Nombres y Caras: Claudia y Felipe, estudiantes chilenos

"Más que reforma, queremos revolución", dicen esta pareja de enamorados que hace tres años se tapaban sus rostros y empuñaban piedras con una mano mientras las otras estaban entrelazadas.
Combo de dos fotografías, del 15 de marzo de 2012 (i) y del 23 de mayo del 2014 (d), de Claudia y Felipe en Santiago de Chile
Combo de dos fotografías, del 15 de marzo de 2012 (i) y del 23 de mayo del 2014 (d), de Claudia y Felipe en Santiago de Chile (EFE)

Santiago de Chile

Caminan tomados de la mano como cualquier pareja de enamorados por un parque aledaño al centro de Santiago. Lo mismo hacían hace casi tres años, pero esa vez vestían uniformes escolares, llevaban sus rostros tapados y una piedra empuñada en cada mano que no estaba entrelazada.

Son Claudia y Felipe, aquellos que quedaron congelados por un instante en una imagen que dio la vuelta al mundo como reflejo de lo que comenzaba a ser un intenso movimiento estudiantil en Chile, que se tomaba las calles para clamar por algo que desde hace años nadie parecía querer escuchar: "educación gratuita y de calidad".

Desde ese invierno de 2011, cuando se iniciaron las masivas protestas de estudiantes secundarios y universitarios en el país, muchas cosas han cambiado. De partida, la voz de los jóvenes caló fuerte en la centroizquierda chilena, que hizo propia la bandera de una mejor educación y con ella al tope, como una de sus principales promesas liderada por la carismática presidenta Michelle Bachelet, recuperando el poder de manos de la derecha.

Claudia y Felipe también han cambiado. Aunque no tanto. Ahora tienen 19 años y son dos jóvenes universitarios que buscan forjarse un futuro como profesionales humanistas, pero sin olvidar nunca de donde vienen. "Yo estudié en un muy buen liceo, de esos que llaman "emblemáticos", pero porque tuve la suerte de acceder a eso, porque mis padres siempre aspiraron a que yo fuera más que ellos", cuenta a Efe Felipe, hijo de un militar en servicio activo y de una auxiliar de enfermería.

"Tal vez por eso siempre he considerado que la educación tiene que ser un derecho de todos, asegurado por el Estado. Para mí es inconcebible que se tenga que pagar por adquirir conocimiento", asegura. Algo similar opina Claudia, quien también cursó la secundaria en un colegio de excelencia, estimulada por su madre, que está recién terminando la universidad para titularse como administradora de empresas.

"Ella quería que asegurara mi futuro, que fuera capaz de subsistir sola y que tuviera todas las herramientas para ser capaz de ser más. Creo que eso es lo que todos los papás quieren", dice Claudia.

Ambos coinciden en que fueron esas convicciones las que los llevaron a involucrarse en el movimiento estudiantil que cambió de un plumazo la agenda de un país, que por décadas había brillado por su estable crecimiento económico, de la mano de un calmo retorno a la democracia, tras la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).

Pero tal vez fue esa sensación de prosperidad, muy mal repartida en un país que es miembro la OCDE pero que presenta la peor distribución del ingreso del exclusivo club, la que anidó el estallido estudiantil que aún no se aplaca. Al menos esa es la explicación que analistas y sociólogos intentan esbozar en Chile y el resto del mundo para tanta y diversa rebeldía social.

Para Claudia y Felipe, en todo caso, la respuesta es más simple: nacieron y crecieron en un modelo de libre mercado que, a su juicio, ha transformado la educación en un "producto" en lugar de un "derecho". "La educación se ha convertido en un producto del mercado, en un bien que es transable", dice Claudia. Felipe asienta y acota que mientras se mantenga ese concepto ningún cambio será real: "Es la misma valoración, que se va reproduciendo con otras formas".

Por eso y con una alta cuota de incredulidad no aceptan las reformas que promueve el actual Gobierno de Michelle Bachelet, que intenta fortalecer la enseñanza pública, mejorar su calidad y garantizar la gratuidad desde la sala cuna hasta la universidad. "Los cambios que queremos jamás se van a hacer por este método", afirma Claudia, aludiendo a que las reformas propuestas por el Gobierno no representan una transformación radical.

"Eso no basta", dice Felipe, quien de paso reivindica la violencia con que muchas veces concluyen las marchas estudiantiles, que este año ya han tenidos dos versiones, aunque sean protagonizadas por grupos aislados. "Para mí todo tiene su momento y si hay que tirar piedras hay que tirarlas. Hay muchas formas de protestar, para mí todas las instancias de lucha son válidas y si hay que ejercer violencia en un determinado momento se tendrá que ejercer", afirma.

Claudia piensa lo mismo y no vacila en argumentar: "Toda revolución necesita violencia y por la violencia, mal que mal, se llega a un cambio de verdad. Quizá una piedra no incide de forma significativa, pero hay que considerar que uno se defiende con piedras". "La desigualdad social es más violenta que cualquier barricada, que cualquier piedra, que cualquier molotov", sentencia Felipe.