido protagonista de numerosos foros y reuniones. El viernes se situó solo ante el peligro con varios cientos de empresarios de multinacionales que le frieron a preguntas sobre la seguridad jurídica en Rusia y los nubarrones de la guerra fría.

Responde con desparpajo y hasta levanta el entusiasmo de buena parte de su auditorio cuando afirma con rotundidad que la Federación Rusa es una nación segura en la que las empresas que inviertan ganarán muchos rublos en poco tiempo.

A Putin no le ha importado nada aguantar el torrente de preguntas incómodas de los presidentes de las principales agencias del mundo, y responder sin pestañear al cuestionario más que incómodo de un periodista de la NBC que el primer día del Foro de San Petesburgo le afeó su conducta, sus alianzas, sus expresiones y sus opiniones.

Se presenta ante la prensa internacional sin cortejo de ministros ni asesores, exhibiéndose contundente y populista. Un hueso duro de roer para una diplomacia tan difusa como la europea y un poder hoy tan blando como el de Obama, con quien no habla "desde hace mucho".