Personaje de la semana: Oskar Gröning, el ex nazi con cargos de conciencia

El pasado martes se inició en Luneburg, Alemania, el juicio contra este ex contable del campo de concentración de Auschwitz, que a sus 93 años pidió "perdón" a las víctimas del Holocausto.
Oskar Gröning, ex contable del campo de concentración y exterminio de Auschwitz, durante el inicio del juicio en Luneburg
Oskar Gröning, ex contable del campo de concentración y exterminio de Auschwitz, durante el inicio del juicio en Luneburg (AFP)

Luneburgo

Oskar Gröning, de 93 años, nunca ha ocultado su afiliación entusiasta al nazismo y no ha tenido reparos en describir su estancia en Auschwitz, por la que el pasado martes pidió "perdón" en el juicio abierto contra él en Alemania.

"Nunca he hallado la paz interior", confesaba a finales de 2014 este anciano al diario Hannoverische Zeitung, unos meses antes de la apertura, el pasado martes, en Luneburgo (norte) del juicio por "complicidad de 300 mil homicidios agravados".

En el primer día de su juicio en Alemania, Oskar Gröning, ex contable de Auschwitz, pidió "perdón" a las víctimas del Holocausto asumiendo su culpabilidad "moral", pero distinguió su trabajo del de los verdugos.

“Pido perdón”

"Para mí, no hay ninguna duda de que comparto una culpabilidad moral", declaró el antiguo SS, de 93 años, durante una larga declaración pronunciada con voz firme, apoyada en recuerdos precisos. "Pido perdón", agregó.

"En cuanto a la cuestión de la responsabilidad penal, les corresponde a ustedes decidir", dijo al tribunal de Luneburgo (norte). Gröning, que se expone a una pena de entre 3 y 15 años de cárcel, podría ser el último nazi juzgado.

La audiencia, celebrada en una sala de espectáculos por la gran afluencia de medios y la presencia de 67 partes civiles, supervivientes y descendientes de las víctimas fue traducida simultáneamente en inglés, hebreo y húngaro.

Gröning  todavía guarda un aire con el joven militar de cara triste fotografiado durante la Segunda Guerra Mundial, con su grupo sanguíneo, "O", tatuado en el brazo izquierdo, como todos los soldados de las SS.

A diferencia de muchos ex nazis, Oskar Gröning no ha disimulado su adhesión voluntaria a las Waffen SS (la milicia de las SS) en octubre de 1940, por las que, con 20 años, se sentía atraído por "la elegancia del uniforme", para conseguir un primer puesto en la administración.  

Oskar Gröning -viudo, jubilado, con dos hijos de 65 y 70 años-  tampoco ha ocultado el empeño que ponía en su trabajo de contable en Auschwitz, a donde fue transferido en 1942, donde permanecería hasta el otoño de 1944.

"Su historia, una historia alemana, es una historia de seducción y de fanatismo, de criminales y de sus cómplices, de lo que supone vivir sintiéndose culpable", escribía en 2005 el semanario Der Spiegel, al que el antiguo soldado había concedido una entrevista.

“Todas las divisas del mundo”

Una historia surgida en los rescoldos de la Primera Guerra Mundial. Gröning nació en 1921 cerca de Bremen (norte) en una familia nacionalista atormentada por la derrota bélica. Quedó huérfano de madre con cuatro años y se crió con su padre, un obrero miembro del grupo paramilitar Der Stahlhelm.

Integró las juventudes de Stahlhelm y vivió en un entorno belicoso y antisemita. En 2005 dejó estupefacto al periodista de Der Spiegel al tararear, perdido en sus recuerdos: "Y cuando la sangre judía gotee de nuestros cuchillos, todo volverá a estar bien". "En aquel entonces, no reflexionábamos siquiera sobre lo que cantábamos", se corrigió inmediatamente el anciano, alto y de pose erguido.

Como le interesaban más las cifras que las armas, Gröning ocupó un puesto administrativo nada más entrar en las SS y en 1942 fue destinado a Auschwitz, en la Polonia ocupada, para recoger los billetes de los deportados y enviarlos a Berlín.

"Vi prácticamente todas las divisas del mundo", resume el ex nazi, encargado de separar los zlotys de los dracmas, florines o liras, mientras que sus propietarios morían en las cámaras de gas, ejecutados, de hambre o por malos tratos.

Describiendo la vida cotidiana en el campo de concentración, se esforzó por marcar la diferencia entre su trabajo y el de los guardias directamente implicados en el exterminio, asegurando que su tarea consistía principalmente en "evitar los robos" de los equipajes de los deportados.

Se le acusa de haber "ayudado al régimen nazi a sacar rendimiento económico de los asesinatos en masa", enviando el dinero de los deportados a Berlín, y de haber asistido a la "selección" que separaba a los deportados considerados aptos para el trabajo de aquellos que eran inmediatamente abatidos.

"Había mucha corrupción y tenía la impresión de que existía un mercado negro" en el interior del campo centrado en los "relojes de oro" de los recién llegados, se defendió Gröning, asegurando que no tuvo "nada que ver" con el procedimiento de los asesinatos.

El joven apoyó el principio del exterminio, "un instrumento para librar la guerra con métodos avanzados". Pero cuando vio a un soldado matar a un bebé lanzándolo contra la pared de un vagón pidió su traslado al frente.

Rechazaron su solicitud, y también dos posteriores. El soldado acabó por aclimatarse. El día a día era mejor que en el frente, los soldados jugaban a las cartas y bebían mucho alcohol. Cuando estaban borrachos apagaban las luces a disparos.

Tres semanas más tarde, patrullando en el campo después de varias evasiones, oyó gritos [de deportados] "cada vez más y más fuertes y desesperados, antes de morir" en las cámaras de gas, y dijo que después asistió a la cremación de cuerpos.

Eva Kor, una superviviente de Auschwitz de 81 años llegada desde Estados Unidos, perdió a su padres y dos hermanas en el campo. Aunque considera a Gröning un "asesino" por su participación en "un sistema de asesinatos en masa", apreció sus esfuerzos.

"El hecho de verlo frente a mí me hace darme cuenta de que lo ha hecho lo mejor que ha podido (durante el juicio) con su cuerpo y con su espíritu, pues tiene muchas dificultades físicas y, sobretodo, emocionales", dijo a los periodistas.

Después de la guerra regresó a su región natal. Se casó, tuvo dos hijos y trabajó en una vidriería. Ya jubilado, en 1985, resurgió su pasado cuando un miembro de su club filatélico le confió una obra negacionista, lamentando la prohibición de contestar el Holocausto.

La iniciativa sacó de quicio al ex soldado, que devolvió el libro con un comentario escueto: "Estaba allí, todo es verdad". Escribió una memoria de 87 páginas para sus familiares y en 2003 declaró en un documental de la BBC y en la prensa alemana.

"Describiría mi papel como el de un pequeño engranaje. Si califica eso de culpabilidad, entonces soy culpable. Pero jurídicamente hablando, soy inocente", repetía Gröning en las entrevistas en las que pedía perdón a las víctimas del Holocausto.

Su proceso judicial ilustra la severidad creciente de la justicia alemana con los antiguos nazis, desde la condena en 2011 de John Demjanjuk, ex guardia del campo de exterminio de Sobibor (Polonia), a cinco años de prisión. Cerca de 1.1 millones de personas, incluidos alrededor de un millón de judíos de Europa, perecieron entre 1940 y 1945 en el campo de Auschwitz-Birkenau.