Muerte en la isla de Lampedusa: conmoverse y actuar/y II

Pese a los discursos “humanitarios”, lo que impera en la UE es la xenofobia como ideología de Estado.
Soldados cargan un cuerpo de un africano muerto el jueves pasado frente a las costas.
Soldados cargan un cuerpo de un africano muerto el jueves pasado frente a las costas. (Alberto Pizzoli/AFP)

París

Además de las medidas administrativas y la construcción de muros y rejas para impedir el paso, el desarrollo de propagandas contra el extranjero en general fue la marca de la mayoría de los gobiernos europeos. Francia no fue la excepción y la invención permanente de un “extranjero” abstracto, fantasmal y amenazante —llamado, según las circunstancias, africano, afgano o gitano— extendió con altibajos la xenofobia como ideología de Estado, algo “oficialmente correcto”.

Los muertos de Lampedusa eran evitables porque son el producto directo de las propagandas oficiales europeas contra el extranjero cuyo efecto es, de un lado, una criminalización de la migración y los migrantes, que se antepone a cualquier realidad jurídica, y del otro el recurso peligroso a una economía de la prohibición para todos aquellos para quienes la movilidad sigue siendo una solución vital.

No obstante, la hostilidad de los gobiernos europeos no es más que una pequeña parte de la experiencia de la movilidad internacional en los últimos meses. Si bien las varias decenas de sirios que intentan ser acogidos en Francia no hallan más que el acoso policial y terminan por pedir viajar a Inglaterra, ellos no representan evidentemente una “invasión” de migrantes. En cambio, los países limítrofes de Siria muestran una solidaridad incomparable con los desplazados sirios, a imagen del Líbano que acogió a cerca de un millón de civiles (¡para cuatro millones de libaneses en total!), y Jordana medio millón. Una solidaridad que se vio en Túnez en 2011 respecto de los migrantes que llegaban de Libia, entre ellos numerosos africanos. Y aún hoy, los somalíes se dirigen sobre todo hacia los países limítrofes, Kenia en especial. Hay 450 mil somalíes en el campo de refugiados de Dadaab en el noreste de ese país.

Lo que pasa al sur del Mediterráneo, en Libia, en Oriente Medio, en Egipto podría ser la ocasión para manifestar la solidaridad internacional. Muchos gestos son posibles, de inmediato, los cuales no cuestionarían en lo absoluto los equilibrios demográficos y económicos, y le darían a Europa un lugar muy importante en la vasta región que la une históricamente al Mediterráneo, a Oriente Medio y a África. En Francia por ejemplo, el tema de los extranjeros, de los refugiados y migrantes es tratado como un asunto policial, lo que acaba de ser confirmado con la creación el 2 de octubre en el Ministerio del Interior del ministro Valls de una “Dirección General de los Extranjeros en Francia”.

La transferencia al Ministerio de Asuntos Extranjeros, marcaría sin embargo el comienzo de un compromiso hacia un cambio de mirada, hacia el punto de vista político del reconocimiento y la solidaridad. Aplicar de inmediato vías legales para la inmigración permitiría debilitar el peso de la clandestinidad y sus riesgos. Esto puede hacerse participando activamente en el programa de reinstalación de ACNUR para los refugiados sirios en Oriente Medio, africanos subsaharianos en Libia o en el Maghreb (norte de África); o activando los reglamentos ya existentes a escala europea como el estatus de “protección temporal” (directiva europea de 2001) o de “protección subsidiada” (directiva europea de 2004).

Incluso sin resolver el tema central del derecho a la igualdad en la movilidad, estas medidas darían un signo de humanidad. Dirían que no es indispensable poner en riesgo la vida mientras se busca salvarla. Sería el comienzo de otra política migratoria.