“Odio desatado” en la campaña presidencial

La carrera por el poder, que hoy concluye con la elección al mandatario, estuvo impregnada de escándalos y acusaciones, pero en algún momento escaló hasta convertirse en una guerra sucia entre ...
La campaña de Zuluaga fue reforzada con la figura del ex mandatario Álvaro Uribe.
La campaña de Zuluaga fue reforzada con la figura del ex mandatario Álvaro Uribe. (Miguel Gómez/Reuters)

Bogotá

Acusaciones de sobornos del narco, espionaje y piratería de correos electrónicos convirtieron las elecciones presidenciales de Colombia en una sucia batalla campal que ha polarizado al país justamente cuando hace grandes esfuerzos para superar su pasado violento.

El intercambio de insultos distrajo la atención de las conversaciones entre el gobierno y la principal guerrilla del país para poner fin a medio siglo de conflicto interno de cara a las elecciones de hoy.

Buena parte de la culpa por haber entrado en una campaña, que parece más una guerra sucia, recae sobre dos antiguos aliados, cuyas peleas públicas dividen a Colombia desde hace cuatro años: el presidente Juan Manuel Santos y su antecesor en el cargo, el poderoso Álvaro Uribe.

Aunque preside la economía posiblemente de mayor crecimiento en Sudamérica, Santos es el blanco de los ataques implacables de Uribe y de su heredero escogido a dedo, el ex ministro de Hacienda Óscar Iván Zuluaga.

Según las encuestas, Santos y Zuluaga están empatados y llevan una gran ventaja sobre los tres candidatos restantes.

Pero, probablemente, ninguno obtendrá la mitad más uno necesaria para ganar las elecciones y evitar una segunda vuelta.

El partido Centro Democrático, de Zuluaga, ha fustigado a Santos por ser blando, según dice, en las negociaciones con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). El aspirante uribista ha amenazado con poner fin a las conversaciones en Cuba, salvo que los rebeldes demuestren que realmente quieren la paz declarando un cese al fuego permanente en una semana.

Pero esas diferencias políticas han cedido el centro de la escena a las rencillas interminables y las denuncias que casi a diario se envían entre las campañas y que han provocado en los colombianos un profundo disgusto.

Comenzaron con informes de prensa de que el jefe de campaña de Santos, Juan José Rendón, recibió 12 millones de dólares de los principales narcotraficantes del país para negociar su rendición. La información se basaba en el testimonio de hace tres años de un capo encarcelado en Estados Unidos y que fue filtrado a los fiscales colombianos.

El venezolano J.J. Rendón renunció inmediatamente después de reconocer que intercedió en el caso, aunque negó haber recibido el dinero.

Dos días después las autoridades arrestaron a un experto en informática de la campaña de Zuluaga y lo acusaron de haber infiltrado los correos electrónicos de los negociadores de las FARC y del mismo Santos. El opositor denunció el arresto como plan para descarrilar su candidatura.

A continuación, Uribe, sin presentar pruebas, acusó a Rendón de canalizar dos millones de dólares de los presuntos pagos de los narcos a la campaña de Santos en 2010.

Para revolver más las aguas de estos comicios en Colombia, el fin de semana pasado apareció un video filmado clandestinamente con un teléfono celular, en el que Zuluaga escuchaba al presunto hacker, que describía una estrategia para utilizar información obtenida ilegalmente para socavar el apoyo a las conversaciones de paz.

Muchos colombianos, incluso entre los partidarios de Santos, se preguntan si el presidente quiso utilizar el proceso de paz en beneficio de su campaña electoral cuando anunció el 17 de mayo un histórico acuerdo con las FARC para combatir juntos las drogas ilícitas.

Algunos analistas creen que Santos debió haber suspendido las conversaciones con las FARC hasta después de los comicios.

Tanto Zuluaga como Santos están dispuestos “a ganar por cualquier costo”, afirma Marta Lucía Ramírez, ex ministra de Defensa de Uribe y ahora candidata presidencial, que está en un lejano tercer puesto, de acuerdo con la encuesta Invamer-Gallup más reciente. “Las dos campañas le están haciendo daño a Colombia, le están quitando confianza a los colombianos sobre sus líderes políticos y a las instituciones”.

Vicente Torrijos, analista político de la Universidad del Rosario, sostuvo que la andanada de acusaciones difícilmente afectará el resultado.

Santos, jefe de una de las familias más ricas de Colombia, genera escaso entusiasmo entre los votantes, sobre todo entre los pobres, los menos beneficiados con el auge económico. Y muchos consideran a Zuluaga un mero peón de Uribe. Pero ninguno de sus adversarios fue capaz de utilizar esa imagen en ventaja propia, acaso porque la prensa de mayor difusión se concentró en las dos campañas mejor financiadas.

Al ganador le aguarda la ardua tarea de aliviar el encono generado por las acusaciones. El Congreso está dividido y Uribe, recientemente elegido al Senado, prometió liderar la oposición a Santos si éste resulta reelegido.

“El odio desatado por la campaña no se va a disipar fácilmente”, sostiene Michael Shifter, presidente de Inter-American Dialogue, centro de estudios sobre asuntos hemisféricos con sede en Washington.