El rey ha muerto, ¡Dios salve a las monarquías!

Ha fallecido el monarca tailandés, para desconsuelo de millones de súbditos que lo consideraban un semidios.
La reina Isabel II disfruta de una popularidad que alcanza hasta 80 por ciento.
La reina Isabel II disfruta de una popularidad que alcanza hasta 80 por ciento. (Dominic Lipinski)

Londres

La adoración de los tailandeses por su monarca era única, pero otros reyes, de Isabel II del Reino Unido a Mohamed VI de Marruecos, han conseguido mantener el apoyo a una institución considerada anticuada por muchos detractores, más proclives a un sistema republicano.

Existen alrededor de 40 países en el mundo gobernados por monarcas, 16 de ellos por la propia Isabel II, jefa de Estado de naciones como Canadá, Australia, Belice o Nueva Zelanda y otros de la Commonwealth (Mancomunidad), países que emanaron del antiguo Imperio Británico.

Hay monarquías parlamentarias (las europeas y la de Japón, por ejemplo), absolutas (como la que rige en Arabia Saudita) y hasta electas, como el Vaticano (con el papa elegido por un cónclave de cardenales) o la también pequeña Andorra —cuyos jefes de Estado, llamados “príncipes”, son el presidente de Francia y el obispo de la localidad española vecina de la Seu d’Urgell.

“La monarquía británica disfruta de una popularidad de 70 por ciento a 80 por ciento, unas cifras por las que los políticos matarían”, asegura el profesor Robert Hazell, del departamento de temas constitucionales de la Universidad College London, de la capital británica.

Una popularidad estrechamente asociada a la actual reina del Reino Unido e Irlanda del Norte, Isabel II.

A sus 90 años, lleva 64 años en el trono británico, y su reinado era superado en el mundo solo por un rey, el tailandés Bhumibol Adulyadej, Rama IX, fallecido el jueves pasado, que reinó durante 70 años.

“Hemos sido una monarquía durante casi mil años y durante ese tiempo Gran Bretaña ha tenido una historia relativamente pacífica”, recordó Hazell, citando uno de los factores que explican la vigencia de esta vieja institución hereditaria.

Entre escándalos españoles

Otros reyes, recordó Hazell, cimentaron su reputación en “su papel en superar la opresión militar o la dictadura”, citando a los monarcas escandinavos que plantaron cara a los nazis (1933-1945) o al recientemente abdicado Juan Carlos I de España, que presidió el paso del país de la dictadura de Francisco Franco a la democracia (1975).

En el caso de España, la institución monárquica pervive pese a la corriente republicana, pero el actual rey, Felipe VI de Borbón, tiene ante sí el desafío de hacer olvidar que una de sus hermanas y su cuñado están siendo juzgados por corrupción, y que su padre (Juan Carlos I) protagonizó varios escándalos antes de la abdicación, como su cacería de elefantes en Botsuana en el peor momento de la crisis económica de la nación ibérica.

“Se supone que la realeza tiene que tener otra manera de comportarse, ejemplar, moralmente impecable”, recuerda la periodista Ana Romero, especialista en la monarquía española.

“En momento de crisis económica y penuria, fueron vistos como personas muy egoístas, hedonistas, que pensaban únicamente en su placer”, dice Romero sobre la infanta Cristina y su marido, Iñaki Urdangarin.

“Las monarquías tienen un aire de inmutables, pero de hecho son muy vulnerables a los escándalos. Lo vimos recientemente en España”, rememora Philip Murphy, director del Instituto de Estudios de la Commonwealth y especialista en monarcas.

Salvo España, y en menor medida Bélgica, las monarquías de Europa gozan de buena salud.

Las supuestas infidelidades cometidas por el monarca sueco, Carlos XVI Gustavo, a la reina Silvia le han restado un poco de popularidad en la nación escandinava, pero ésta sigue situándose en torno a 65 por ciento. De nuevo, una cifra por la que los políticos pagarían.

En el norte de África y Oriente Medio, la primavera árabe amenazó a monarquías como la de Bahréin, que recurrió a la mano dura para sofocar las revueltas, pero países como Jordania y Marruecos cuentan con reyes populares en las figuras de Abdalá II y Mohamed VI, respectivamente.

Ningún rey o reina pueden esperar dejar su popularidad en herencia a sus hijos, advierte Hazell. “Cada generación tiene que renovar el contrato entre la monarquía y la gente. La monarquía no debe darse por descontada. Tiene que ganarse el respeto”.