Nombres y Caras: Frans van der Lugt, jesuita holandés en Siria

Este anciano sacerdote que pasó casi cinco décadas en el país árabe y al que considera suyo, decidió permanecer con los habitantes sitiados en el casco antiguo de Homs.
Frans Van der Lugt, sacerdote holandés que se siente comprometido con el pueblo sirio
Frans Van der Lugt, sacerdote holandés que se siente comprometido con el pueblo sirio (AFP)

Beirut

Un anciano sacerdote jesuita holandés decidió permanecer con los habitantes sitiados en el casco antiguo de Homs (centro de Siria), donde ya no queda comida y la esperanza comienza a desaparecer. El padre Frans van der Lugt pasó casi cinco décadas en Siria, un país que ama profundamente, al punto de considerarlo suyo, a pesar de que nació en Holanda.

Aunque la situación es terrible en Homs, donde los habitantes luchan diariamente para encontrar comida y cuya población cristiana se redujo a pocas decenas de personas, jamás se le ocurrió abandonar la ciudad. "Yo dirijo un monasterio. ¿Cómo podría dejarlo? ¿Puedo abandonar a los cristianos? Es totalmente imposible", explicó a la AFP que lo contactó a través de internet.

"El pueblo sirio me ha dado tanto, tanta amabilidad, tanta inspiración, y todo lo que poseo. Ahora que sufre, debo compartir su dolor y sus dificultades", agregó. El Padre Frans llegó a Siria en 1996, después de pasar dos años en Líbano estudiando árabe. A los 75 años, sus ojos se iluminan detrás de sus lentes cuando habla de su país adoptivo.

Los sitiados recogen todo lo que encuentran para alimentarse, pero la situación es desesperada. "Nosotros tenemos muy pero que muy poco para comer. Las personas en la calle tienen rostros amarillentos y fatigados. Están débiles y carecen de recursos", dijo. El destino de este barrio asediado desde hace más de 600 días fue discutido entre el régimen y la oposición durante las conversaciones de paz de Ginebra.

El régimen aceptó dejar salir a las mujeres y los niños, pero no hubo acuerdo alguno respecto a los hombres o sobre el ingreso de ayuda a ese lugar. "Aquí reina la hambruna, pero la gente también tiene sed de una vida normal. El ser humano no es tan sólo un estómago, también tiene corazón, y la gente necesita ver a sus familiares y amigos", insistió.

El casco antiguo de Homs fue totalmente destruido y de las decenas de miles de cristianos que vivían allí, según este sacerdote sólo quedan 66. "Yo soy el único cura y el único extranjero que se quedó. Pero no me siento como un extranjero, sino como un árabe entre los árabes", dijo sonriendo.

Vive en un monasterio jesuita donde una viuda le prepara las comidas. Hace lo que puede para ayudar a las familias más pobres del vecindario, sean cristianas o musulmanas. "Yo no veo a la gente como cristianos o musulmanes. Los veo primero y sobre todo como seres humanos", declaró.

Las delegaciones reunidas en los grandes hoteles de Montreux o de Ginebra "hablan de nosotros pero no viven con nosotros. Ellos deberían hablar de lo que nosotros pensamos, y no de lo que les conviene a ellos", protestó, refiriéndose a las negociaciones de Ginebra II entre representantes del régimen sirio y de la oposición que terminaron sin resultados.

Pero no hay rastro de amargura en su voz, e insiste en que tanto el régimen como la oposición deben encontrar la forma de restablecer la confianza mutua. "Si la confianza existe, entonces las negociaciones pueden ser productivas. En caso contrario, no funcionarán jamás. No importa si son en Ginebra, París, Honolulu o Londres", dijo.